Cuando caminas, no solo mueves el cuerpo, también mueves el alma. Con ello viene la curiosidad y una especie de misterio que conecta la tierra con el cielo. Desde que tengo memoria no he hecho otra cosa más que caminar. Si salgo de viaje, prefiero caminar por las ciudades. Si voy al parque de El Carmen de Viboral, siempre lo hago caminando y, si tengo chance de ir trabajando de un lugar a otro, siempre me decantaré por el paseo. Mis piernas son mi instrumento en este mundo.
Desde hace un par de meses comencé a caminar con más intensidad. Me estaba preparando para subir dos volcanes y en lugar de experimentar el sufrimiento, quería llegar a disfrutarlo. Fue entonces cuando comencé a recorrer con intención los paisajes del Oriente antioqueño: Boquerón, La Florida, Ojo de Agua, San Antonio, Salto del Buey, Campo Alegre, La Chapa, Morrito, Corrientes, La Magdalena, Alto Grande, El Tabor, son algunos de los nombres que se dibujan en mi memoria.
De esas caminatas he aprendido del silencio que se atraviesa en cada camino. De la soledad, aun cuando estoy acompañada. De la paciencia, cuando no se conoce el camino. Del hambre, cuando el desayuno está por venir. De mis piernas que, cuando están a punto de morir, resucitan. De mi cuerpo, que no se cansa de sorprenderme. De las distancias, que nunca son tan grandes como uno se lo espera. De lo magnífica que es la naturaleza y de lo interesante que se torna la humanidad cuando simplemente se dice “buenos días” en la mitad de un lugar desolado.
Caminar es mágico y, a pesar de la propiedad privada, nuestros municipios están hechos para ello. “Caminar es a las actividades lúdicas lo que labrar y pescar son a la industria: es primitivo y simple, nos pone en contacto con la madre tierra y la sencilla naturaleza; no requiere de un equipo complejo ni de un entusiasmo fuera de lo común”, escribió Leslie Stephen, filósofo y padre de Virginia Woolf, en su pequeño libro Elogio del caminar.
¿Qué tal si caminamos más? ¿Por qué no dedicarnos a descubrir nuestros municipios con ese hermoso vehículo de transporte que algunos privilegiados disfrutamos y que llamamos piernas? ¿Qué tal si las alcaldías trabajan juntas para posibilitarnos más caminos que nos lleven a descubrir nuestros paisajes? ¿Y si los propietarios de las fincas permiten un pequeño y desinteresado paso de conexión humana entre el corazón y la grandeza universal?
“Todos los pensamientos verdaderamente grandes se conciben caminando”, decía Nietzsche. Caminar es un acto simple que puede ser una consigna del Oriente, un territorio que se descubra con las piernas, sin necesidad de la competencia que traen las bicicletas y las carreras de atletismo. Caminar puede aliviarnos el mal genio, hacernos sentir más altos que los bosques, como decía Thoreau, y ayudarnos a comprender que la vida solo ocurre un paso a la vez. ¿Caminamos más?





