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Una habitación llena de nubes

-No, por favor. No cierres la ventana.

La joven miró dudosa a la anciana. Era de madrugada y el sol apenas parecía un fantasma frio que se colaba en el cielo. La luz azulada no alcanzaba a llenar el cuarto y moría perdida entre las dunas de la sábana que cobijaba a la enferma. Sin embargo, una sonrisa temblorosa y un leve asentimiento la hizo desistir. Iba a decir algo, pero su mirada se perdió en el cuarto y sus pensamientos quedaron en blanco al encontrarse con algo extraño en una esquina.

Las nubes se están entrando a la habitación– susurró la anciana antes de que la mujer pudiera formularlo. –Déjalas y ven, siéntate a mi lado.

Ella se quedó en silencio. Pensó en acudir a alguien más. Pensó en acariciar ese delicado algodón cambiante y ligero que flotaba cerca suyo. Finalmente, se contentó con sentarse. Cerró sus ojos unos minutos. En aquel lugar, con aquella compañía, reinaba la calma. La habitación se asemejaba a un templo que, gracias a quien vivía allí, se había ido desligando de lo mortal y solo quedaba la paz. Esta vez, sin embargo, se presentía una despedida que teñía de melancolía el ambiente.

-Agradecería el amor. -la voz la sacó de los sueños que empezaban a envolverla. Unas cuantas nubes más reposaban aquí y allá. El calor de la mañana entrante cobraba fuerza. Bastó que se encontraran las miradas para que se estableciera un puente, una señal cifrada que revelaba la más atenta escucha- El amor de los padres que esperan como espera el hogar de cimientos firmes a quien se fue; el de los amigos, que rescatan de los desiertos y las tormentas, que te traen una cobija y una sopa tibia para que tengas buenos sueños…

Silencio. La anciana se acarició el pecho y cerró los ojos en un gesto de dolor.
-Déjeme servirle agua- dijo la joven y se levantó ágil. Aprovechó que cerca de la mesita transitaba una nube y extendió la mano. Sus dedos se humedecieron. Suspiró y retomó su tarea. Al acercar el vaso, sus movimientos se volvieron lentos y cuidadosos. Solo bebió un sorbo. La mujer volvió a sentarse y de nuevo, la observó.

-El amor de los maestros. Ese también lo agradecería. Los que, con un gesto, te muestran que eres bienvenido a esta vida. -hizo una pausa. Las dos miraron el cuarto, casi blanco y con la luz amarilla rebotando en cada nube- Agradecería el amor de la pareja que es resguardo, que es camino; el del extraño que comprende, que ayuda; el del enemigo que respeta.

La anciana miró a la ventana. Su respiración se hizo más pesada. Sus facciones se llenaron de tristeza. Las formas de sus arrugas, develaron una emoción profunda y sorda. La joven se acercó. Le tomó la mano. Volvió a sonreír.

-Cierra los ojos niña. -dijo. Ambas lo hicieron. –Respira el olor que traen consigo las nubes. Aún conservan el aroma de los pinos de la montaña y del mar lejano. – Ambas se olvidaron de en dónde estaban, pues las nubes viajeras no saben de lugares concretos. –Explora lo que se siente ser liviano.

La joven entreabrió los ojos. El azul dulce del cielo estaba allí también, fluía con los cirros y los cúmulos. En su mente resplandeció pasajero algún recuerdo de su infancia.

-Y, no se me puede olvidar, gracias por el amor de la enfermera que acompaña a esta vieja que se despide- susurró y abrió los ojos. – Sí, gracias por el amor… ¿Trajiste el vino? Celebremos que tuve una buena vida.

La enfermera no se movió. Quiso llorar. Respiró.

-Pero entonces… no entiendo… ¿por qué está sola? – preguntó al fin. Sin embargo, para cuando por fin pudo formular la pregunta, ya no había nadie que pudiera responder. Solo quedaba tomarse una copa de vino y esperar que las nubes se disiparan.

Por: Camila Arango Echeverri

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