Por Carlos Arturo Fernández
Hasta finales del siglo XIX la educación artística no tenía en cuenta a los niños ni se interesaba por ellos. En términos generales, su finalidad estaba centrada en entrenar a hombres jóvenes (casi nunca a mujeres), a partir de los 12 a 14 años, en el uso de las técnicas, materiales y formas que sus maestros empleaban en la realización de sus obras.
Esos contextos no estaban dirigidos al interés de los niños ni al desarrollo de su personalidad; por el contrario, en una especie de adiestramiento para el trabajo en el campo artístico, se trataba, más bien, de enseñar a los aprendices lo que debían saber hacer para convertirse en buena mano de obra en un taller de arte y, eventualmente, en maestros independientes.
En el mejor de los casos, se recordaban las leyendas de niños, como Giotto o Picasso, que se destacaron por sus habilidades extraordinarias. Pero, de nuevo, lo importante no es que fueran niños, sino que, en efecto, parecía que ya estaban por encima de los artistas mayores: a pesar de su corta edad, sus obras eran las propias de un adulto y, por eso, se valoraban como excepcionales.
Cambios en el siglo XX
En esa idea de educación artística estaban implicados conceptos de distintos órdenes acerca de la infancia, del sentido de la educación, así como de los problemas del arte. Todos esos asuntos van a ser puestos en tela de juicio en la primera mitad del siglo XX con el desarrollo simultáneo de la psicología de la educación y el despliegue de las vanguardias artísticas. Se trata en ambos casos de verdaderas revoluciones que cambian radicalmente el panorama y que, aunque se refieren a campos diferentes, están relacionadas a través de ideas comunes. Quizá la principal de ellas sea una valoración inédita de la creatividad humana como estructura fundamental de la cultura, de la educación y del arte.
En efecto, el mundo cambia cuando se entiende que la posibilidad de tener ideas diferentes y de producir cosas nuevas abre la vida a dimensiones cada vez más amplias. Crear algo que se presenta y despliega ante quienes nos rodean manifiesta las capacidades de nuestra mente, y revela, para nosotros mismos y para la sociedad, valores de libertad, de multiplicación de puntos de vista y de potencial de cada personalidad individual que, en definitiva, nos enriquecen a todos.
Aunque hoy pueda parecernos extraño, hace apenas unos 150 años empezó a imponerse la idea de que la esencia del arte era su carácter creativo, pues antes predominaba el valor superior de las normas académicas. Y en ese camino de la creatividad, a comienzos del siglo XX, los pintores descubrieron en el garabateo infantil el camino ideal para vincularse con la pura sensibilidad. Al mismo tiempo, la psicología educativa empieza a centrar sus intereses en el desarrollo cognitivo del niño; se abandona entonces la idea de que la finalidad básica de la educación es la preparación para el trabajo que se va a tener en la edad adulta, y toda la atención se dirige a propiciar la manifestación progresiva de los procesos mentales del niño.
El reconocimiento de los valores de la creatividad ha implicado la diversificación de espacios de educación artística. Por supuesto, continúa existiendo un proceso dirigido a la formación de artistas profesionales en las diferentes artes que, por lo general, se ubica hoy en el contexto universitario con su propio desarrollo metodológico y conceptual; son numerosos también los espacios dirigidos a adultos o a grupos particulares, con logros sobresalientes. Pero especial interés generan los trabajos con los niños.
Los beneficios
La educación artística contribuye a que los niños desarrollen confianza y seguridad en sí mismos y a valorar lo que hacen; aumenta la capacidad de expresar sus emociones y de manifestar sus propias ideas; establece conexiones entre la imaginación y la actividad manual o física que les permite intuir sus habilidades creativas y los ubica en contextos de innovación permanente. Por lo común, se realiza en grupo, lo que les permite aprender a trabajar en equipo y a considerar las ideas de los demás. Los pediatras, psicólogos y pedagogos hablan con frecuencia de los beneficios en el desarrollo físico y emocional, en el manejo del estrés, de las dificultades y de los logros.





