Empieza un nuevo año y todos nos llenamos de buenas intenciones. En este tema complejo del arte de vivir mejor juntos, pensemos por un momento en lo lengüilargos que somos y cómo, sin quererlo, atropellamos a los demás con las respuestas rápidas, automáticas, tantas veces duras e hirientes.
Siempre nos dijeron que ese repentismo era señal de agilidad mental, de cierta inteligencia, y nos lo creímos desafortunadamente.
Por bocones, hemos tenido que pedir perdón muchas veces al darnos cuenta de que juzgamos con demasiada prontitud y que solo vemos nuestro pequeño, muy pequeño tramo de verdad o realidad. Se impone entonces la sabiduría de cierta lentitud para mirar, evaluar y juzgar a los demás.
Desaparece por momentos esa empatía y compasión que predicamos y creemos practicar, porque somos torpes al no medir el impacto de nuestras palabras o nuestra expresión no verbal, que grita más cosas que nuestro verbo.
En ética periodística decimos que es prudente y alto de moral saber cuándo es más responsable callar. Y habría que aplicarlo para todo lo referido a las relaciones sociales.
Simplificando el asunto, se trataría de decidir entre ser el vivo o el bobo. Y quisiera, para este caso, imaginar que bobo viene de bondadoso, responsable, respetuoso, delicado, porque eso es precisamente lo que nos hace tanta falta en ocasiones de confrontación, cuando creemos que estamos en una guerra donde alguien gana y el otro pierde.
Hay un adagio chino que llega aquí de maravilla:
“Uno es esclavo de sus palabras y amo supremo de sus silencios”.
Ya va siendo hora entonces de entender que cada uno tiene su tiempo y quienes somos de verbo rápido abusamos de un exceso de confianza, que se parece más bien a la arrogancia. En definitiva, maltratamos y apabullamos, así no lo deseemos. Parecemos olvidar que por algo tenemos una sola boca y dos oídos.
Confiemos en que nunca sea demasiado tarde para respirar hondo y contar siquiera hasta 20, antes de explotar como un fósforo ante cualquier palabra que nos descoloque.
La pequeña y necesaria lección, entonces, es estar atentos, porque cuando corremos mucho a pensar, a sentir y a decir, casi siempre nos equivocamos y debemos retroceder para recuperar el entendimiento. No dejemos que tome las riendas nuestra incapacidad para el diálogo, privilegiando nuestro sordo monólogo interior. Pensar antes de hablar y actuar parece tan obvio, pero lo olvidamos con facilidad. Es un sencillo ejercicio que nos ayuda a mantener la dignidad, el respeto y la paciencia con quienes sienten y piensan diferente. Todos se merecen ser tenidos en cuenta.
Vamos a aprender entonces a distinguir cuándo la lentitud es más útil, inteligente, sabia, compasiva y respetuosa.





