Toda la vida supe que algo en mí funcionaba distinto. No lo sabía nombrar, pero lo sentía: llegaba a las conversaciones habiendo pensado ya diez pasos más adelante. Me agotaba socialmente con facilidad. Anticipaba escenarios que nadie más parecía estar considerando. Me sentía, con frecuencia, fuera de lugar.
Lea también: Lo que nadie te enseñó al querer
A los 39 años, en una sesión de coaching con Eva, mi coach y también AACC (Altas Capacidades), el mundo tuvo explicación por primera vez.
“Tienes altas capacidades”, me dijo. Y algo en mí, que había cargado años de preguntas sin respuesta, por fin respiró.
Lo primero que hay que desmantelar es el mito más tenaz: las altas capacidades no son ser un genio. Uno de cada cincuenta somos AACC y la mayoría no tiene ningún premio Nobel. Lo que tenemos es un cerebro que conecta las neuronas de una manera distinta, que traza rutas improbables entre ideas que parecen no relacionarse, que procesa en paralelo lo que otros procesan en línea recta. Eso puede verse brillante desde afuera. Por dentro, con frecuencia, se siente como un motor que no tiene freno y al que nadie le dio el manual.
Las AACC son una forma de neurodivergencia: variaciones naturales en el funcionamiento del cerebro. Una diferencia, no un déficit. Y como tal, tiene rasgos que conviene conocer, tanto si uno se reconoce en ellos como si los ve en alguien cercano.
Le puede interesar: ¡Gracias, enfermeras!
Somos personas de alta sensibilidad. Las emociones llegan amplificadas. Una discusión menor puede vivirse como una catástrofe, no por exageración sino por biología: el sistema nervioso está calibrado en otro rango. A eso se suma la ansiedad anticipatoria. El cerebro AACC calcula simultáneamente todos los escenarios posibles de cualquier situación antes de que ocurra. La mayoría contempla tres opciones; nosotros ya recorrimos mentalmente los cien. Eso agota. Y también hace que muchos AACC lleguemos a las conversaciones con conclusiones que el otro apenas está empezando a intuir, lo que se lee fácilmente como arrogancia cuando en realidad es solo la velocidad de un cerebro que no puede ir más despacio.
El hiperfoco hace que los recuerdos no se formen de manera uniforme: memoria detallada de lo que nos apasiona, lagunas enormes en lo cotidiano. Podemos olvidar el nombre de alguien que acabamos de conocer y recordar con exactitud una conversación de hace diez años. El cerebro priorizando.
Lea: Lo que no se discute a la hora de votar
A eso hay que sumarle la intensidad. Amamos profundo, nos indignamos profundo, nos alegramos profundo. No hay volumen medio.
Para quienes nos rodean eso puede ser agotador, y para nosotros también, porque además cargamos con la conciencia de que somos demasiado para muchos espacios.
Y la batería social se acaba rápido. Las interacciones cuestan más de lo que cuestan a otros. Procesar todo en tiempo real, las palabras, los gestos, los subcontextos, los escenarios posibles, consume. Necesitamos soledad para recargarnos.
Todo esto tiene un costo. El mundo está construido por y para los neurotípicos: los sistemas educativos, los modelos laborales, los ritmos de las conversaciones. Las personas neurodivergentes pasamos buena parte de la vida aprendiendo a simular que encajamos. A hablar más despacio. A no llegar al punto final antes de que la conversación lo haga sola. A no hacer las preguntas que generan molestia. A achicarnos.
Muchos llegamos a la adultez convencidos de que algo está mal en nosotros. Algunos reciben diagnósticos equivocados durante años: depresión, ansiedad crónica, trastorno de personalidad. Lo que había era un cerebro diferente al que nadie le dio las herramientas adecuadas.
Eva dice que esto no es un castigo. Que es una pasada. Yo llevo varios años aprendiendo a darle la razón.
Ojalá en unos años no haya un solo niño que llegue como yo a la adultez cargando toda una vida la sensación de no pertenecer a este mundo. Ojalá sepamos tanto de esto que crecer con un cerebro distinto deje de ser una condena y se convierta en lo que siempre debió ser: un punto de partida.





