Durante este mundial vi a una amiga gritar un gol con el alma. Un rato después me preguntó qué era el fuera de lugar. No supo la respuesta y no le importó. Le bastaba con saber a qué equipo le iba y que la gracia era meter goles. Lo demás se aprende sobre la marcha. O no.
Lea también: Viajar más allá de nuestro feed
Eso es lo que más me gusta del fútbol. Y eso que a mí el fútbol no me gusta. En el estadio cabe todo el mundo. El que discute alineaciones y el que llegó por los amigos. El que entiende cada jugada y el que solo espera el momento de abrazar a un desconocido. Nadie pide credenciales en la puerta. Nadie te examina antes de dejarte celebrar.
Pienso en eso y me da algo de envidia. Cuando invito a alguien a un concierto, la respuesta muchas veces empieza con una disculpa. “Es que yo no sé de música”. “Es que no sé cuándo aplaudir”. “Es que no tengo qué ponerme”. Convertimos los teatros, los museos y los auditorios en templos. Y a los templos uno entra con miedo a hacer el ridículo.
En la Filarmónica lo veo seguido. Alguien aplaude entre movimientos y siente que cometió un delito. Alguien se emociona antes de tiempo y una mirada lo calla. Le enseñamos a la gente a contener la emoción hasta que el protocolo le dé permiso. En el estadio pasa al revés: cada quien se emociona cuando le nace, aunque el de al lado esté mirando para otro lado.
Y el fútbol tampoco se queda en el estadio. Se va con la gente. Se vuelve camiseta, bandera en el balcón, discusión en la tienda, álbum sobre la mesa del comedor. Ahí está la diferencia. Nosotros formamos públicos explicando: charlas previas, notas al programa, contexto histórico. El fútbol no explica nada. Emociona primero y deja que el conocimiento llegue después, si llega.
Le puede interesar: Cerebros que funcionan distinto
El álbum es el mejor ejemplo. En pleno mundo de pantallas, niños, jóvenes y adultos apagan el celular para intercambiar pedazos de papel. “La tengo, la tengo, me falta”. Se miran a los ojos, negocian, aprenden a esperar, a perder, a insistir. Aprenden banderas y capitales de países que jamás habían nombrado. Hacen un amigo en una esquina. Nada de eso es fútbol y todo eso lo produjo el fútbol.
Yo lleno álbum desde México 82. Lo llenaba con mi papá, lámina por lámina, en la mesa del comedor. Él ya no está y yo sigo llenándolo sola, aunque el fútbol no me guste. Para mí el mundial es esa mesa. Es mi papá al lado, otra vez, unas semanas cada cuatro años. Un pedazo de cartón guardando algo que ninguna nube guarda igual.
Lea también: Lo que nadie te enseñó al querer
Por eso me cuesta ver la cultura como un asunto de expertos. Mi vínculo más fuerte con el fútbol no nació de entender el juego. Nació de compartirlo. Y llevo años viendo que a la música le pasa lo mismo: la gente vuelve por lo que sintió, no por lo que aprendió.
Las organizaciones culturales llevamos años repitiendo la misma frase que los niños frente al álbum: nos falta, nos falta. Nos falta público, nos falta plata, nos falta relevo. Quizás lo que nos falta es más sencillo. Dejar entrar a todo el mundo a la fiesta, aunque no sepan qué es un fuera de lugar.
Únase aquí a nuestro canal de WhatsApp y reciba toda la información de El Poblado y Medellín >>




