Para tener un procedimiento más expedito en la selección de películas, mi esposo y yo acordamos, recientemente, ver de manera aleatoria, por primera vez o para repasar, el listado de las películas mejor calificadas según IMBD, uno de los portales que reúne información de cine y televisión. Así llegamos a la número 21, la que está entre Seven y El silencio de los inocentes. Se llama It’s a Wonderful Life o Qué bello es vivir, estrenada en 1946 bajo la dirección de Frank Capra. Encontramos, detrás de las imágenes en blanco y negro, una bonita historia, divertida, entretenida y dentro de todo, muy vigente.
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El protagonista, George Bailey (James Stewart), es un bondadoso hombre de un pequeño pueblo de Estados Unidos. Siempre tuvo el sueño de recorrer el mundo y viajar pero nunca lo pudo hacer realidad. Su destino, al parecer, era quedarse en esa comunidad donde todos se conocían y poco cambiaba con el tiempo. Cada que tenía el tiquete comprado para irse a algún lado, una situación se lo impedía.
En el momento de una crisis, su ángel de la guarda lo visitó y le hizo vivir una experiencia en la que tomó conciencia de lo que habían representado sus acciones en la vida de sus vecinos y amigos, y de que sin duda, todos esos sacrificios habían valido la pena. Reconoció que tenía mucho más que una familia amorosa y una vida normal. Porque, en definitiva, permanecer en ese pueblo era su vida y su experiencia de conocimiento.
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Me gustó el personaje de Mary (Donna Reed), la esposa, que desde niña siempre creyó en George, porque entendió rápidamente su esencia. Se dedicó con pasión silenciosa a respaldarlo y animarlo mientras criaba a unos hijos bien educados, respetuosos y amorosos. Convirtió en hogar un espacio que si no fuera por su tenacidad y perseverancia, así como por la disciplina y dedicación, nunca lo hubiera sido. Disfrutó al lado de su esposo cuando había que gozarse la vida, como en la escena del baile en la noche en que se conocieron y lo apoyó en los peores momentos, siendo determinante para el buen término de la trama.
Ese personaje tan bien estructurado, recuerda que no hay papeles que tengan menos valor, así aparentemente ella sea solo una tradicional mujer de los años cuarenta.
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Más allá de eso, evidencia precisamente que la vida es lo que pasa mientras hacemos otras cosas, o más bien, esas otras cosas son la vida misma. Hacer el desayuno, criar hijos, tomar decisiones, cambiar los planes, gastarse los ahorros en algo distinto a lo inicialmente presupuestado, es la vida.
Hacer equipo con la pareja, entender sus debilidades y también su potencial para ayudar a que lo fortalezca, es el rol que todos podemos jugar y que hacerlo con dedicación, es la vida misma. Esas vidas extraordinarias, de revistas y sección de farándula, también mercan, preparan comida y arreglan la casa. Ellos seguramente agradecen a quien los recibe con amor al final de cada jornada. Y esa es la vida.
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En momentos de inquietud, siempre hay que volver a lo básico, a la familia, y especialmente a uno mismo, y recordar que todo está en lo que hay en el corazón, en lo que se haga de corazón, porque así los problemas sean de dinero, si se ha actuado bien y con confianza, las soluciones llegarán.
La vida “simple” y monótona vale un montón cuando hace falta. Es más fácil escribirlo pero aceptar lo que se va dando con amor y sin expectativas pareciera que es la máxima posibilidad de desarrollo de un ser humano. Hacer lo que corresponde, así sea simple, es vivir.





