“El yoga para niños tiene que ser un juego”

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Clases de yoga y meditación para niños en situación de vulnerabilidad. Sí, lo hace en Medellín “Enciendo mi corazón”, una fundación sin ánimo de lucro que dirige Alberto Molina, un hombre que le dio a su vida un giro de 180 grados, para llegar hasta aquí.

“Cantos, bailes, movimientos… El yoga para niños tiene que ser un juego: cantos, bailes, movimientos… Lo mismo la meditación para que los niños empiecen a interiorizar. Y poco a poco se va trabajando para que aprendan a permanecer en estado meditativo, pero siempre jugando. Yo a veces llevo un cuenco tibetano, cerramos los ojos y lo tocamos. Ya es un logro conseguir que los niños cierren los ojos. Así vamos plantándoles semillitas, creándoles hábitos”. Sin duda, una labor novedosa en nuestro medio, generosa y necesaria para la salud mental de niños que viven en situación vulnerable y que suelen tener muchos traumas. 

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Para llegar hasta aquí, Alberto Molina le dio un giro de 180 grados a su existencia, y cambió su zona de confort por una vida más interior y de trabajo con niños. Un acto de valor que él no resalta en ningún momento.

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Alberto Molina, 45 años, es un español de Madrid, donde estudió marketing y profesorado de yoga para niños. Hasta hace siete años trabajaba como ejecutivo de una multinacional de bebidas alcohólicas. Y de pronto “llegó a mí el reiki, que me empezó a remover muchas cosas, a cuestionarme el sentido de la vida, qué estaba haciendo aquí, para qué vine…” Y después llegó el yoga: “Y cuando empecé a practicarlo me di cuenta de que no estaba siendo coherente conmigo: pensaba una cosa, decía otra y hacía otra completamente distinta”. Para ajustar, un compañero de la empresa le dijo: “Qué te pasa, Alberto, tienes carro y moto, tienes un apartamento con piscina, tienes vacaciones, puedes viajar donde quieras, tienes un sueldo estupendo, puedes usar el coche de la empresa, que te paga los viajes…  Y yo me quedé así y dije, ‘sí, pero no soy feliz’”. Esa conversación lo llevó a dar el paso: vendió la moto y el carro, y renunció al trabajo. 

Estuvo tres meses en la India, “que era mi ilusión, y en ese momento era lo que me atraía”, estudiando el profesorado del yoga; luego, viajó por el mundo, estudiando, practicando yoga y visitando ashram (lugares de meditación y práctica de yoga donde conviven maestros y alumnos).

A Colombia llegó por Barranquilla, pero luego viajó a Canadá. Volvió a Colombia a Rincón del Mar, Sucre. Allí vivía una chica que había sido compañera suya en la India, y que dirigía la biblioteca María Mulata. Por tres meses, Alberto dio clases de yoga y meditación a los niños. “Esos tres meses en Rincón del Mar fueron los mejores meses de mi vida.”

En 2016 nació Enciendo mi corazón, una fundación privada sin ánimo de lucro y con vocación de servicio.

A Medellín llegó a conocer la Fundación Atman Yoga, un lugar destacado de la ciudad. Un día, un profesor lo invitó a enseñar yoga a las niñas de un hogar de paso (hogares para niños, niñas y adolescentes en situación de violencia o vulnerable), que se llama Casa de la Chinca, en Belén: “Cuando salí, sentí que había encontrado algo que me hacía vibrar alto, y le dije a mi amigo, hagamos esto a lo grande”. 

En 2016 nació Enciendo mi corazón, una fundación privada sin ánimo de lucro y con vocación de servicio, que acaba de cumplir cinco años de existencia. Actualmente, trabaja con 12 fundaciones, unos 250 niños y 12 voluntarios.  Empezaron a trabajar con tres fundaciones: Casa de la Chinca y Angelitos de la Guarda, en Belén, hogares de paso para niñas; y en Poder Joven, en Manrique, donde llevan cinco años. Y de ahí siguieron expandiéndose. También han estado en Barrio Triste; en Niquitao, desde hace dos años: en Bogotá y en Barranquilla. También fueron llegando voluntarios, y aún lo hacen. Ellos son piezas indispensables para que la fundación crezca y preste un servicio cada día mejor. Alberta se encarga de darles formación.  

Actualmente, Enciendo mi corazón trabaja con 12 fundaciones, unos 250 niños y 12 voluntarios. 

Un trabajo especial

“Otra cosa que te quería contar es cómo funciona el yoga con los niños. Digamos que son como esponjas que están aprendiendo, entonces todo lo que tú compartas y les plantees en esa edad, queda como grabadito en el inconsciente. El yoga les ayuda a estar más tranquilos, a estar más atentos a nivel físico, también les ayuda a estar más sanos y a controlar las emociones. Trabajamos mucho el tema de las emociones. Si tú les das una herramienta a esos niños desde pequeños, ellos las irán trabajando y eso les va a ayudar mucho para tener mejor calidad de vida. 

Enciendo mi corazón tiene tres pilares: el respeto, el amor y la no-violencia. Eso es lo que compartimos con los niños en cada clase”. Además, trabaja, principalmente, en hogares de paso de niñas y adolescentes, y en barrios populares, con fundaciones que llevan mucho tiempo trabajando en ellos.

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“Lo bonito es ver el proceso de los niños con el yoga. Solamente vamos una hora a la semana, y lo notamos. Pero son los cuidadores y directores, que están con ellos todos los días, quienes nos dicen los cambios que notan en los niños: que se tratan mejor, que son más amorosos, que están como más calmados, que se respetan más entre ellos. Respecto al rendimiento académico, hay estudios mundiales que dicen que sí lo mejora, pero yo no tengo esos datos”.

¿Y qué has aprendido tú de los niños?

“A no dejar morir nuestro niño interior. Es una de las cosas que también trabajamos en el profesorado de yoga niños, donde hay un módulo muy importante para nosotros que es la  conexión y sanación del niño del interior.  Porque todos tenemos en nuestra vida un niño al que le ha pasado algo, un trauma, y el subconsciente dice ‘no estoy bien’, y nos tiramos toda la vida con esa  herida. De los niños yo he aprendido la alegría, la espontaneidad y el momento presente.  Y, por ejemplo, los niños se pelean y a los minutos están otra vez como amigos, como si no hubiese pasado nada. Eso he aprendido yo de los niños, también a no tener rencor, vivir el presente y esa alegría, esa espontaneidad. Es como no tomarse la vida tan en serio”.

Alberto es un hombre muy ocupado. Parte de su tiempo lo demanda la administración de la fundación; otra, la preparación de un manual de yoga niños, en donde plasma las experiencias de los tres o cuatro últimos años; da clases de yoga de pago a los mayores, y trabaja tres horas a la semana con los niños. Sin embargo, tiene su tiempo para él mismo: “Yo lo que hago es que me levanto por las mañanas, hago la cama, me ducho y me siento a hacer ejercicios de respiración; y luego, a la tarde que me gusta más, hago mi práctica de posturas de yoga. Eso lo hago a diario. Nosotros decimos que no puedes dar de lo que no tienes, entonces como nosotros queremos dar, tenemos que estar practicando”.

Otro tema, no menos importante, es el económico: la fundación subsiste gracias a donaciones que vienen de España y de familiares, amigos y gente que lo conoce; y de las clases de yoga para mayores.

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