Estar enfermo fuera de casa es, tal vez, una de las experiencias menos agradables y que no le deseo a nadie. Esa sensación de desamparo, de no tener a quién llamar, de sentirse vulnerable en una ciudad que no es la propia, me golpeó hace unos días en Santiago de Chile. Estaba sola, con temblores, fiebre y deseando únicamente regresar a Medellín. Y en medio de ese malestar apareció Cristóbal.
Nos habíamos conocido hace un par de años por trabajo. Nada profundo: compartimos el amor infinito por las orquestas y la visión que tenemos de la gestión cultural. En dos años, nos habíamos visto dos veces y habíamos tenido un par de reuniones, y cada cierto tiempo intercambiábamos mensajes por WhatsApp. Por eso, me sorprendió que, apenas supo que estaba enferma, se ofreciera a buscarme un médico y, cuando supo que mi vuelo salía a las 2:00 de la mañana, sin dudarlo, llegara al hotel a medianoche para llevarme al aeropuerto. Había conseguido, incluso, un suéter y una bufanda para que no pasara frío con la temperatura del avión.
Me consiguió bebidas para hidratarme, cargó mi maleta como si fuera la cosa más normal del mundo, caminó conmigo hasta el último punto permitido y no se movió de ahí hasta que confirmó que había pasado migración. No se despidió rápido ni dio por terminado el asunto cuando me dejó en la puerta. Se quedó, presente, atento, asegurándose de que yo pudiera seguir el camino sola. Ese gesto de cuidado me conmovió más de lo que imaginé. Y me tocó aún más cuando recordé que él lleva casi un año sin trabajo, lidiando con dificultades que podrían amargar a cualquiera. Sin embargo, mantiene la sonrisa intacta, una actitud envidiable y una capacidad inmensa de ver el vaso medio lleno.
Cuando le agradecí su generosidad, me dijo algo que se me quedó grabado: “A mí me ayudaron cuando lo necesité. Uno paga devolviendo la mano cuando aparece la oportunidad”. Ahí entendí que no es solo un buen gesto. Es una filosofía de vida. Una forma de caminar por la vida dejándola un poquito mejor, así sea con acciones mínimas que otros tal vez no notarían.
Recordé la película Pay it forward y pensé que, aunque la idea suene romántica, hay personas que realmente viven así: creando cadenas silenciosas de cuidado, activando pequeñas espirales de generosidad que pasan de una persona a otra casi sin darse cuenta.
Por eso quise escribir esta columna. No solo como homenaje a Cristóbal, sino como una invitación. Ojalá, por encima de todas nuestras ocupaciones, encontremos espacio para ser un poco más como él: para cuidar, para ayudar, para aparecer cuando alguien lo necesita. Para hacer algo por alguien sin esperar nada a cambio. Para recordar que, incluso en épocas difíciles, siempre queda un rincón de la vida donde la bondad es posible.
Quizás no podamos cambiar el mundo entero, pero sí podemos cambiar el día de alguien. Y a veces, como descubrí esa noche en Santiago, eso es suficiente para que la vida se sienta más amable, más cálida y compartida. Tal vez, si cada uno hiciera apenas un gesto pequeño, viviríamos todos con un poco menos de miedo y un poco más de confianza en los demás. Y eso, al final, nos permitiría tener una sociedad más amable donde recordemos lo que verdaderamente significa vivir en comunidad.





