La mentira que terminó siendo cierta

Hoy sabrá un poco más acerca de una historia que seguramente ha escuchado, que enseñan en los colegios y que la mayoría considera cierta, pero no lo es. Sin embargo, las consecuencias de su divulgación nos cambiaron la vida a todos.

Para que comprendamos el asunto, hagamos un experimento mental: imagine que usted sube a la torre Coltejer y se asoma por la conocida ventana cuadrada en la cima del edificio. En sus manos tiene dos bolas de boliche. Una es bastante más pesada que la otra. Decide sacarlas por la ventana al mismo tiempo y las suelta. La pregunta es, ¿cuál llega primero al piso?

Si usted contestó que la más pesada cae primero, le sorprenderá saber que no es así. Pero no se vaya a preocupar, la mayoría de las personas llega pronto a la misma conclusión por el sentido común o el razonamiento. A esa deducción llegó también el notable filósofo y científico griego Aristóteles. Nos tomaría cerca de diecinueve siglos darnos cuenta de que no es tan simple como parece.

En el año de 1632, Galileo Galilei, el fenomenal astrónomo y matemático del renacimiento italiano, publicó un libro tan extraordinario como polémico: Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo. Este escrito vio la luz en medio de la oscuridad de pensamiento impuesta por la Iglesia Católica de ese entonces.

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El texto, en el que se dan explicaciones adelantadas a su tiempo, contiene un relato acerca de un experimento que supuestamente realizó Galileo en la ciudad de Pisa. En la popular narración, Galileo sube a la cúspide de la torre inclinada con dos objetos de diferente peso, pero de igual forma, lanzándolos desde ese punto y observando cómo caían y a qué velocidad.

Tal como había predicho Galileo, los dos objetos tocaron el suelo al mismo tiempo, comprobando así sus ideas de que la aceleración que experimentan los objetos al caer no depende de su peso, dado que todos deben caer con la misma velocidad, y lo único que hace variar esta situación es la resistencia del aire.

Así las cosas, si se lanzaban de igual altura, una pluma debería caer al suelo simultáneamente con una bola de boliche. Lo que vemos en la experiencia diaria se da porque la pluma tiene mucha más resistencia al aire que la pesada esfera.

Aunque el experimento se puede catalogar de extraordinario, había alguien, olvidado por la historia, al que las cuentas no le daban. Se trataba del astrónomo jesuita Giovanni Riccioli. Este no creyó en los datos proporcionados por Galileo y se dio a la tarea de recrear el célebre experimento desde la torre de Asinelli de Bolonia.

Cuando tomó las medidas de la forma más estricta que pudo, se dio cuenta de que la velocidad y aceleración reportada por Galileo no correspondían a la realidad, demostrando que Galileo jamás dejó caer aquellos objetos desde la torre de Pisa. Sin embargo, él sí pudo medir de forma correcta la aceleración de la gravedad y demostró que era una constante para todos los cuerpos. Tomó las ideas de Galileo y las demostró, pero por puro escepticismo. Se puede decir que le dio a Galileo de su propia medicina. Su trabajo fue brillante y aún hoy se considera la primera persona en medir correctamente esta característica.

Durante el siglo XX, y en lo que va del XXI, se ha realizado una gran cantidad de experimentos en cámaras de vacío en donde se ve, para sorpresa de los estudiantes de primeros grados, que una pluma cae al tiempo que una bola de boliche.

Este y otros experimentos de Galileo, aunque hayan tenido que ser ajustados y corregidos más tarde, definieron la forma como se hace ciencia y aceleraron como nunca nuestro entendimiento de la naturaleza. Es por esto por lo que Galileo es considerado el padre de la ciencia moderna.

Pero más allá de sus logros, Galileo nos dejó una lección invaluable: en el entendimiento de la realidad, sea cual fuere, no se puede confiar sólo en nuestros razonamientos, por buenos que estos sean. Debemos ir a experimentar y verificar lo que otros dicen. Pues imagínese, si se pudo equivocar el mismísimo Aristóteles, ¿qué queda para los simples mortales como nosotros?

Por: Iván Castillo

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