“Quizás los objetos cotidianos revelan más de lo que suponemos sobre las personas, mirándolos sabemos algo de quien los habita. Hay un yo regado por ahí”: Mariana Oliver
Como nunca pregunté detalles, me corresponde imaginar el momento. Es de noche. Veo a mi abuela, hace unos setenta años, apoyada sobre la mesa de un comedor que no conocí, iluminada por una lamparita de luz tenue. Sobre la mesa está extendida una hoja de papel cuadriculado en el que ella, con un lápiz de mina roja, dibuja líneas curvas que podrían ser las alas de un ave de otro tiempo. Es la figura que un carpintero tallará en el marco de un espejo. Es un marco grueso, de madera fina, de un metro con ochenta centímetros de altura por sesenta centímetros de ancho. Es el espejo que hoy tengo en mi habitación. El mismo en el que me miro por las mañanas. El mismo en el que se miraron mi abuela y mis tías y mi mamá. Y aunque no veo mucho de ellas en la figura que hoy devuelve mi reflejo, me gusta pensar que todas nos paramos frente a esa lámina de vidrio y así nos hicimos una imagen de nosotras mismas.
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Además del espejo, tengo otras cosas que vienen de otras épocas. Un televisor de perilla y pantalla redonda, de imagen a blanco y negro, el primero en el que vimos televisión mis hermanos y yo. Un costurero pirograbado que fue de mi mamá y en el que ahora guardo los hilos de bordar organizados por colores. Una cajonera, una lámpara de piso, una cama, una radiola antigua. Una cámara de rollo con la que mi mamá fotografió nuestros primeros días de colegio, el radio de pilas en el que mi papá escuchaba las noticias… mi casa está llena de objetos viejos. Y me gusta que estén aquí. No solo porque tienen historia, sino porque desafían la insipidez de este tiempo. Se rebelan contra la planicie de los colores actuales, contra la rigidez de las formas de ahora, tan iguales todas, tan sin nada qué decir.
Tal vez sea exceso de nostalgia. Tal vez. Pero me gusta que mi casa busque ser como mi casa de infancia, que era colorida, mucho más que las casas en las que viven muchas niñas de ahora. El tapete de la sala era del color de la remolacha. El televisor era rojo cereza. La nevera, amarillo mostaza. El teléfono, verde rana. Y el carro, del que mi papá nunca quiso desprenderse, era un Polara modelo 77 color azul cielo.
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En ese tiempo las cosas parecían estar vivas. Ahora todo parece estéril.
Los objetos de una casa hablan de las personas que la habitan. De sus gustos, de sus rutinas, de los lugares a los que pertenecen. “Cuentan una historia”, escribió Sandra Petrignani. En mi casa hay tantas cosas, con tanto pasado, que corro el riesgo de tener que pedirles permiso para caminar entre ellas. Pienso en el poema Casa habitada, de Javier Naranjo:
“Una casa habitada es un problema,
porque donde uno pise tropieza con algo.
Acabo de pisar una bota
y me disculpé, casi giro a buscar la cara.
Una casa llena de sentido es un problema.
Los sabios, los sabios
viven en casas desnudas, donde nada significa nada,
y cualquier cosa
colgada de un clavo está bien”.
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La mía no es una casa de sabios, por supuesto. Es una casa llena de sentido. Aquí nos gusta lo que no intenta parecerse a nada, las conversaciones entre épocas, las memorias indóciles de los afectos. Ya la vida afuera está lo suficientemente triste y gris, como las paredes de un museo desmantelado, como para que mi casa no sea el refugio de todo lo que soy.
Una casa es una declaración de identidad.




