Los cambios extremos de Fajardo Landaeta

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Se desbocó tras el sueño de una sociedad más justa y equitativa, y terminó inmerso en una pesadilla violenta. Hoy es reconocido promotor de paz y convivencia.

Jaime Fajardo Landaeta es una vida de extremos: de líder guerrillero pasó a vicepresidente de la comisión de Justicia en la Asamblea Nacional Constituyente (ANC) de 1991. El apasionado denunciante del imperialismo yanqui es hoy el orgulloso padre de tres altos ejecutivos en transnacionales y en organismos multilaterales. Por atentar contra su vida se la quitaron a quien se escondía en su apartamento, en Bogotá: Beatriz Monsalve, de 27 años y con seis meses de embarazo. El otrora marxista leninista llegó a trabar una amistad que era “química pura” con su compañero de comisión en la ANC, el muy godo Álvaro Gómez Hurtado. Vaina jodida, en su muletilla. 

Además, al segundo hijo lo hizo bautizar Oscar William, como homenaje a su mejor amigo y compañero de liderazgo en el EPL Oscar William Calvo, asesinado en Bogotá sólo segundos después de que se despidieran. Y a una mascota snauzer que tuvo, de hirsutas barbas, la llamó “Serpa”. 

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Es economista, tiene 67 años, conoció a su esposa Dora Londoño en los años de militancia, cuando ella era dirigente estudiantil. Lleva 21 años en el servicio público: ha ocupado cargos como asesor de paz y secretario de despacho; al tiempo ha sido columnista de prensa. En la actualidad es fuente obligada cuando los noticieros necesitan dar contexto a un registro de orden público.  

Dura su infancia ayudando en la carpintería del papá o repartiendo panes en el barrio; difícil su etapa estudiantil en escuela de medio pelo y colegio nocturno, y tenaz la vida universitaria conjugada con el agite sindical en la editorial Oveja Negra y en Coltejer, entre otras. Esta inclinación lo llevó a las carpas de los obreros de Incametal, en sonada huelga que, declarada ilegal, sirvió para que el presidente Turbay Ayala estrenara en los 300 obreros y “agitadores” externos su Estatuto de Seguridad (1978): manchón en la hoja de vida del joven Fajardo. “Eso me marcó, quedé con antecedentes, vaina jodida”.

El compromiso con la lucha obrera lo llevó a echar pal monte, empezando en el municipio de Urrao, cuya selva se extiende hasta el departamento del Chocó. Fue su trinchera entre los años 78 y 79, como miembro del EPL -Ejército Popular de Liberación-. “Eso me formó … luego seguí en la organización, más en la vida política, o sea que ya no era clandestino; yo dirigía sindicatos, huelgas”. 

Volver la vista atrás

A partir de 1981 empezó a ascender en jerarquía hasta integrar el Comité Ejecutivo Central, responsable del accionar político urbano. La estructura política era el Partido Comunista Marxista Leninista, con el proselitismo de unos seis mil militantes en fábricas y en barrios populares; la militar contaba con unos dos mil, que se desmovilizaron en marzo de 1991, cuando sesionaba la Constituyente.  

Ahora, al volver la vista atrás, asegura que la militancia, inicialmente en la guerra y en los últimos años en la paz, definió su compromiso integral con la solidaridad y la lucha por los intereses colectivos. Sostiene que su formación se debe en parte al marxismo, aunque “Yo no soy marxista, soy liberal social demócrata, creo más en la lucha democrática por la vía institucional; la lucha armada tuvo vigencia, hoy no”.

El novelista Juan Gabriel Vásquez, en su libro “Volver la vista atrás”, relata la vida del cineasta Sergio Cabrera como joven militante del EPL. Hace énfasis en el autoritarismo de los jefes guerrilleros y en su intolerancia frente a las ideas revolucionarias que predicaba el novel militante. Por cosas menos graves, escribe, ajusticiaron a muchos de la organización. Fajardo dice que coincidieron en desencuentros conceptuales con comandantes como Francisco Caraballo, y otros. “Eso era así, incluso hubo amenazas y ajusticiamientos. Muy fácil lo hacían. El problema es que Sergio no logró lo que yo pude: alcanzar el apoyo de la organización. Sergio era una voz importante, pero no tenía esa capacidad que sí tuvimos nosotros, vaina jodida”.

