Esta será, probablemente, la peor columna que he escrito en muchos años. Disculpen ustedes. Soy Diana Orozco, cocinera de Medellín. Hace una semana fui convocada al Campeonato Iberoamericano de Parrilla en Palmira, Valle.
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Llegué ayer a Cali, comprometida con un grupo de amigas argentino-colombianas, en medio de un toque de queda silencioso, aterrador. Un caos de mutismo que todavía no logro comprender. Es obvio que el evento fue cancelado. Pero yo acá estoy.
No tengo cabeza ni lenguaje cabal para escribir esto. Tengo manos para cocinar. Llevo años encendiendo fuegos para alimentar. Fuegos comunes, de esos que reúnen personas y hacen de la cocina una herramienta de cuidado, de pedagogía y de encuentro.
Viví el último terremoto en Ciudad de México y entonces, como ahora, entendí que cuando todo tiembla una vuelve a lo elemental: agua, comida, calor, compañía. Solo sé cocinar. Tengo claro que soy una utopista “mamerta”, que no voy a cambiar el orden establecido desde una cocina. Pero también tengo claro que durante años he tejido una red de amor con otras mujeres. Y cuando todo parece derrumbarse, una red importa. Hoy escribo por esa posibilidad.
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Mucha gente en Medellín no saldrá a la calle. Medellín está intacta. ¿Para qué?, se preguntarán. Y no lo juzgo. Hay condiciones materiales, anímicas, familiares. También hay miedo. Pero hay algo que podemos hacer: COCINAR. Cocinarle a nuestra gente amada. A quienes están atravesados por el miedo, la ansiedad, la tristeza, la incertidumbre. Cocinar para quien necesita sentir que alguien está ahí.
He visto el poder de ofrecer un alimento preparado con amor. El abrazo contenido en una sopa. La memoria que despierta un sabor.
En cada bocado hay algo de nuestra memoria afectiva: alguien que nos cuidó, una casa, una infancia, una mesa. La cocina no va a solucionar esta tragedia. Una olla no reemplaza al Estado, ni las políticas públicas, ni la justicia. Pero puede sostener una vida durante un momento terrible. Y sostener la vida también es político.
Hoy escribo desde toda la vulnerabilidad encima de la piel. Conmocionada, sí, pero también privilegiada de estar acompañada por redes empáticas, por mujeres que están activándose, preguntando dónde hacen falta manos laboriosas, cocineras, alimentos, presencia.
Tengo el fuego de Prometeo en el corazón, pero no quiero pensarlo como un fuego individual. Quiero pensarlo como un fuego que pasa de mano en mano. Que arda entonces el fuego creador. Que ardan las ollas. Que ardan las redes que hemos tejido. Que arda la posibilidad de juntarnos para sostenernos.
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No sé qué más hacer. Tengo manos. Tengo fuego. Tengo amigas. Y mientras alguien tenga hambre, siempre habrá una razón para encenderlo. Cocinar también puede ser una forma de no dejarnos caer.





