El fantasma de Amherst

Gustavo Arango
Por Gustavo Arango / En el mundo estamos / opinion@vivirenelpoblado.com

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El aliento se entrecorta al observar la lámpara de aceite, la pluma y el frasco de tinta, la silla y el escritorio donde “la doncella blanca” escribió sus casi dos millares de poemas.

Aquí pasó buena parte de su vida Emily Dickinson. En este cuarto amplio y luminoso se atrincheró contra el mundo y escribió unos poemas que se adelantaron a su tiempo. El espacio natural de la poeta anacoreta permite sentir su presencia de manera más viva.

La casa es bella, grande, familiar. Corona una colina y refleja la alegría de cuando allí vivía su más célebre habitante: el fantasma de Amherst, como la llamaban sus contemporáneos.

Los alrededores conservan vestigios del aspecto que tenían en el siglo 19. El viejo camino entre Boston y el río Connecticut es hoy una avenida. Ahí está, enorme y de sombra generosa, el roble blanco que sembró su abuelo. La huerta y los jardines despliegan los aromas y colores que fueron su inspiración. Aquella abeja es tataranietísima de una que vuela en sus poemas. Se ha hecho un esfuerzo notable para reconstruir la biblioteca y el comedor. Pero la impresión más poderosa se siente en su cuarto.

La madera de este cuarto tiene el surco que sus pasos tallaron con los años. Así pudo saberse el lugar de la cama: escueta, breve, como un ataúd al que olvidaron ponerle la cubierta y los maderos de los lados. Estas cuatro ventanas fueron sus ojos al mundo. Las del sur, hacia el camino siempre transitado por carruajes y trineos y ganado, con praderas que se pierden en el horizonte. Las del poniente se asoman obsesivas a la casa de su hermano, de sus queridos sobrinos, de su amadísima cuñada.

El tiempo ha puesto capas sucesivas, pero el sitio no ha perdido el aire de gravedad que dejan las presencias extraordinarias. A este techo alzó Emily la vista, perdida en pensamientos, barajando palabras, hasta que no podía resistir el impulso de correr a escribir esas mezclas de rareza y maravilla.

El aliento se entrecorta al observar la lámpara de aceite, la pluma y el frasco de tinta, la silla y el escritorio diminutos –como de juguete– donde “la doncella blanca” escribió sus casi dos millares de poemas. Sorprende que solo once de aquellos poemas hayan visto la luz mientras su autora vivía. El hecho de que hoy se le considere la poeta más importante de su siglo nos obliga a pensar en los rumbos del arte, en lo mucho que debemos a su devoción sin vanidad, sin necesidad de aplausos.

Pero el cuarto se empeña en recordarnos el creciente silencio de las dos últimas décadas de sus cincuenta y seis años de vida: la soledad y el encierro, dichosos y libres, la vida vivida sin versos ni rimas. Entonces se entiende que el mundo recuerda, celebra y admira una parte mínima, fragmentos apenas, de toda su vida.

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