En esta esquina, la Medellín planificada: sueños de transporte público de alta calidad cubriendo la ciudad entera, autos y buses eléctricos silenciosos, autopistas elevadas o subterráneas, intercambios a desnivel en la mayoría de cruces, aceras y ciclorrutas amplias y sin obstáculos…
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En la otra esquina, la dura realidad: el crecimiento desbordado, jamás imaginado, de las motos en la ciudad. La moto se tragó al carro, se tragó al transporte público y también a las bicicletas. Y el resto – peatones incluidos – tratamos de adaptarnos y de digerir el resultado.
Hoy en Medellín circulan cerca de 1.300.000 motos (En toda el Área Metropolitana más de 2.000.000), para una penetración cercana a 0,70 motos por cada habitante entre 18 y 65 años. No falta mucho para alcanzar una relación 1-1, cifra sin duda exorbitante para la que no estamos, ni podremos estar, preparados. Otra cifra impactante: El 92% de los compradores pertenecen a estratos 1, 2 y 3. Que ya poco usarán el metro y los buses.
Pero no se trata solo de números. Es un cambio cultural y demográfico irreversible. En la moto cabe todo: la familia, el mercado, el perro y hasta el tiempo que la ciudad ya no tiene. Las calles se volvieron ríos de cascos. Los andenes y bermas, simples sugerencias.
La movilidad está dejando de ser un sistema para convertirse en una selva donde la moto, como animal indomable, es la reina indiscutida. Mientras tanto, la política pública se quedó mirando el espejo retrovisor.
La moto creció por necesidad, pero también por abandono. El transporte público se volvió un rompecabezas de rutas. A pesar del enorme aporte de los Metropluses y Metrocables, el sistema Metro sigue siendo ineficiente y congestionado. Y no cubre importantes sectores de la ciudad. La moto, en cambio, siempre está ahí: eficiente, peligrosa, inevitable.
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La ironía es que Medellín, pionera en movilidad sostenible, hoy exporta más humo que innovación. Cada trancón es una sinfonía de pitos y acelerones, una coreografía de imprudencias sincronizadas.
Exceptuando los piques ilegales y las maniobras temerarias o suicidas, esta situación no es culpa del motociclista – que hace lo que puede en un sistema que no le ofrece opciones -, sino de una ciudad que ha perdido la capacidad de dirigir y controlar.
Y ni hablar de la accidentalidad. Así como es una gran solución a la movilidad para un número enorme de personas y familias, también para ellas crece exponencialmente la probabilidad de accidente grave. Esta escalera de movilidad social y laboral es traicionera, también puede ser el camino más expedito hacia la invalidez o la muerte temprana.
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Una columna como esta debería rematarse con algún tipo de solución sugerida, algo que mitigue su mirada pesimista. Pero en este caso la ventana de tiempo para encontrar una solución realista a partir de la planificación y del crecimiento ordenado se cerró hace ya mucho tiempo: Las motos seguirán creciendo y aumentando su dominación.
Porque el día en que la moto se tragó al carro, también se tragó buena parte del orden, del civismo y de la esperanza de que Medellín vuelva a moverse con cabeza. Hoy seguimos acelerando, pero no está claro hacia dónde.





