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Luis Enrique Mejía Domínguez

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Un filósofo de lo cotidiano, un loco que vivió y se bebió la vida a sorbos, como si cada instante fuera único, fuera el último. Un ser humano que se llenó de luz porque desposó sus sombras.

“Señor: eres infinito. Nosotros tu experiencia del límite.
Eres eterno. Nosotros tu vivencia en el tiempo.
Eres el camino. Nosotros tus sandalias.
Eres la luz. Nosotros tu sombra”1

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Que alguien te guíe por el mundo maravilloso del sentido, de la magia y del milagro es un privilegio. Con emoción quiero rendir un homenaje a Luis, que me invitó, me enseñó y llevó de su mano para aprender a acechar los acontecimientos de la vida y sumergirme en el mundo de los símbolos y a aprender la escucha del otro en uno.

Un filósofo de lo cotidiano, un loco que vivió y se bebió la vida a sorbos, como si cada instante fuera único, fuera el último. Un ser humano que se llenó de luz porque desposó sus sombras. Amante de Mercurio, sentía que el dios lo elevaba a los cielos, le bajaba bruscamente en la realidad y lo zambullía en el sombrío mundo de Hades.

Mercurio / Buen bandido de socarrona risa / Espíritu flotante de las trasmutaciones / Tú que ves iluminada la oscura belleza de la tierra / Regálame la magia de las conexiones / El arte de ambular por las fronteras / Robándole a la vida lo que me faltaba para complementarla.2

Pintó la vida sobre lienzos que trazaban imágenes que surgían de los esbozos que los pinceles dejaban al dibujar en el afuera su mundo íntimo, lleno de contradicciones y luces arcaicas que iluminaron su cielo. Asceta, hermitaño, monje, epicúreo, desenfrenado, inmoderado.

Inspirador de grandes temores, recelos, celos, amor y odios. Vivió su “esquizitofrenia” con todos los ángeles y demonios que lo habitaron, porque ellos también eran él.

Maestro que amó a sus amigos porque compartían la voluntad de su “Padre”, del “Padre”. Maestro de la risa, de la carcajada, asumió como suya la frase del rey que quería entender los oleajes de la vida: “eso también pasará”.

Este es y no es Luis. Su muerte fue como su vida, un estado febril que lo consumía y lo consumió como lo consumió el amor por su Cristo interno.

Luis es una presencia, sus mujeres, sus amigos, sus discípulos, lo nombramos y dialogar con él es pasar del disfraz a la desnudez, del llanto a la carcajada, del desasosiego a la serenidad, de la noche del alma al amanecer.

A los 50 años, cuando sintió el acecho de la parca, escribió:

Finalmente reconozco que he sido un tipo raro, cargado de apologías y rechazos, razón por la cual no tengo más remedio que poder hacer mía, antes de la muerte, aquella famosa frase de San Pablo, según la cual: aparecí como loco ante los ojos de los hombres para poder quedar cuerdo ante los ojos de Dios. Así sea.

1. esquizitofrenia, pag 51.
2. esquizitofrenia, pag 49.

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