Hace poco terminé de ver Simplemente Alicia, una serie de Netflix que, con la premisa de una mujer casada simultáneamente con un hombre de alcurnia y un cura de barrio que deja los hábitos por ella, podría parecer una novela con mal argumento. Pero debajo de esa historia hay algo más interesante: una pregunta que la serie deja en el aire.
¿Qué forma debe tener una relación para ser legítima?
Lo que más me quedó sonando fueron las historias de los personajes secundarios. La amiga que no quiere convivir con nadie, que ama profundamente, pero necesita su propio espacio, y que termina cediendo a la presión social hasta que ya no puede más y pierde lo que tenía. La madre devota que descubre, demasiado tarde, que sí quería ser mamá, pero no quería renunciar a su carrera para serlo. La amante eterna que un día tiene la valentía de proponer una relación abierta, y le funciona. Tres mujeres, tres formas distintas de querer y de necesitar, y las tres pasando por el mismo embudo:
Un modelo que asume que el amor tiene una sola geometría posible.
Esa geometría nos la sabemos de memoria: pareja heterosexual, convivencia, matrimonio, hijos, y hasta el perro. La familia de postal. Para muchos es genuino y funciona. El problema es la exclusividad con que se presenta, como si fuera el único camino hacia algo serio, hacia algo que vale.
Las mujeres, en particular, hemos cargado con eso de manera desproporcionada. Se nos enseña a querer de una manera específica: completa, permanente, abnegada. Se nos dice que el amor verdadero implica renuncia, que la entrega es proporcional al sacrificio. Y así, muchas terminamos eligiendo vínculos que en realidad nunca elegimos, que simplemente eran los que se suponía que debíamos elegir.
Yo misma tuve el matrimonio soñado. Fui la mitad de lo que todo el mundo llamaba la pareja ideal. Y lo fue. No hay duda. Pero la vida cambia, uno cambia, y lo que necesitamos a los veinte queda pequeño a los cuarenta. Hoy busco a alguien con quien hablar de las cosas que me apasionan y aprender de las que no conozco. Alguien con quien ir a conciertos, viajar, estar presente en los momentos difíciles. Busco compañía, de vez en cuando. Y he aprendido que eso también es una forma válida de amor.
Estamos en un momento de transición. Cada vez más personas eligen vínculos que no corresponden a la familia de postal: parejas que no conviven, relaciones abiertas consensuadas, amigos con quienes se construye algo que se parece mucho a una familia, personas que eligen la soledad como preferencia y como forma de vida digna. Y, aun así, seguimos tratando esas elecciones como provisionales, como si en algún momento la persona “se acomodara” y llegara a lo normal.
La pregunta que vale la pena hacerse no es si una relación se parece al modelo. Es si esa relación nos hace bien, si es honesta, si la elegimos con libertad. Eso es lo que no nos enseñaron a preguntarnos. Y quizás ya es hora.





