Elegir qué estudiar: cuando el futuro empieza en la mesa del comedor

Para Lina María Agudelo, hablar de elegir qué estudiar es, en realidad, hablar de corresponsabilidad, "porque el futuro no se elige en una sola palabra, se construye entre muchos".
Por: Opinión
2 febrero, 2026
Lina Maria Agudelo Gutierrez
Por: Lina María Agudelo Gutiérrez, Ph.D. Lina María Agudelo Gutiérrez, Ph.D. Decana STEAM School, Universidad EIA.

Hace unos días, en la sala de la casa de unos amigos, terminamos hablando del futuro de su hija Alicia. Tiene tres años y entre risas, Pablo (su papá) dijo que seguramente estudiaría algo así como energías renovables con marketing y bienestar personal. Nos reímos todos, era un chiste, claro, pero no tanto.

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En esa frase, dicha entre café y carcajadas, hay una verdad profunda: hoy nadie puede anticipar con certeza cuál será el título profesional de quienes están creciendo. Lo que sí sabemos es que el mundo que habitarán será distinto al nuestro, y que la flexibilidad, la convergencia de saberes y la capacidad de aprender constantemente ya no son una promesa académica, sino una necesidad vital.

Elegir qué estudiar nunca ha sido una decisión simple, es probablemente, una de las primeras decisiones verdaderamente trascendentales en la vida de una persona y rara vez se toma por sí solo. La decisión la toman también las familias, con sus miedos, expectativas, preguntas sin resolver y, muchas veces, con historias propias que pesan más de lo que imaginamos.

He visto al papá que llega angustiado porque su hijo quiere estudiar Diseño y, en voz baja, pregunta si eso “significa algo más”. He escuchado a mamás que confiesan no entender muy bien el nombre de la carrera que eligió su hija (porque no se parece a nada que ellas hayan conocido), pero que llegan a casa a buscarla en Google, a leer, a aprender, a acompañar. He conversado con jóvenes a quienes, desde el colegio, les sugirieron elegir “lo que mejor se les da a las mujeres” o “lo más conveniente”, como si el talento y la vocación tuvieran género o una sola forma correcta.

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Nada de esto ocurre desde la mala intención, muchas veces ocurre desde el amor, desde el deseo genuino de que a los hijos o hijas les vaya bien, de que tengan estabilidad, futuro y oportunidades. El problema aparece cuando esas preocupaciones se apoyan en una idea del mundo (e inclusive de la universidad) que ya no existe.

Muchos papás y mamás aconsejan desde su propia experiencia profesional, y eso es valioso, lo que no podemos hacer es asumir que la universidad de hoy es la misma que ellos vivieron. No podríamos decir que las disciplinas siguen aisladas, que los caminos son lineales, que una carrera define toda una vida. No. Hoy los perfiles profesionales se construyen en las intersecciones: entre ingeniería y diseño, entre ciencia y humanidades, entre tecnología, empresa y propósito. Aferrarnos a una visión rígida de las profesiones es preparar a los jóvenes para un mundo que ya cambió.

Por eso, hablar de elegir qué estudiar es, en realidad, hablar de corresponsabilidad. De familias que se informan más allá del miedo y del mito, de colegios que orientan sin encasillar, de universidades que asumen el reto de transformarse, de revisar sus programas, de leer el contexto y anticipar lo que viene. Y de empresas que entienden que el talento no se improvisa, que formar personas toma tiempo y que pedir experiencia infinita a quien apenas empieza es una contradicción que el sistema debe revisar con honestidad.

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Desde la Universidad EIA lo vivimos así: formar hoy no es solo enseñar contenidos, es acompañar decisiones de vida (aprender viviendo es uno de nuestros lemas), es reconocer que elegir una carrera no es cerrar un camino, sino abrir muchos. Es entender que la pregunta no es únicamente qué vas a estudiar, sino quién quieres ser y cómo quieres servir y entregar lo mejor de ti en un mundo complejo.

Elegir qué estudiar seguirá siendo difícil, ¡y qué bueno que lo sea! Las decisiones importantes merecen conversación, escucha y visión de futuro, lo que no podemos permitirnos es decidir desde el miedo, el prejuicio o la nostalgia.

Tal vez por eso, cuando pienso en Alicia de tres años que (en chiste) estudiará energías renovables con marketing y bienestar personal, sonrío. Porque, sin saberlo, ya nos estaba dando una pista: el futuro no se elige en una sola palabra, se construye entre muchos. Y ahí, familias, universidades, colegios, empresas y sociedad tenemos una responsabilidad compartida que no podemos evadir.

El mundo ya cambió ¡Acompañar bien esa elección también es una forma de cuidarlo!

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