Si usted es antioqueño y alguna vez ha escuchado —o bailado— canciones como El arruinado, Te casaste Toño, Dele por ahí o Aguardiente pa’l chofer, ya sabe de quién estamos hablando. Se trata de Gildardo Montoya, un prolífico cantautor paisa, autor de algunos de los mayores éxitos parranderos de su época, canciones que todavía hoy animan las reuniones decembrinas de familias colombianas en todo el mundo.
Gildardo Montoya nació el 1 de febrero de 1939 en Támesis. Fue caficultor y, como tantos campesinos de su generación, las circunstancias lo llevaron a migrar a Medellín. En la ciudad consiguió trabajo en una carnicería de plaza de mercado, para ganarse la vida. Allí, con un golpe de suerte, ocurrió un hecho decisivo: se hizo a un acordeón en una rifa. No sin esfuerzo —como recuerda su hijo— aprendió a tocarlo, sellando para siempre su vínculo con la música.
Su talento fue tan excepcional que, a sus 30 años, fue nombrado director artístico de Codiscos. De caficultor y carnicero pasó a trovador, cantante y ejecutivo musical. Entró, literalmente, a los hogares colombianos. Y aunque suele recordarse por la música parrandera, su obra fue mucho más amplia: también escribió éxitos en otros géneros como Plegaria vallenata, Maldita Navidad, Grítalo y La pelea del siglo; y potencializó la carrera de otros artistas que interpretaron sus obras.
En una entrevista, su hijo estimó que el número de composiciones de Gildardo —entre publicadas e inéditas— rondó las 1.800 canciones. Pero el destino, que hasta entonces parecía sonreírle, tuvo un final abrupto. Gildardo Montoya, vecino del barrio Aranjuez, murió el 25 de noviembre de 1976, a los 36 años, en un accidente de tránsito provocado por una persona que no respetó una señal de pare. En ese instante, ni el talento, ni la picardía, ni la excepcionalidad de aquel hombre “tan raro” pudieron hacer nada. Casado y padre de familia, su vida se apagó de manera inesperada.
A Gildardo Montoya también se le atribuye el impulso a la creación del Combo de las Estrellas, una agrupación de música tropical paisa que nació para disputar el mercado a las grandes orquestas venezolanas —como Los Melódicos o Billo’s Caracas Boys— que dominaban el género en esa época. Para ellos compuso varios de sus grandes éxitos.
Por todo esto, a Gildardo Montoya vale la pena recordarlo no solo por sus innumerables éxitos musicales, sino por su historia de tesón. La de un campesino con poca educación formal que llegó a convertirse en un ejecutivo exitoso sin perder la humildad. Un exponente genuino de la picardía, emprendimiento y la berraquera paisa. Su legado sigue vivo y forma parte indeleble de la cultura antioqueña. Cada diciembre, cada acorde y cada coro cantado en familia lo confirman. Como él mismo habría dicho, con ironía y desparpajo: “¿Qué voy a hacer, si soy tan raro?”





