Lo admito, cada vez el mundo me da más terror. Históricamente hemos tenido etapas en las que han desaparecido o se han minimizado los derechos de ciertas comunidades, hemos leído y visto en cine las guerras mundiales que han acabo con la vida de miles de personas que, por un pensamiento político infundado de superioridad racial y moral, el poder ha tenido la última palabra sobre su destino al considerarlas “diferentes” o equivocadamente “peligrosas”.
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A pesar de ser hoy un mundo hiperconectado, con acceso a la información y a la memoria histórica, parece que se nos ha olvidado las abominaciones cometidas por pensamientos extremistas y dictatoriales de supuestos políticos que han prometido “salvar la patria”, y lo único que han logrado es destrozarla.
Vivimos momentos de angustia y preocupación, y ante una crisis mundial los primeros derechos que son “discutidos” o “negociados” claramente son los de nosotros mismos, como si fuese algo que nos tenemos que “ganar”.
Por eso yo, una consumidora extrema de series, me he sorprendido con el poder narrativo y emocional que genera El cuento de la criada, una historia escrita por la poetisa y activista política canadiense Margaret Atwood, quien ya ha confesado que nada en su libro fue inventado y la inspiración siempre estuvo en hechos mundiales reales. Y eso es lo que más ansiedad me ha causado.
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Un mundo ‘distópico’ en el que las mujeres son alejadas de sus derechos fundamentales: tener dinero, trabajar, ser independientes, tomar decisiones sobre su cuerpo, leer, socializar e incluso hablar. Sirviendo únicamente como recipientes de fertilidad para los más poderosos del país, un país que dejó de llamarse Estados Unidos y pasó a ser la República de Gilead, donde seguir las reglas de la biblia y la religión se salió un poco de control.
Bruce Miller se atrevió a pasar de las hojas a la televisión, y los vestuarios rojos de las mujeres nombradas Criadas me ha generado alguna que otra pesadilla. En este nuevo mundo teocrático, los niños criados antes de la posesión de este nuevo gobierno son secuestrados y repartidos en las casas de los comandantes, mientras que las mujeres más fértiles son hechas sus esclavas sexuales, buscando acabar con la poca población mundial de esa realidad.
Aquí las mujeres que se “revelan” ante la dictadura son enviadas a granjas contaminadas a morir lentamente o incluso colgadas al ojo público. Mientras que las más sumisas son evangelizadas para seguir las órdenes de su esposo, sin derecho a opinar o ser parte del movimiento económico, reduciéndose solo a ser cuidadoras.
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Todo te puede parecer muy ficticio, hasta que recuerdas que en Afganistán los derechos de las mujeres son casi nulos, siendo obligadas desde los 12 años a dejar la escuela, a no participar cultural ni económicamente de la comunidad, a no expresarse, a no trabajar, a no salir solas de sus casas, a no hablar con otras personas, a tapar por completo sus cuerpos. Un aislamiento total, como si ser mujer fuera un delito grave.
Todo parece solo una historia, hasta que te das cuenta, citado por las Naciones Unidas, que a nivel global las mujeres tenemos solo el 64 % de los derechos legales disfrutados por los hombres. Que en Estados Unidos ya se discute o se habla abiertamente, incluso por otras mujeres, que el derecho al voto podría ser válido solo para “los hombres del hogar”, que ser mujer ahora está siendo debatido en varios lugares del mundo como si fuese un “concepto” que puede mutar en cada sociedad, donde el poder es quien decide sobre sus vidas y cuerpos.
Estamos, de nuevo, a punto de ser reducidas a un ambiente de cuidado y sumisión, cuando por décadas colectivos activistas de mujeres han dado sus vidas en la lucha por la igualdad.
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Hoy ese tipo de historias ganadoras de premios no son ficción, están siendo un reflejo del camino que puede tomar nuestra sociedad. Lamentablemente, el mundo sigue siendo la serpiente que se muerde la cola, somos cíclicos, y en vez de avanzar a un destino más igualitario, respetuoso y seguro, volvemos a repetir lo que tanto daño nos ha hecho como humanidad.
Les admito que tengo miedo, miedo por mis derechos, por mi futuro. Y les puedo jurar que no soy la única.
Historias como esta solo nos hace confirmar que la lucha debe ser constante, y que nuestros derechos, aunque fundamentales, no deben ser asumidos o estáticos. Una vez más el séptimo arte nos pone de frente con escenarios distópicos que hoy no están muy alejados de nuestra realidad.




