Nos enseñaron a agradecer como un acto de cortesía, una expresión de buenos modales dirigida hacia el otro. “¿Cómo se dice?”, “Da las gracias”, nos decían desde pequeños, convirtiendo la gratitud en una respuesta automática de “buena educación”.
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Además, para algunos -y me incluyo- la gratitud fue inculcada en el ámbito de la religión católica. Nos enseñaron que debíamos darle gracias a Dios por la familia, la salud, la comida, el colegio, las oportunidades. Ya sea por el lado de los buenos modales o de la religión, se entendía la gratitud como algo hacia afuera, como un acto que impacta a otro o nuestra relación con ese otro. No como una práctica que impacta de manera significativa nuestra forma de ver el mundo y de relacionarnos con la vida.
Hoy en día, en el campo de la psicología y las neurociencias, contamos con la evidencia de que la gratitud va mucho más allá de un gesto de cortesía. Hay autores que hablan de ella como una emoción o estado emocional, otros que la conciben como un estado mental y otros como una habilidad. En lo que todos coinciden es en que esta puede practicarse y cultivarse, que transforma nuestra forma de relacionarnos con la realidad y que impacta directamente nuestro bienestar.
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Practicar la gratitud implica un entrenamiento de atención y enfoque, es algo así como ajustar el lente de una cámara: nos permite ver con mayor claridad lo que hay, percatarnos de sutilezas que al estar en automático “pasamos por alto”, y elegir en qué enfocarnos. Quien practica la gratitud se entrena para encontrar en la vida cotidiana más motivos por los cuales estar agradecido.
Esto refuerza la capacidad de percibir aspectos positivos incluso en medio de dificultades; no se trata de negar el dolor ni de imponer una visión forzosamente optimista sino de ampliar la perspectiva para reconocer que, junto al dolor, la incomodidad y la dificultad, también coexisten la belleza, la alegría, el amor, entre otras cosas. No es un “pero” que minimiza el malestar, sino un “y” que lo contextualiza dentro de una realidad más amplia.
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La gratitud reconfigura nuestra lectura de la realidad, desplazando el foco de lo que falta hacia lo que hay. Cuando nos relacionamos con el mundo desde la falta, nada es suficiente; siempre hay algo más que alcanzar, algo que hubiera podido ser mejor. Cuando cultivamos la gratitud como un estado mental empezamos a relacionarnos con el mundo y con nosotros mismos desde la suficiencia y la abundancia. Diversos estudios han concluido que las personas que practican la gratitud con regularidad experimentan mayores niveles de bienestar emocional, satisfacción con la vida y resiliencia ante la adversidad.
Algún día escuché -ya no recuerdo dónde- que la gratitud y la infelicidad son incompatibles: no hay personas profundamente agradecidas que sean infelices, ni personas realmente felices que no practiquen la gratitud. Desde ese día en adelante he sido testigo de eso, una y otra vez, y hoy estoy absolutamente convencida de que es cierto. Te invito a cultivarla.
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