Cuando fui a nadar un sábado me encontré a un pequeño de unos cuatro años que se movía de un lado a otro de la piscina con fluidez. Su papá y su hermano, de unos ocho (en una silla, pegado a su celular -lo que podría ser tema de otra próxima columna-), sabían que estaba moviéndose de una manera ágil y especialmente segura, gracias a que tenía en sus brazos unos flotadores muy bien inflados y un chaleco, que cumplían perfectamente su función: impedir que se fuera hasta el fondo. Mientras yo calentaba, el niño me preguntó, sin ningún asomo de timidez, “señora, ¿no te vas a meter a la piscina?”
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Comenzamos a conversar y a jugar y en poco tiempo estaba Maxi montado en mi espalda lomo de ballena y yo llevándolo de un lado a otro. Me metí en sus juegos, en su risa y en su entusiasmo de tener a alguien más jugando en la piscina con él. Pronto sus acompañantes le dijeron que era hora de irse.
Empecé a pensar en lo efectivo que son esos flotadores como salvavidas. En este caso, le daban la tranquilidad al papá de que el niño no podría hundirse y así le permitía seguir mirando su celular. El punto aquí es reconocer cuánto nos ayudan esos implementos que nos llevan a estar a flote en nuestras vidas. Esos salvavidas.
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Para mí, la guitarra se convirtió en un salvavidas por algún tiempo. Sacar de su estuche el instrumento que había sido de mi suegro, muerto casi 40 años atrás, comenzar a seguir un antiguo método de aprendizaje que estaba en un viejo libro y seguirlo en muchas madrugadas de insomnio representó volver a conectarme con el deseo de hacer música que tuve en mi época de quinceañera. Y me salvó.
Inscribirme en un curso de profesorado de yoga para niños con la excusa de enseñarle a mi sobrina y descubrir una práctica que me cambió porque me invitó a reencontrarme con un ser que estaba ahí dormido y que no solo se despertó sino que me acompañó a salir de esa locura en la que estaba metida.
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Irme lejos acogida por mi familia lejana y además de su cariño solidario, encontrar una gata que se enamoró de mí y que me hacía más fácil esa experiencia mientras aprovechaba amaneceres y puestas de sol increíbles a su lado.
Invitaciones a lugares diferentes, encontrar compañías para lo que siempre habíamos querido hacer o para conocer ese sitio que estaba como “un pendiente” hacía días.
Darse cuenta de unas clases de yoga, cerca a casa y gratuitas en un momento de desempleo significó darle actividad a mis largas horas de pensamientos rumiantes. Comenzar clases de baile, máquina de coser y acuarela me permitió retomar cierta rutina, reconectarme con temas que me han apasionado y ver que era capaz de nuevo de tantas cosas.
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La sopita de mamá, el dulce que hace la tía, el regalo que no esperábamos. Esta misma columna; una invitación que me hizo la directora de Vivir en El Poblado, luego de haberle planteado que uno de mis sueños siempre había sido escribir sobre cultura y arte. Hacerlo mensualmente viviendo el reto, no tanto de la hoja en blanco sino de reconocer que lo que escribo puede ser útil para otras personas y que pueden sentirse identificadas. Escribir ha sido un salvavidas que me ha ayudado a reconectar con mis sueños y sentirme de nuevo capaz.
Personas, encuentros, imágenes reveladoras, compañías, son salvavidas que le manda a uno el universo para ver de nuevo la vida con destellos de luz y poder volver a disfrutar del brillo en unos ojos, de los nuestros y dejar que la magia vuelva a conectarse, dentro de uno, con uno mismo. Te da la tranquilidad de que no vas a llegar al fondo, y por el contrario, esas pequeñas sorpresas te llevarán en su espalda y te acompañarán a hacer y sentirte en un mundo mejor, así como Maxi y su papá, quienes confiaron y aprovecharon el salvavidas.
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- Agradecimientos musicales: después de la entrega de esta columna estuve en dos eventos musicales: el homenaje que le hicieron sus familiares y amigos a Gustavo Yepes Londoño en sus 80 años de vida. Se realizó en el auditorio de la @camaramed del centro y asistieron con presentaciones musicales Teresita Gómez, Blanca Uribe y varias agrupaciones corales y músicos que han sido tocados por la mano de este maestro. En esas dos horas, pude conocer lo relevante que ha sido para esta ciudad, para este país y la generación actual de músicos, Gustavo Yepes, un personaje que hizo de su vida la música y que desde la docencia y la dirección dio alas a muchos proyectos y personas que que lo han visto como guía, padre, socio y una posibilidad de poder hacer y vivir de la música en una ciudad donde antes no era tan fácil como podría parecer ahora. Fue una velada íntima llena de cariño y amor para quien acompañó a tantos a recorrer el bonito camino de la creación.
- Al día siguiente, la Orquesta Filarmónica de Medellín @filarmed invitó a varios periodistas a un desayuno de agradecimiento por la compañía durante el 2025, un año que su directora María Catalina Prieto catalogó como extraordinario por estar lleno de “primeras veces”: gira internacional a Argentina, designación de Ana María Patiño Osorio, su nueva directora titular, como primera mujer en liderar una orquesta profesional en Colombia, entre otros hitos. Prometen una temporada 2026, llamada “Identidad”, con repertorio vibrante, nuevas creaciones, encuentros con otras artes, escenarios e invitados de primer nivel, especialmente de Latinoamérica. Hermosa el arpa y la interpretación de Diana Arias; hubiera querido saber más de ella, lo que interpretó y ese hermoso y sonoro instrumento.
- Me encantó el tono de agradecimiento que le dieron a la invitación y en esa línea lo expresado por la directora titular Ana María Patiño, al decir que ella no iba a tener vida para agradecer a tantas personas que le habían tendido la mano en su carrera y que desde ya, quería empezar a recompensar a otros -como alguien le había indicado que era la forma de devolver lo que había recibido-, extendiéndose su ayuda a quienes, como ella, habían soñado vivir como un profesional de la música en una región donde no era fácil, en su caso, La Unión, Antioquia, de donde es oriunda y a donde siempre vuelve con alegría y reconocimiento por sus orígenes.
- Gracias y la mejor de las suertes para este proyecto de la Orquesta Filarmónica que sigue haciéndose espacio en el ecosistema orquestal mundial y en esta ciudad entre montañas.





