Esta semana tuve dos conversaciones que me dejaron pensando mucho sobre el error y el éxito. La primera fue en familia: una pariente me contó que su hermano —que acaba de ser papá— le dijo que esperaba no cometer los errores que ella había cometido siendo mamá. La segunda fue con un amigo emprendedor, a quien le confesé que a veces me siento mal cuando veo que otras personas parecen avanzar más rápido que yo y que, aparentemente, van mejor. Él me devolvió la pregunta: ¿Seguro que a ellos sí les está yendo bien? ¿Qué es el éxito para vos?. Estas dos conversaciones, con apenas 24 horas de diferencia, me llevaron a estas reflexiones:
Sobre el error
Cuando mi familiar me dijo aquello, lo primero que pensé fue: ¿Cuál es el error? ¿Quién dice que fue un error? En la maternidad, la paternidad… y en la vida misma, ¿qué entendemos realmente por “error”? Normalmente, le damos una connotación negativa, pero en realidad puede ser algo muy positivo. El error te muestra un camino, te redirige, te enseña dónde no era y, aunque a veces duele o genera culpa, termina llevándote a donde sí debes estar.
Se lo dije a mi pariente:
¿Error para quién? Tú has tomado las mejores decisiones con la información que tenías. Eso no lo hace erróneo.
Sobre el éxito
Lo mismo pasa con el éxito: ¿quién lo define? Para algunos es lograr muchos “likes” en redes, levantar una gran inversión para su empresa o recibir reconocimiento público. Para otros, es llegar temprano a casa para estar con la familia, tomarse un café con calma, disfrutar de un partido de fútbol. El problema es que muchas veces —y me incluyo— caemos en la trampa de compararnos. Miramos lo que otros viven, lo etiquetamos como “éxito” y lo deseamos… olvidando nuestra propia definición de éxito.
El punto en común
Al final, estas dos anécdotas tan distintas tienen un hilo que las une: cada uno de nosotros necesita revisar qué significa el error y qué significa el éxito, pero desde lo personal. No se trata de aceptar definiciones generales, sino de construir las nuestras. Porque cuando nos equivocamos solemos ser durísimos con nosotros mismos, mientras que si alguien cercano nos cuenta un error, lo escuchamos con compasión. Y cuando vemos que a otro le va bien, a veces sentimos que nosotros nos quedamos atrás… sin valorar todo lo que ya hemos logrado.
Por eso, quizá vale la pena hacerse algunas preguntas cada tanto: ¿Cuál fue el error? ¿A dónde me llevó? ¿Qué aprendí de él? ¿Qué es el éxito para mí? ¿Qué logros tengo hoy que hace un año no tenía?. Tal vez, ahí está la clave: en recordar que el error y el éxito no se miden con la vara de otros, sino con la nuestra.





