Mi papá tenía diez años cuando declaró su amor por el fútbol. Recorría en bicicleta las calles de su pueblo, vestido con camisa de botones, pantalones cortos y botines bien embetunados, y recogía cada tanto la revista El Gráfico que un comerciante le guardaba sagradamente. La revista llegaba en barco desde Argentina, a veces se juntaban varias ediciones, y traía siempre las noticias atrasadas. Pero a Pedro, mi papá, no le importaba la actualidad. Le interesaba la epopeya del fútbol, los partidos con veinte goles que se jugaban en canchas polvorientas, las fotografías de los futbolistas. En 1935, Boca Juniors fue campeón del fútbol argentino. Y El Gráfico trajo un afiche a doble página del equipo ganador. Once señores con cara de oficinistas, mirando a la cámara, con un balón de cuero cosido a mano. Con esa imagen mi papá se enamoró del fútbol. Supo lo que significa hacerse hincha: un pacto para toda la vida.
Se convirtió entonces en un señor futbolero. Vivió noventa y cuatro años, veintiún mundiales. Siguió siempre el fútbol desde la comodidad de su sillón. Muchas veces veía la televisión sin volumen y escuchaba la narración en la radio. Grababa en VHS los partidos que más le importaban para poder repetirlos y analizar las jugadas. Leía en la prensa todos los comentarios, almorzaba oyendo “El pulso del fútbol”. Mi primer recuerdo de un mundial al lado suyo fue España 82, el de Naranjito. Y el último fue Rusia 2018.
Mi papá era un tipo callado. No se disponía casi nunca a debatir ideas. Escuchaba. Y nos hacía saber con su silencio aquello que le molestaba. Cuando no estaba de acuerdo con algo que leía o que veía en la televisión, soltaba un sonido ronco, un bufido como el suspiro de un toro, y mascullaba alguna frase que muchas veces no alcanzábamos a oír. Pero también conversábamos. Y el fútbol estaba siempre presente. Cuando ya no podía ver bien, yo le imprimía en letra grande las noticias que me pedía que buscara en El Gráfico, en Clarín o El País. Así se mantenía informado de la crónica futbolera y teníamos tema para charlar.
Cuánto me hubiera gustado tenerlo a mi lado en este mundial escandaloso. Me hubiera encantado estar con él para ver juntos las declaraciones de Bielsa, al técnico de Egipto ondeando la bandera palestina, a Bélgica goleando a Estados Unidos. Sé lo que habría opinado sobre Infantino: cretino, habría dicho, y luego habría seguido en silencio. Pero no logro imaginar qué habría opinado sobre Trump llamando a la FIFA para anular una tarjeta roja de un jugador estadounidense. No sé si le habría parecido una payasada o un asunto serio. Tal vez me habría dicho que no era para tanto. Pero sí es para tanto, Pedro, siempre son aterradores los tiranos que juegan a ser dios, y peores los súbditos dispuestos a adorarlos.
Habríamos tenido tanto de qué conversar. Yo le habría contado que la presidenta de la federación noruega de fútbol es una mujer con agallas que se le plantó a la FIFA. Y él me habría hablado de algo que leyó en la prensa sobre las donaciones que ha hecho Salah en Nagrig, su pueblo natal, o de la historia de Luka Modric, que huyó de su país en guerra y aprendió a jugar fútbol cuando era un refugiado. Le gustaba la crónica, la historia, la política, la geografía alrededor del fútbol. Sé que no se habría conmovido con Vozinha, el arquero de Cabo Verde, pero estoy segura de que habría buscado en su libro de mapas la ubicación exacta de la isla.
Tendrías que haber visto, Pedro, a cientos de palestinos celebrando los goles de Egipto sobre las ruinas bombardeadas de Gaza. Te habrías indignado conmigo cuando Estados Unidos le negó el ingreso a un árbitro somalí aunque tuviera todos sus papeles en regla. O al saber que la selección de Irán tuvo que hospedarse en México durante el mundial, por no decir refugiarse, y cruzar la frontera cada vez que tenía que jugar un partido. Porque, como tú ya lo sabías, el fútbol y la geopolítica no se separan. Y la contradicción nos invade a todos los que habríamos querido ignorar este mundial y terminamos viendo cada partido con devoción. Y con nostalgia.




