Eran días de confinamiento y tortura. El Dr. B robaba entonces un libro, no sabía de qué se trataba. Era un libro de ajedrez el cual leyó y leyó. De tanto leerlo aprendió del juego con maestría, sobrevivió a los nazis y no sucumbió a la locura causada por la soledad.
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Sucede en la Novela de ajedrez, un pequeño libro de Stefan Zweig que narra la historia de un hombre que, durante años, tuvo que leer siempre el mismo libro. En los últimos días me siento como Dr. B con unas pequeñas diferencias: no habito la ficción, los textos no están narrados con la maestría del escritor austríaco y, en lugar de ser una gran jugadora, solo leo expresiones como: “El vertiginoso mundo de hoy”. “Esto me ha hecho reflexionar” y “esto me deja una pregunta incómoda”. Todo en una estructura narrativa que no sorprende, que sigue una fórmula y que está escrita por una IA.
El abuso del uso de la inteligencia artificial nos está llevando a perder algo que, quienes hemos escrito con intención y por necesidad toda la vida, siempre hemos perseguido: una voz propia. Un estilo que evita los clichés, con patrones automatizados que nos dejan esa constante sensación de estar leyendo lo mismo, la estructura predecible de las IA: un gancho, un cuerpo de listas que no sabe contar más de cinco, una conclusión inspiradora y una pregunta de cierre. Sucede algo similar en las reuniones. Cada que voy a una consulto la IA solo para capturar el momento exacto donde la opinión de uno de mis compañeros está prefabricada por la tecnología.
Uso inteligencias artificiales, claro que sí; pero no dejo que le ganen a mi pensamiento. Me aclaran ideas obvias, pueden escribir mensajes básicos y cruzar algunos datos. Pero mi inteligencia natural, sea mucha o poca, siempre está ahí para no ser complaciente. Dicen quienes saben mucho de tecnología que hay cómo hackear las IA para evitar esta repetición constante: especificar qué palabras no se quieren usar, aclarar roles para que sepa en qué tono escribir, ejemplo, un periodista escribe diferente de un abogado; pedirle que piense paso a paso y solicitarles al menos tres enfoques diferentes de un texto.
Aún con estas recomendaciones sigo creyendo en la voz propia, tengo la idea de que es una suerte de reflejo de nuestras almas. Sigo experimentando goce y placer de leer las plumas que me gustan porque en ellas encuentro su esencia, una conexión con la divinidad.
“Cuando mi voz calle con la muerte, mi canción te seguirá cantando con su corazón vivo”, escribió el poeta bengalí Rabindranath Tagore.
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Si la naturaleza nos dio una voz a diferencia de otros animales no humanos, tal vez quería darnos un camino, un vehículo, una herramienta para ser únicos, corajudos y para mostrar cómo somos desde adentro hacia afuera. A veces creo que la voz propia es, incluso, una suerte de milagro. No todo es IA, estamos llamados a dejar pequeñas huellas y si tenemos una voz propia, particular y exclusiva, pues hay que usarla. Tal vez muchas de las soluciones a problemas del mundo estén más en la autenticidad que en los algoritmos.





