Hace poco escuché una canción de La Maravillosa Orquesta del Alcohol que dice:
“¿Será verdad que lo mejor está al otro lado del miedo?”.
La escuché sin prestarle mucha atención, pero la frase se me quedó rondando la cabeza. Y es que, la verdad, pasamos gran parte de la vida evitando correr riesgos. Nos convencemos de que la prudencia es una virtud, cuando muchas veces es solo una manera elegante de disfrazar la cobardía.
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Nos encanta lo seguro, lo conocido, lo que podemos controlar. Esa comodidad que algunos llaman “zona de confort” y que, a veces, parece un refugio; pero en realidad es una jaula. Afuera está la vida, la que se siente, la que transforma. Sin embargo, para llegar allá hay que cruzar una frontera invisible: el miedo.
Durante años soñé con tirarme de paracaídas. No era un capricho, era un deseo profundo. Pero siempre encontraba una excusa: el clima, la agenda, la plata. En el fondo sabía que no era nada de eso, era miedo. Hace dos años decidí hacerlo. Reservé el vuelo, firmé los papeles… y me acobardé justo antes de subirme al carro rumbo al despegue. Esa noche me dormí con una mezcla de alivio y vergüenza.
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Hace poco menos de un mes lo intenté de nuevo. Fui, sin pensar demasiado. Cuando el avión abrió la compuerta y salté, sentí algo que no puedo describir: libertad, felicidad, paz. Y apenas el paracaídas se abrió, dije lo primero que me salió del alma:
¿Por qué no había hecho esto antes?
Lo sabía. Siempre lo supe. Sabía que me iba a encantar, que iba a sentirme viva, que iba a valer la pena. Pero el miedo me había ganado durante años.
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Y es que el miedo tiene mil formas. A veces se presenta como prudencia. Otras, como esa voz interna que dice “no es el momento”. A veces se disfraza de lógica: “es que el amor se transforma”, “es que no quiero arriesgar lo que ya construí”, “es que no sé si me va a ir bien”. Y así, poco a poco, nos quedamos atrapados en una especie de limbo: ni infelices del todo, ni valientes del todo.
En el fondo, todos sabemos cuándo algo ya no nos pertenece. Un trabajo, una relación, un lugar. Hay señales. Pequeñas incomodidades que se acumulan. Esa sensación de estar viviendo en una versión reducida de nosotros mismos. Pero moverse duele. Romper cuesta. Y la incertidumbre, por más atractiva que parezca, asusta.
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Conozco personas que llevan años soñando con cambiar de rumbo, pero siguen ancladas a lo que conocen. Y no por falta de oportunidades, sino porque el miedo a perder pesa más que la posibilidad de ganar. Nos volvemos expertos en autoconvencernos: que la comodidad también es una forma de felicidad, que los sueños se pueden ajustar, que hay que ser realistas. Pero lo que llamamos realismo, muchas veces, es simplemente una rendición a la posibilidad.
A veces pienso que el miedo es un guardián que protege las puertas más importantes de nuestra vida. Las puertas hacia lo nuevo, lo que puede transformarnos. No está ahí para detenernos, sino para probar cuánto lo deseamos. Si algo me enseñó tirarme de un avión, es que el miedo se disuelve en el aire. Que basta un salto, solo uno, para que toda una vida cambie.
Y sí, también hay miedo en soltar una relación que no funciona, en cambiar de país, en decir una verdad que puede doler. Pero quedarse donde uno ya no crece también es una forma de morir despacio. Y eso sí que debería darnos miedo.
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La próxima vez que sintamos esa punzada en el pecho, esa mezcla de terror y deseo, recordemos que puede ser una brújula. Que tal vez el miedo no sea un enemigo, sino una invitación. Una manera en que la vida nos dice:
“Por aquí hay algo grande esperándote”.
Atravesemos. Demos el salto, tomemos la decisión. Con miedo, sí, pero también con la certeza de que al otro lado hay una versión más viva de nosotros mismos.
Porque como dice la canción, y yo ahora lo sé con certeza, lo mejor está al otro lado del miedo.





