Rosas, espinas y un funeral

Lo sucedido con el senador y precandidato, Miguel Uribe Turbay, es otra alarma que nos despierta a la cruda realidad: la convivencia pacífica, al menos en Colombia, ha llegado a niveles inalcanzables. No hay día ni hora en los que, en algún lugar de nuestra geografía, no se tronche un proyecto de vida por causa de la violencia. 

Caen policías y soldados como arroz -ni siquiera alcanzamos a retener sus nombres-, líderes sociales, vecinos de barrio, ciudadanos ajenos al conflicto y, sin vivir los duelos -por la fuerza de la costumbre-, pasamos página y seguimos adelante llenos de heridas abiertas que, a su vez, provocarán más heridas y más y más. Algunas más visibles por obvias razones -las que nos dejan los ataques terroristas de Cali y Amalfi, sangran copiosamente- pero todas sensibles e irreparables. Qué país excesivo el que tenemos. (En lo bueno y en lo malo).

Estamos con los pelos de punta los colombianos. Cualquier cosa que alguien diga o haga puede ser usada en su contra. Basta con un par de trinos reales y/o de bodegas para que ese alguien, como pollo en el asador, dé vueltas en las redes y sea liquidado moralmente. Y hasta físicamente, lo acabamos de constatar.

La “paz” ha perdido su majestad. Entre la idealización y el manoseo suena a disco rayado. Entre los denominados gestores de paz, junta del narcotráfico, disidencias, bandas delincuenciales, cazadores de votos…, incluso entre los ingenuos, llevamos años, lustros, décadas, tratando de rozarla con la punta de los dedos. Y nada. ¿Qué pretendemos? ¿Que de repente nos pique el amor y salgamos todos a cantar Abuelito dime tú con la candidez de Heidi, por cuenta de una paz total, traída de los cabellos, que va en reversa? ¡Por favor! 

Sin romanticismos. Se vale disentir, se vale discutir, se vale tener carácter para defender un punto de vista. Es más, se vale que a duras penas nos soportemos unos a otros. Sólo con intentar conjurar el deseo de exterminar al contrario -democracia no es sinónimo de dictadura de las mayorías, que quede claro-, pondremos los cimientos para que la justicia, la educación y la equidad aporten lo suyo en la construcción de una mejor sociedad. Pasa que quienes deberían marcar la pauta, no lo hacen. Y nos vamos llenando de oportunidades perdidas. 

La ilusión de un desarme de espíritus por cuenta de la tragedia de Uribe Turbay, no duró nada. Del presidente hacia abajo, pasando por expresidentes y políticos oportunistas, infestaron de espinas sus trinos -orquestados por las respectivas barras bravas-, para capitalizar esos dos días de despedida que conmovieron la nación. Atizaron los ánimos al límite. (Y sabemos bien qué pasa aquí cuando eso pasa). Y se atreven a hablar de paz. Empiecen por hacerla entre ustedes, señores importantes; dejen de imponernos sus rencillas personales. ¿Es mucho pedir? O se bajan de la nube -algunos empresarios ya están por la labor- o serán Mordisco, Márquez, Calarcá, Pitufo y similares, quienes agarren la sartén por el mango. Grandeza, señores importantes.

ETCÉTERA: Que el pequeño Alejandro empinándose a poner rosas sobre el féretro de su papá, en el funeral, sea símbolo que nos inspire a los colombianos a hacer lo propio sobre esta tierra enferma de odio.   

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