Mientras escribo esta, mi primera columna para Vivir en El Poblado, me encuentro haciendo un recorrido por algunas ciudades europeas: Ámsterdam, Roma, Atenas y Madrid. No viajo con la ansiedad del turista, sino con la curiosidad de quien observa cómo la cultura —y, en particular, la música— se integra a la vida cotidiana de cada ciudad. Viajé con la intención de ver qué ocurre cuando el concierto deja de ser un acontecimiento excepcional y pasa a formar parte del ritmo casi cotidiano: funciones entre semana, teatros programación constante, salas con repertorios variados y públicos diversos que entran y salen como quien cumple un hábito aprendido.
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En estas ciudades la música no tiene que ser —como se suele pensar— grandilocuente ni deslumbrante, pero siempre es continua. Hay conciertos pequeños y otros más ambiciosos; algunos memorables y otros discretos. Sin embargo, todos comparten algo esencial: la sensación de permanencia. La actividad cultural no aparece en momentos aislados, sino que está ahí, todo el tiempo, esperando a que alguien la escuche, la sienta, la habite o la cuestione.
Y es precisamente desde esa distancia que Medellín aparece con más nitidez. Desde hace algunos años nos hemos venido contado —con razón— como una capital del entretenimiento: grandes eventos, festivales multitudinarios y espectáculos que convocan masas. Pero, en paralelo y sin tanto ruido, la cultura ha estado también ganando terreno. Hoy contamos con una programación escénica y musical cada vez más estable, con teatros activos, con algunas temporadas que buscan sostenerse en el tiempo y con propuestas diversas que van desde la música popular a la académica en todos sus géneros y formatos, del concierto a los cruces con otros lenguajes artísticos.
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Pienso en esto no con el fin de compararnos o para medir quién lo hace mejor —sería innecesario e irrespetuoso hacerlo—, sino de reconocer nuestro proceso. Medellín ya no presencia únicamente eventos aislados: empieza a construir hábitos, agendas y públicos. Hay opciones, hay espacios y hay una ciudadanía que cada vez escucha con más atención y menos prisa. Este es un camino largo, pero ya comenzamos a recorrerlo.
Tal vez no lo tenemos todo resuelto. Quizás todavía hace falta solidez y apropiación. Pero visto —y oído con cuidado— desde afuera hay algo claro: en medio del crecimiento, del espectáculo y del ruido, en términos culturales lo estamos haciendo bien.
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