Liderar

De las cosas más cómodas que he podido experimentar en la vida es tener un jefe. A falta de la creencia en un dios concreto, esta figura me ha permitido a lo largo de lugares y tiempos tener a quien echarle la culpa de una buena parte de las cosas que me suceden. 

Si estoy aburrida en el trabajo, suele ser culpa de mi jefe. Si estoy frustrada con mi profesión, suele ser culpa de mi jefe. Si trabajo más de la cuenta, aunque haya sido decisión mía, es culpa de mi jefe. Si no me alcanza el salario porque me enloquecí con la tarjeta de crédito, es culpa de mi jefe. Si no saco vacaciones aun teniendo 35 días acumulados, ¿adivinen?, es culpa de mi jefe. 

Todo este escenario de culpas y riendas no tomadas de mi vida sería perfecto solo sí yo no fuera la culpable de otro montón de frustraciones, si no fuera la diosa a quien otras personas también culpan de las cosas que hacen y de las que no. 

Lidero grupos de trabajo desde hace más de 15 años y voy a decir algo que muchos sabemos, pero que es riesgoso expresar: liderar es difícil. A un mundo en policrisis (ambientales, sociales, económicas y políticas) se le suma un tsunami de situaciones emocionales y físicas con las que hay que aprender a lidiar una vez se ostenta, aunque todos sepamos que sea prestado, un “carguito”. 

Lo primero es desprenderse de la propia piel. Está el camino de desnudarse a uno mismo para ejercer un rol, porque liderar es de alguna forma hacer un papel. Pero, del otro lado están aquellas que te despojan de tus vestiduras, incluso de vestidos que te han visto llevar por años… Este desprendimiento incluye toda clase de señalamientos: “Ya no es la misma de antes”, “se le subió el cargo a la cabeza”, “ha cambiado demasiado”, sin ni siquiera saludarte o pasar de vez en cuando por un chat para preguntarte cómo estás. Liderar es experimentar la soledad y el alejamiento de muchas personas que dijeron algún día amarte. Es, a veces, sentirte sola así estés rodeada de gente. 

Luego viene la forma en la que te miran las personas a quienes lideras. Puedes haber sido su hermana por años, pero, una vez llega el “carguito”, el enfoque y la percepción hacia ti, cambian.  Cada una de tus palabras y acciones, aun las que ocurren en silencio, pueden ser la salvación o la mutilación definitiva de un sueño. 

También te miran cuando decides, cuando te cansas, cuando la inspiración te falla, cuando el estrés y la desesperación te sorprenden y cuando la tristeza te ataca. Liderar es vivir en una tribuna pública en la que, para bien o para mal, siempre despiertas alguna opinión. Si eres firme, dura, blanda o con carácter, siempre contarás con un juicio… Sin entrar al universo donde la corrección y el querer aportar a un proceso se puede convertir en una acusación de acoso o en una calificación de controladora. A las mujeres nos llegan con algunas palabras de más. 

Sí, liderar cansa, desgasta y no siempre hay fuentes de energía cercanas para recargar, es tu responsabilidad buscarlas. Nadie te prepara para muchas de las cosas que vives. Aun así, liderar es fantástico. Es vivir en beta, es aprender de los otros, es conocer de cerca esa hermosa palabra que mucho se pronuncia y pocas veces se vive: la vida colectiva, equipo. 
Sé que hay jefes malos, que hablar mal del jefe es un ejercicio de salud mental. Sin embargo, como solía decir Nano, un coach hermoso que tuve por años, “Está comprobado según estudios de Harvard, que los líderes también son seres humanos”. Desde que entendí esto mi jefe dejó de tener la culpa de todo.

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