La convivencia existe gracias a individuos que dialogan porque es ahí donde se definen el modo de vivir, el bien común y el cuidado.
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El cara a cara es la comunicación ideal porque nada reemplaza a una buena y oportuna conversación. Es ágil, flexible, espontánea, creativa y barata. Y es, precisamente, por su sencillez, naturalidad y confiabilidad que parece olvidarse su profundo y hondo valor. Es la comunicación perfecta también por su óptimo modelo de interactividad, ya que podemos corregir las desviaciones y errores interpretativos en tiempo real.
La conversación es como la polinización que hacen las aves y el viento en la naturaleza porque llevan vida y sentido de un lugar a otro. El diálogo permite la construcción del nosotros social para sentir que avanzamos. Razones y emociones se amalgaman, de manera natural, en las conversaciones para permitir la construcción colectiva de sueños y proyectos.
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Existe el prejuicio social de que conversar es perder el tiempo porque erróneamente se supone que su función primordial es lograr acuerdos y tomar decisiones. Lo primordial es pasar del entender al comprender y del simplemente oír al escuchar.
Al reconocernos como seres en conversación estamos dignificando la potencia de los distintos lenguajes y dando a la riqueza de lo no verbal su categoría muy protagónica en el entendimiento y comprensión comunicacional.
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La posibilidad conversacional nos permite pasar de monólogos a diálogos sociales para poner a prueba nuestra inteligencia, sensibilidad y capacidad de cooperación. Queda claro, entonces, que la vida se resuelve conversando y no es precisamente interactuando por las redes sociales que lo logramos. Sirven, por supuesto, agregan, pero no reemplazan el encuentro franco y sincero de un cara a cara.





