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La agonía de los libreros de La Bastilla: El Péndulo

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Darío Úsuga quiso ser ciclista y hasta alcanzó a probarse en carreras de turismeros en la época en que Cochise y Ñato eran los chachos. También jugaba fútbol para una empresa textil y alguna vez le pegó una patada a Ponciano Castro, según cuenta.

Pero los sueños deportivos de Darío se truncaron pronto por la falta de dinero, y un día terminó trabajando en la Librería González, esa que quedaba en el viejo Guayaquil, junto al Éxito.

Desde que comenzó el encierro, en marzo, Darío apenas ha vendido diez libros.

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Allá aprendió el oficio de librero y se enamoró no sólo de las historias fantásticas de Julio Verne y Juan Rulfo, sino también de Olga Ruth Bedoya, su esposa, con la cual vive en el barrio Boyacá, al noroccidente de Medellín, y con quien trajo al mundo dos hijos: Alejandra y Rubén Darío.

Cuando ya sabía todos los secretos de una librería, Darío se independizó y fundó El Péndulo, en Conquistadores, hace 48 años. Desde hace 23 está en el Centro Comercial del Libro y la Cultura, en La Bastilla, en el local 224 del segundo piso.

Nunca ha tenido buenos tiempos, pero jamás fueron tan malos como ahora. La cuarentena por la pandemia lo tiene con la soga al cuello y dependiendo de lo que puedan hacer sus hijos, pero Alejandra recién se graduó de odontóloga y no consigue trabajo, mientras que Rubén Darío perdió el suyo en Hangar, empresa de eventos que también padece los malos tiempos.

Desde que comenzó el encierro, en marzo, Darío apenas ha vendido diez libros. Todos los días se va a pie desde su casa hasta La Bastilla, esperanzado en poder vender alguno que le permita, al menos devolverse en bus o llevarles algo a sus familiares, pero los días transcurren sin mayores novedades, juntándose en el almanaque como las piedras que se resbalan por una pendiente erosionada.

Darío Úsuga, de la librería El Péndulo, fundada hace 48 años.
Darío Úsuga, de la librería El Péndulo, fundada hace 48 años. Foto: Mauricio López Rueda.

Ya no sabe cómo mantener su librería, su único medio de sustento y su lugar favorito en todo el mundo. Si se siguen apilando los días sin poder abrir y recibir a sus pocos clientes, en cuestión de uno o dos meses tendrá que entregar el local y jubilarse irremediablemente. Darío tiene 70 años de edad y no quiere abandonar sus libros, ni sus clientes. El Péndulo, para él, no es sólo un negocio, es también el último rasgo de su dignidad.

En los recientes años, Medellín se ha ido quedando sin sus más importantes librerías: cerraron para siempre La Científica y La Nueva, ambas de Hernando Donado, y ese mismo camino siguieron la Aguirre, América y Continental. También se extinguieron esos pequeños manantiales literarios entre Girardot y Córdoba, tan apreciados por el público del Centro. Todas esas librerías sucumbieron a una pandemia, la de las ventas piratas de libros y CD’s.

Las que quedan también están al borde de apagarse para siempre. Atacadas por la piratería y bloqueadas por cuenta del Covid-19, las pocas librerías que quedan en Medellín podrían entrar en bancarrota en menos de un mes, si es que no se hace algo.

En el Centro Comercial del Libro y la Cultura, en La Bastilla, sobreviven 70 libreros de 90 que había el año pasado, y de esos 70, según datos de Avelan (Asociación de Vendedores de Libros de Antioquia), 50 están en riesgo inminente de quiebra, 20 en estado irreversible.

Los libreros de La Bastilla acataron la primera cuarentena, la que Aníbal Gaviria y Daniel Quintero nombraron ‘Por la vida’, y sólo hasta hace un mes que han venido hablando con funcionarios de la Alcaldía de Medellín para que se les permita volver a abrir, cumpliendo los debidos protocolos de bioseguridad.

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La Alcaldía, hace unos 20 días, les permitió abrir, durante una hora, para que los dueños de los locales pudieran ingresar a revisar sus inventarios, y desde hace apenas 15 días están pudiendo ingresar, por grupos, en horarios de tres horas: de 10 am a 1 pm, y de 1 pm a 4 pm.

Lo que desean los libreros es que se les permita abrir de 10 am a 4 pm, sin tantas restricciones, para poder atender a sus pocos clientes, pues el Centro Comercial del Libro y la Cultura tiene un promedio diario de 100 y 150 visitantes, y no todos compran.

Pero la Alcaldía no se ha portado bien con ellos, y les exigen para abrir, según dicen en Avelan, el pago de arriendos e impuestos atrasados, y pues de dónde la plata. Les exigen no sólo el paz y salvo, si no también firmar un nuevo contrato, con nuevas y leoninas condiciones, que traducido al lenguaje leguleyo no tiene otra definición que constreñimiento.

No se puede pretender que los libreros, que en su mayoría son hombres mayores de 50 años, entiendan las características del mercado online.

Es una cruel injusticia que se hagan días sin IVA para que la gente se aglomere como vacas o como cerdos en los centros comerciales más ricos del país, y que al mismo tiempo se mantengan cerradas las librerías, o que sólo se les permita abrir medio tiempo y con absurdas restricciones.

Los libreros de La Bastilla ya fueron visitados por el Inspector de la comuna 10, por la Secretaría de Salud y por Espacio Público. Ya están inscritos en Medellín Me Cuida y cumplen todos los protocolos generales e individuales. Sin embargo, todavía no pueden abrir.

Hace algunas semanas, cuando se realizó Días del Libro en Carlos E. Restrepo, actividad tradicional y muy beneficiosa para quienes viven de la venta de libros, la Alcaldía incluyó a 30 libreros de La Bastilla en el menú del evento, que fue totalmente virtual. De esos 30 libreros, apenas cinco lograron vender uno que otro libro, mientras que los demás se fueron en blanco.

En Avelan se quejaron porque no se puede pretender que los libreros, que en su mayoría son hombres mayores de 50 años, entiendan las características del mercado online y además tengan los medios para involucrarse en él. Debido a esa queja, los organizadores de los eventos del libro están llevando a cabo capacitaciones para que estos libreros se actualicen en esas lides, pero de nada servirá si, de paso, no se les ayuda con la conectividad y los equipos.

En fin, que pronto nos daremos cuenta, a quienes nos gustan los libros, que librerías como Flor de Oro, Bonanza, Alejandra, El Peregrino o El Péndulo, ya no existirán más, pues a los gobernantes de esta ciudad, y de este país, les interesa más que la gente se aglomere comprando champú, papel higiénico y televisores, a que vaya tranquilamente a comprar un libro.

Por Mauricio López Rueda

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