Por Carolina Daza / [email protected]
Ayer, Tomoko-san, mi amiga japonesa, me envió fotografías de Kanan-chan, Sogo-kun y Aio-kun, las amistades de nuestra hija Ágata. En Japón, de manera dulce y amorosa, a las niñas se les añade el sufijo -chan después de su nombre y a los niños, –kun. A Vera, nuestra hija menor, le decían “Akachan”, que significa bebé.
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Al ver las imágenes viajé de inmediato a “Yanagicho Kodomo-no-mori” (el bosque de niños de Yanagicho), el colegio público japonés donde Ágata estudió durante medio año.
Aún tengo encarnado aquel primer hito. Por pura sincronicidad, iba pedaleando en nuestra “Mamachari” cuando paré a timbrar en el colegio para preguntar, a señas, si podían recibir a Ágata durante los meses de nuestra estancia. Ahí mismo nos dieron la bienvenida y nos invitaron a una entrevista con la rectora. Nunca imaginé que en el supuesto Japón restrictivo —un país donde el orden y las reglas son inquebrantables desde la infancia— recibirían a una niña latina de cinco años sin previo aviso, sin hablar el idioma, por un periodo corto y a mitad de año. ¡Aún no me lo creo!
El colegio nos prestó el uniforme: un sombrero de gamuza azul turquí, un blazer escocés con bermuda y un morral amarillo. Nuestra estancia estuvo hecha de hitos como este, donde la atención se centraba en lo esencial: el cuidado de las futuras generaciones.
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El miércoles 5 de noviembre de 2025 fue el primer día de clases. Llegamos a las 9:00 a. m. en la “Mamachari” como la mayoría de las familias. La rectora saludaba en la entrada con una reverencia de buenos días que todos respondíamos. Eran gestos genuinos y divertidos, pilares esenciales de la construcción social nipona.
Al ingresar, un pequeño escalón y un armario nos indicaban que debíamos cambiar los zapatos de la calle por los *Uwabaki” (zapatos de interior). Este ritual cotidiano acompaña la vida escolar hasta el bachillerato y luego se adapta al entorno profesional.
Ese primer día pedí permiso para acompañar a Ágata. Estaba tranquila y expectante ante el universo que se abría para ella. Subimos juntas y, en el corredor del preescolar, le indicaron que debía buscar su símbolo: un pájaro azulejo que marcaba el lugar para sus pertenencias.
Todos le hablaban en japonés y se acercaban a jugar. Ella no entendía nada, y yo mucho menos. Al cabo de una hora, frustrada, se me acercó: “Mami, ¿qué voy a hacer si no entiendo nada?”. Le respondí con calma: “Hija, no necesitas entender, solo jugar y disfrutar”.
A partir del segundo día, Ágata-chan se despedía en la puerta y en casa cantaba canciones en japonés. La vida en Japón nos recordó pilares esenciales de la crianza: calma, presencia y silencio. Una infancia libre de amenazas, afanes y excesos.
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Recuerda venir a visitarnos en Humanese, el sábado 6 y domingo 7 de junio, de 9:00 a. m. a 6:00 p. m., para vivenciar la Exposición “Kodomo”, un espacio que hemos preparado con amor para compartir lo aprendido en Japón. Entrada libre.





