Cuando decimos ‘convivencia’ empiezan a aparecer palabras claves, y la primera de ellas es CONFIANZA, que viene de creer para poder crecer. Ya sabemos desde siempre que somos seres sociales, que nos necesitamos para hacer posible no solo la supervivencia sino también el cuidado y el bienestar comunes.
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La confianza es algo así como el buen vino porque se hace despacio, con toda la atención, afecto e interés de las partes, pues de otra manera no sirve. Necesita de estabilidad, permanencia, requiere contacto, simpatía, delicadeza, conocimiento, cercanía, seguridad, sinceridad.
Cuando hemos construido confianza nos fiamos completamente. Pensamos, sentimos y actuamos con fiabilidad, con fidelidad y lealtad. No hay inquietud ni duda. Es por eso por lo que cuando hay confianza hay honorabilidad, compromiso y prestigio al referirnos a personas, colectivos, organizaciones o estados, porque la confianza es “la esperanza firme que se tiene en alguien o algo”.
Puede parecer algo extraña esta asociación, pero me viene a la mente Eduardo Galeano, y se me ocurre que tanto la utopía como la confianza sirven para lo mismo: para caminar, avanzar, progresar, mejorar. Y es que la casi totalidad de nuestro accionar humano se sostiene sobre un andamiaje fundamental que se llama confianza, para volver a decir con Arantza García que “sin confianza, ninguna interacción humana sería posible y la sociedad tal como la conocemos, simplemente no podría existir. La confianza es el pegamento invisible que permite que todo funcione”. Es por lo anterior que en todas las épocas se reflexiona acerca de la confianza como elemento esencial para la convivencia.
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Confianza en nuestros seres queridos, en que los alimentos están bien hechos, en quien conduce el bus, en el sistema de salud, la calidad educativa y del aire, en la salud mental de quienes nos rodean, en la solvencia moral de nuestros gobernantes.
Si la confianza tambalea todo parece desmoronarse. Como quien dice, necesitamos de la confianza tanto como del aire para respirar.
Con la confianza pasa muchas veces que la damos por hecho, por obvia, la volvemos paisaje, y por eso parecemos olvidar el valor que tiene en la vida cotidiana. Solo apreciamos esa confianza que nos hace más placentero y tranquilo el vivir, cuando algo o alguien la vulnera. Ahí, lo que parecía firme se vuelve movedizo y es cuando el miedo y la incertidumbre toman el mando. Como ciudadanos, todos somos corresponsables para entender que la confianza es tanto deber como derecho. Y confiar no es simplemente esperar de otro, sino también asumir las tareas que corresponden a cada uno en ese juego de interacciones para acordar expectativas de vida en común.
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Confiar es querer, es ayudar a cuidar, es proteger y mejorar para que el bien individual y el colectivo se auto regulen, para que vida privada y vida pública coexistan, para que individualismo y colectivismo construyan sus propios escenarios, para que no se abuse del ejercicio egoísta de la libertad, ni se vulnere la autonomía del sujeto frente a los intereses colectivos.
El estado de bienestar requiere cooperación y construcción de acuerdos para la convivencia. Ni libertarismo ni anarquía, en palabras de Victoria Camps en su Sociedad de la desconfianza.
La tarea permanente está en fortalecer el tejido social porque hacerlo equivale a vitalizar también la confianza, recuperar los buenos hábitos de conducta ciudadana, participar en la resolución de conflictos, prevenir las situaciones de riesgo a todo nivel.
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Para terminar, es importante siempre tener presente la gran fragilidad de la confianza, porque puede romperse fácilmente por irrespeto, torpeza, abuso de confianza. Podemos equivocarnos, por supuesto, y tenemos derecho a ofrecer disculpas y pedir perdón; pero en el caso de la confianza, el terreno es bastante delicado y es muy difícil repararlo. La más indicado es no jugar con cosas que no tienen repuesto.
La confianza no se sostiene solo con buenas intenciones, necesita de acción decidida por parte de todos los involucrados.
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