Hay un pájaro muerto en el jardín. Una tórtola. No quise recogerla porque vi que la naturaleza ya se está encargando de la sepultura. El cuerpo está cubierto de tierra. Las hormigas han cavado pequeños túneles. Entran y salen, caminan, laten, cubren lo que aún queda destapado. Un cuerpo muerto que es hormiguero y ciudad. Hogar y alimento. No más de cuarenta gramos de piel y huesos y plumas que siguen siendo materia viva. Aunque no respire.
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La vi por la mañana y unas horas más tarde vi a una tortolita en un muro del jardín. Una tapia bajita, rodeada de veraneras. Estaba sola, con las plumas esponjadas, hecha una bola como lo hacen los pájaros cuando tienen frío. En ese mismo muro, cerca del mediodía, siempre estaba una pareja de tórtolas. Acicalándose, acompañándose, tomando el sol, sacudiéndose las plumas. Las tórtolas son monógamas. Eligen una pareja para toda la vida. Tal vez el cuerpo cubierto de tierra en el jardín es la tórtola que falta en esa escena. Y pensé entonces en el duelo de los animales. En la soledad de los pájaros. Me vi a mí como aquella tórtola despelucada, apagada, descolocada.
Qué necesidad, me dirán, y con razón, de anticipar la tragedia, de invocar la pena. Pero díganme si a ustedes no los atraviesa a veces, de la nada, un miedo ciego a perder lo que aman. Una daga, un rafagazo oscuro. Y son capaces incluso de imaginar el desayuno en silencio, el impulso interrumpido de comentar alguna cosa, cualquier cosa. La casa innecesariamente grande, el sofá innecesariamente grande. El muro de las veraneras, tan largo y tan vacío.
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“Únicamente los supervivientes de una muerte se quedan solos de verdad —dice Joan Didion en El año del pensamiento mágico—. Todas las conexiones que componían sus vidas, tanto las profundas como las que parecen (hasta que se rompen) insignificantes, han desaparecido”. Hay relaciones que perduran y se sostienen en rutinas, en rituales pequeños, en conversaciones nimias que, al final, lo significan todo.
En junio pasado murió Marjane Satrapi, novelista gráfica, cineasta y activista iraní. La creadora de Persépolis. Se dijo entonces que murió de tristeza. “Marjane Satrapi est morte de tristesse un peu plus d’un an après le décès de Mattias Ripa, son mari et l’amour de sa vie” —“Marjane Satrapi murió de tristeza poco más de un año después de la muerte de Mattias Ripa, su marido y el amor de su vida”—. Aunque me molestó que solo se hablara de su tristeza y no de su coraje, que la historia de una mujer tuviera que mantenerse ligada a la de su marido aún en el momento de su muerte, encontré algo de belleza en este relato. “He perdido al amor de mi vida”, escribió ella tras la muerte de Mattias.
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Podría ser más que un relato. La medicina ha identificado el “síndrome del corazón roto”. Una respuesta del cuerpo a un episodio fuerte de estrés emocional. Cuando sucede, el corazón cambia de forma, el músculo cardíaco se debilita, se aturde. El noventa por ciento de las veces es diagnosticado en mujeres que han pasado la menopausia. Una de las causas posibles es la muerte de un ser querido. No sé si este fue el diagnóstico de Satrapi, pero ahora sé que es posible morir de amor, o de tristeza, que a veces es la misma cosa.
Han pasado ya casi dos meses desde que escribí la primera línea de este texto sin saber a dónde iba a llevarme. Esta mañana vi a la tórtola solitaria en el muro de la veranera. Andrés está afuera, con los perros, y yo los miro desde mi escritorio. En unos minutos saldremos a caminar, nos contaremos cosas insignificantes, nos quedaremos en silencio. Esta noche nos preguntaremos qué vamos a comer. Buscaremos una serie de capítulos cortos. Leeremos juntos en la cama y tal vez nos compartamos alguna frase que nos guste. Mañana, como hago con todo lo que escribo, le pediré que lea este texto antes de enviarlo a la editora.
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Si un día soy esa tórtola aturdida, quizás escriba algún intento de poema. Una lista de los días y de los silencios, de las preguntas y de las historias nimias. Rarezas. Pequeñeces. Como los ojos claros y la miel al desayuno. Será corto. Un resumen incompleto de una vida tranquila. Y sabré que no moriré de amor, aunque así lo quiera. Mi corazón podrá cambiar de forma como respuesta al dolor, pero seguirá bombeando a pesar del aturdimiento. Porque existe en mí la manía de atravesarlo todo. Y morir no sería más que una manera de escapar de la tristeza. O del amor, que a veces son la misma cosa.




