Me desperté pensando qué come una persona cuando está triste. Solemos asociar la comida con la celebración, pero acaso sea igual de importante preguntarnos qué pasa cuando el ánimo está a la baja, como el dólar por estos días. La alteración de las emociones, en este caso el dolor, el sufrimiento, afectan también el apetito. Algunos comen más, otros menos, quizás haya menor consciencia de lo que implica el alimento, aún más vital cuando la energía está escaza.
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Los más afortunados encuentran en la cocina un refugio que sosiega. Se preparan la sopa que les hacía la mamá, hornean panes y tortas y se embriagan con el aroma que sale de sus fogones. No se curan de la tristeza, no, pero le aportan presencia a ese momento de la vida que incomoda y asusta, que reta. Otros afortunados son aquellos que, no yendo ellos mismos a las ollas, encuentran ese ser humano que les prepara el brebaje que mitiga las penas.
Hoy parecemos saber que ni el tarro de helado ni el paquete de chocolates de las películas románticas de Hollywood alivian los dolores, por el contrario, una vez pase su efecto placebo, pueden agravarlas. Tampoco aportan el exceso de cafeína ni el alcohol. Asumo que sea más sensato atiborrarse de penas, en lugar de colmarse de papas fritas. Darle paso a lo que nuestro ser necesita sentir en ese momento.
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Acaso sea una buena idea de negocio abrir un restaurante para personas tristes. Recetarios se encuentran muchos, ofrecen preparaciones basadas en alimentos que tienen ciertas propiedades que ayudan a subir el ánimo. Igual me pregunto si en medio de la tristeza hay siquiera el impulso de rastrearlas en un buscador, tener el valor de salir a comprar los ingredientes y luego atreverse a seguir una receta. Justo es aquí cuando la opción de no alimentarse puede ser tentadora.
Buscando información me topé con Van Gogh es bipolar, un restaurante en Manila cuyo nombre se inspira en la condición mental que se le atribuyó en vida al pintor holandés. Su creador, Jetro Rafael, le da la bienvenida a los comensales para que se acerquen a “comer, descansar y crecer”. Aunque su cocina no se aleja de las denominadas preparaciones saludables, su énfasis en la comunicación está más enfocado en las emociones que en los fogones. Un gancho que podría seducir alguna alma triste.
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Tan solo divago; me apropio de la misma incertidumbre que trae la tristeza, ni una ni otra ―ni esta columna ni la congoja― llevan a parte alguna, pero no por eso resultan insulsas. Como se lee en Tratado de culinaria para mujeres tristes de Héctor Abad Faciolince: “No hay comida tan buena que a veces no haga daño. Por una vez que te falta, no rompes con tu amigo para siempre. Incluso el agua ahoga. Si alguno de mis consejos, alguna vez, no te cayó muy bien o tuvo efectos perniciosos, te ruego que le des una segunda oportunidad. Si vuelve a fracasar, no dudes, arranca y rasga la página culpable de este libro inocente”.





