Hay decisiones económicas malas, y de esas siempre tenemos en Colombia una permanente sobredosis. Y después están las que se toman por mal genio, por berrinche, por reacción infantil. Estas últimas, como suele pasar en la vida, terminan siendo más costosas y duraderas.
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Los aranceles de 100% que Ecuador les clavó a prácticamente todos los productos colombianos, vigentes desde el 1 de mayo, no son un asunto técnico de cancillería ni de expertos en comercio exterior. Son, en la práctica, un golpe seco a empresas reales, con empleados reales, muchas de ellas Pymes de Medellín y el Valle de Aburrá.
Textiles, confecciones, alimentos, plásticos… sectores donde Antioquia no improvisa, donde hay décadas de oficio, inversión y construcción paciente de marcas y mercados. O, mejor dicho, había.
Porque Ecuador es (o era?) un cliente lógico. Cercano, manejable, culturalmente compatible. No había que inventarse nada heroico para vender allá:
Bastaba con hacer bien las cosas. Y llevábamos más de 30 años haciéndolas bien.
Hasta que llegó la política. Pero con “p” de Petro. Que es minúscula para construir, mayúscula para destruir.
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Cuando el presidente decide manejar las relaciones internacionales como si fueran un chat de WhatsApp o una pelea de cantina en X —con bloqueos, indirectas, verdades a medias y salidas en falso— el que paga no es el otro presidente.
Pagan los empresarios, los trabajadores y, en cadena, toda una región. Antioquia en primera fila, por supuesto, que otra vez termina poniendo la cara por decisiones que se toman a cientos de kilómetros y con la inmadurez y ligereza de un preadolescente.
El efecto es de manual:
Los pedidos se enfrían, los costos suben, los márgenes desaparecen y los productos salen del mercado. Y luego viene la secuencia conocida: menos producción, menos turnos, menos empleo y más quiebras y cierres de empresas. Así de simple. No hay misterio ni ideología que lo maquille.
Lo más irritante es que esto no era inevitable. No hablamos de una guerra comercial con una potencia mundial ni de un cambio estructural en la economía global. Estamos hablando de una relación comercial manejable que se dañó por falta de cabeza fría. O, peor, por exceso de ego, por el narcisismo de una persona que en 3 meses terminará, con muchísima más pena que gloria, la peor presidencia de la historia.
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Antioquia ha hecho bien lo que había que hacer:
Exportar más, depender menos del mercado interno, sofisticar su oferta. Pero ahora resulta que el mayor riesgo no es la competencia internacional, sino el temperamento volátil e inexperto de su gobierno. Que debería, en un país normal, ser el primero en defenderlo.
Después vendrán los discursos huecos del petrismo sobre reactivación, apoyo al empleo y protección de la industria. Pero no es posible tomarlos en serio cuando, al mismo tiempo, se dinamitan mercados clave con una facilidad desconcertante.
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Al final, la cuenta es sencilla: cada vez que este minúsculo presidente amanece en modo pelea, alguien en Medellín deja de vender. Y al otro día, muchísimos dejan de trabajar.
Así de directo. Así de evitable.