La inconformidad en las filas devino en años de discusiones sin fin sobre la conveniencia de buscar los cambios que requería el país por la vía armada o dentro de la legalidad y el juego democrático. Se impuso la segunda opción, no sin dificultades. “Yo fui el máximo dirigente de la negociación de paz (del EPL con el gobierno), tanto en lo político como en lo militar.…tomé la decisión (de negociar) pensando en Óscar William y en su hermano Jairo de Jesús Calvo, ambos asesinados mientras agitaban su propuesta de convocar una Asamblea Constituyente”.  Añade que “Ya se perfilaba el acuerdo nacional que la convocaría. La decisión que tomamos nos costó muchas amenazas y dificultades”.  

Atentado frustrado

En agosto de 1988 se produjo el más serio intento de acabar con la vida de Jaime Fajardo en Bogotá. La socióloga Beatriz Elena Monsalve, de 27 años, amiga y activista estudiantil, estaba en Medellín y un sicario trató de asesinarla, pero se le engatilló el revólver. “Ella me llama, le digo escóndase aquí en Bogotá, en mi apartamento. Estaba en embarazo de un compañero. Al poco tiempo de tenerla allí escondida, viajé a Ecuador para participar en un evento de la izquierda a nombre del partido. Estando allá me avisan que Beatriz ha desaparecido. Regresé y al otro día la encontraron con cinco tiros en la cabeza. Ese atentado iba para mí, según me lo confesó -años después- un tipo que hacía parte del grupo de sicarios: ellos sabían que Beatriz estaba conmigo. La torturaron para tratar de ubicarme”. 

Fajardo Landaeta se convirtió en analista social luego de firmar el proceso de paz, cuando se entregó a la lectura y consulta permanente de la problemática social del país. “Todos los días dedico horas a analizar los problemas, los temas de convivencia, paz y seguridad; por más de veinte años fui columnista del periódico El Mundo y también de la edición digital de El Tiempo. Pienso que si hice parte del problema tengo que hacer parte de la solución: que eso se entienda como un fenómeno de incidencia social bastante interesante”, agrega.

Acerca del incremento de la violencia en el país, lo atribuye al incumplimiento de los acuerdos de paz.  “En zonas donde el conflicto es más intenso como en Chocó, Arauca, el sur de país, parte del Catatumbo, es donde menos se ha implementado”. Critica que el actual gobierno se haya “montado en una visión diferente al propio acuerdo: una cosa es tener una opinión frente a las Farc, y otra frente al acuerdo de paz; hay que diferenciarlo, porque va a los problemas estructurales de la violencia que no tocaron otros acuerdos”, como el problema de la tierra o la participación política, abordados en la Constitución, pero no como problemas propios de la paz, y que ahora, según Fajardo, sí se tocan y se desarrollan. 

Al hablar de la administración pública de Envigado, donde reside hace más de veinte años, resalta que sus habitantes viven satisfechos, se ve la inversión pública y hay calidad de vida, con buenos niveles educativo y de prestación de servicios de salud. Pero cuestiona que la dirigencia de Envigado (y aclara que no se refiere al alcalde) no logra quitarse ese manto que ha tenido de ser como parte de la llamada “Oficina”. “Eso hay que depurarlo, porque no se puede negar que en la administración -no diría tanto en esta- en la de hace muchos años ha habido una influencia, y decidían sobre cosas. No sé ahora como estará la situación”. Destaca la cercanía del alcalde Braulio Espinosa con la ciudadanía, “aunque también lo apoyan los que han tenido paso por esa vida nefasta, y por eso va a tener su problema”.

Jaime Fajardo le teme a quedar marginado de los procesos que lleven a los cambios que el país requiere. “Le temo a no tener una acción más contundente, tengo reconocimiento y opinión pública … pero a veces como que el espacio se me va agotando y le temo a no poder incidir en la lucha por niveles de equidad; sigo creyendo en que estos modelos económicos y sociales son injustos. Temo perder la posibilidad de seguir trabajando por estos objetivos que siempre he tenido en la vida. ¡Vaina jodida!”

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