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Dulces ampollas del caminante

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Por: Juan Carlos Orrego
A Chalo
Ir de caminada tiene tanto de deporte como de rito religioso: se pone a prueba la resistencia física con el misticismo de quien se siente haciendo algo trascendental, y el dolor de los músculos maltrechos y las ampollas al rojo vivo se compensa con un contento espiritual del que tienen buena idea los fakires. Lejos estoy de criticar tan sublime actividad —obsesionante como un buen vicio—: sólo me interesa, mientras descanso de mi última jornada de paseante, apuntar un par de cosas sobre la complejidad de las expectativas y sensaciones de las largas marchas entre los árboles.
Es un error suponer que la fiebre del caminante se resuma en un motivo fundamental, que muchas personas asocian con demencias ecologistas o el deseo antisocial de esconderse entre los bosques para olvidarse del mundo corrupto. La verdad es que semejantes razones sólo alientan a algunos; otros salen a caminar con el objeto científico o artístico de ver mariposas; o buscan competir contra la resistencia de otros caminantes o contra sus propios registros —a estos se los distingue por sus grandes relojes que todo lo miden y sus pantalonetas vergonzosas de fondista olímpico—; o han fijado la caminada como el pago penintencial por un favor recibido o por recibir; o se someten a la extenuante jornada entre dos pueblos sólo por estar junto a una muchachita despampanante. Pero quizá no haya nada tan contundente como la razón ausente de quién no sabe por qué, cada vez que se presenta la oportunidad, sale a pisar trochas y subir montañas.
Madame de Staël, escritora francesa, expresó alguna vez que no había un placer tan triste como viajar: algo hay de eso en las caminadas, donde el gozo está tan a la mano como el sufrimiento. Cuando se está sendero arriba, en medio de la tortuosa fatiga en que el ahogamiento se confunde con el mareo y las piernas amenazan con partirse en pedazos, el caminante suele acordarse con nostalgia de la blanda cama abandonada en la mañana y se echa en cara el costoso idealismo que lo llevó a sudar sobre los montes; “quién me mandó a venir”, se dicen los que se hunden en el fango o son mordidos por los helechos. Sin embargo —y no podría haber nada más singular— esos padecimientos, tan carnales y sangrantes, desaparecen por la magia del botín más abstracto: saber que se ha llegado a la cima; son pocas las hazañas que, como esa, comunican la idea de la propia importancia (en aquel dicho de las tres cosas a que todo hombre está obligado, “plantar un árbol” debería ser reemplazado por “subir una montaña”). El caminante olvida el sufrimiento una vez se para en la meta, y con ingenuidad cree que la próxima vez será fácil repetir la odisea: por eso vuelve a la siguiente caminada y, de nuevo, llora, triunfa y olvida.
Salir de caminada no deja de ser una ocupación curiosa. Parece ser cosa de nuestra época marchar durante todo el día sólo por el hecho de hacerlo, sin una misión especial por cumplir en el otro extremo de la ruta. Lo digo sobre todo por la forma como el caminante es observado por quienes lo ven pasar: invariablemente, apoyado en el quicio de una vieja puerta o en el último palo de la cerca, aparecerá un campesino mudo, con sus hijos y un perro desconfiado, y todos con el gesto de quien no acaba de entender lo que se propone el prójimo; pareciera como si quisieran preguntar al viajero qué necesidad tenía de echarse a rodar por un mundo fatigante (quizá piensan, como se dice por ahí, que “conviene a los felices permanecer en casa”, y están al día con aquel consejo regañón de que no hay que salir a buscar lo que no se ha perdido). El perro, furioso, persigue al caminante unos cien metros, pero luego, persuadido de que no hay que perder el tiempo con locos, vuelve a echarse entre los pies del amo.

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