Gustavo Petro volvió a la oposición, su hábitat, de donde nunca debió haber salido. Y con él regresó, recargada, una vieja habilidad suya y en general de “nuestra” izquierda: cambiar de principios sin cambiar de discurso.
Durante cuatro interminables años trataron de convencernos de que protestar en las calles era participación ciudadana, lo máximo en democracia. El Pacto Histórico (PH) siempre convocaba movilizaciones para respaldar sus extravagantes reformas.
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Hoy, cuando el Gobierno busca endurecer las reglas frente a bloqueos y violencia, estamos al borde del fascismo. Petro decretó conmoción interior en el Catatumbo ante una emergencia de orden público. Ahora, cualquier expansión abelardista del poder presidencial es recibida con gritos y trinos como si se fuera a cerrar el Congreso.
Con la prensa, no podía faltar, ocurre algo parecido. Petro y su RTVC durante cuatro años acusaron a medios y periodistas de ser parte de un “golpe blando”, hablaban de poderes oscuros y no bajaban de “muñecas de la mafia” a las periodistas críticas.
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Pero la sensibilidad democrática floreció el 7 de agosto: hoy una mala mirada del nuevo gobierno a un periodista ya amenaza la República. También descubrieron la autonomía de los gremios. La presión sobre Bruce McMaster es criticable, por supuesto. Lo curioso es que durante cuatro años la tosca y grosera confrontación de Petro con empresarios y gremios era presentada como batalla contra las élites.
Cambió el presidente y la élite parece haber adquirido derechos humanos. Los escrúpulos sobre el nepotismo también son recientes. Hace poco un nombramiento cercano a Abelardo desató, correctamente, preguntas incisivas. Durante Petro, docenas de altos funcionarios mantuvieron centenares de familiares directos contratados por el Estado. Para ellos eran familias con vocación de servicio público.
Y está la democracia. Cuando el CNE investigó la campaña de Petro, el PH advertía que desconocer la voluntad popular sería fatal para la democracia. Hoy cuestionar la legitimidad del presidente es la resistencia que un demócrata debe hacer.
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Hasta la economía obedece a la ideología. Hasta julio de 2026, todos los problemas eran herencia de Duque. Pero bastaron unas semanas de nuevo gobierno para que desempleo, inflación, déficit y tasas fueran de Abelardo. Como si el aumento del desempleo (¡en agosto!) no tuviera relación con medidas de Petro y su incompetente equipo económico. ¡Por favor!
No sostengo que este gobierno sea inmune a la crítica. Al contrario, hay que ser exigentes, vigilarlo con lupa. Pero sería tranquilizador que quienes hoy acaban de descubrir la libertad de prensa, la separación de poderes, la prudencia fiscal, la autonomía empresarial y el respeto por el resultado electoral hubieran mostrado un mínimo asomo de interés por esos principios cuando gobernaban los suyos.
Los principios que solo funcionan en la oposición son teatro barato para la galería.




