El pensamiento silencioso de Daniel Salamanca

Más que en otra clase de obras, frente al trabajo de Daniel Salamanca es indispensable un silencio interior.

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La obra de Daniel Salamanca Núñez (Bogotá, 1983) que se presenta en Policroma, galería de arte contemporáneo, encarna una experiencia de la dinámica de los procesos vitales, como una especie de autobiografía que no se dirige al recuerdo de historias o de anécdotas ni al recorrido por caminos sistemáticos y previsibles.

Aquí parece que no pasa nada: una sensación acentuada por el predominio de la abstracción y por la imposibilidad de seguir una lógica que, por decirlo así, nos permitiera reconstruir el desarrollo de un relato. El mismo título de la muestra, Veinticuatro cuarenta siete, refuerza todavía más el desconcierto ante la ausencia de un orden de lectura explícito como estamos acostumbrados a buscar casi siempre. Como señala Paula Builes, la exposición está compuesta por tres partes aparentemente disímiles: una sala con 24 pinturas, un libro de 40 páginas y un video de siete minutos.

Silencio e intuición

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En definitiva, no nos queda nada de lo que esperábamos encontrar; pero, sin embargo, nos queda todo: tenemos las obras, la posibilidad de entrar en contacto con ellas y dejarnos llevar por sus ritmos y por sus lenguajes, de tal manera que nuestros pensamientos encuentren una relación de resonancia frente a lo que vemos y experimentamos. Por eso, quizá mucho más que en otra clase de obras, frente al trabajo de Daniel Salamanca es indispensable un silencio interior. 

Esta obra nos recuerda que el arte pueda ser entendido como una forma de comunicación, es decir, como un proceso que, a través de la intuición sensible, nos posibilita aproximarnos al mundo que experimenta y nos revela ese otro ser humano que es el artista. Ello implica de parte nuestra una actitud de “escucha” y de apertura a un diálogo sobre el sentido que nos enriquece, pero que no elimina los desarrollos de nuestro propio pensamiento crítico.

Veinticuatro cuarenta siete despliega ante nosotros la experiencia del libre fluir de la conciencia. Las 24 pinturas no plantean una continuidad sino que nos inducen a saltar entre ellas, a verlas en grupos relacionados o a buscar oposiciones. Así, un cuadro nos permite descubrir detalles que en otro habíamos pasado por alto; o, de repente, se nos revela una referencia artística o un recuerdo. Es un salto al azar, pero sin caos porque, al fin de cuentas, también nos queda la presencia del conjunto que, en su totalidad, nos invita a vibrar en su misma longitud de onda.

Si, como se dijo, esta es una autobiografía, es claro que no relata anécdotas sino que nos lleva más al fondo, para encarnar (para hacer patente) la experiencia de los procesos del pensamiento cotidiano. Es un libre fluir de la conciencia que funciona a través de saltos, de intuiciones fugaces, de caminos que se dispersan, pero que también, a veces, se unen, de resonancias sensibles, gustos, sonidos, olores o tactos que desencadenan nuevos pensamientos y traen, sin que sepamos cómo, recuerdos e imágenes que nos habitan.

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 Frente a la obra de Daniel Salamanca es fácil evocar el Ulises (1922), del irlandés James Joyce, por muchos considerada la mayor novela europea del siglo XX: una obra gigantesca que se despliega en un solo día en un interminable fluir de la conciencia y que será determinante en la cultura contemporánea. Y, como en el Ulises, aquí se nos revelan permanentes “epifanías”, como una pequeña evocación al pintor italiano Giorgio Morandi (fragmento de nuestra portada) o la referencia sutil a muchos otros artistas.

Veinticuatro cuarenta siete no encarna el pensamiento racional que es siempre resultado de un esfuerzo de sistematización, sino que viene a recordarnos que es en la fuerza de la experiencia vital de la cotidianidad, con sus múltiples niveles, frustraciones, posibilidades y trascendencias, donde el ser humano construye el sentido de la propia existencia y donde descubrimos quiénes somos.

Y así, en definitiva, después del desconcierto inicial, cuando todo parece azar y fragilidad, descubrimos la fortaleza de este pensamiento débil y comprendemos que Daniel Salamanca nos invita a ser los verdaderos protagonistas de su obra.

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