Mirando hacia adelante, 30 años parecen una eternidad. Mirando hacia atrás, mucho menos. En 1995, en Medellín nos disponíamos a inaugurar el Metro y aún faltaba mucho para los MetroCables y MetroPluses. Internet estaba en su más tierna infancia y no existían celulares inteligentes ni redes sociales. Y por las vías de la ciudad circulaban -en contraste con hoy- poquísimas motos y automóviles.
El Poblado todavía conservaba numerosas fincas y casas con antejardín donde hoy se levantan torres de treinta o más pisos. Si desde entonces pasamos del teléfono fijo a la IA, ¿qué nos podrían deparar las 3 décadas entre 2025 y 2055?
El primer cambio será el clima. Medellín será más caliente. Las montañas que hoy vemos verdes desde la ventana podrían lucir peladas y mustias. El aire, más denso. Y lo que hoy empieza a parecer un lujo -respirar sin ahogarse – podría volverse un privilegio. Todavía, al menos en teoría, tenemos la oportunidad de transformarnos en una ciudad que camina, pedalea y usa transporte eléctrico de verdad. Pero… ¿y si no lo hacemos?
La segunda transformación será la geografía urbana. Medellín ya no terminará en Sabaneta ni en Bello: se habrá tragado Barbosa, La Estrella y quizás parte del Oriente cercano. Una gran mancha urbana, desordenada y, ojalá que no, aún más desigual que hoy. Con burbujas de lujo encerradas tras rejas, rodeadas de cinturones de precariedad. Tenemos que mejorar nuestra planificación urbana y la generación de empleo para que no seamos una ciudad fragmentada, incapaz de mirarse como un todo.
La tercera es el espacio público y la movilidad. Hay una altísima probabilidad de que sean tantos los vehículos de todo tipo tratando de encontrar espacios, que Medellín será entonces un verdadero infierno vehicular. Trancón eterno por todas partes.
Esto podría suceder, salvo que construyamos vías elevadas y subterráneas y ampliemos de manera drástica el Metro, que está llamado a ser el gran salvavidas de la ciudad. Necesitamos 2-3 líneas nuevas (una de ellas pasando por El Poblado), con más tranvías y cables, además de un tren ligero para verdadera integración con el Oriente cercano.
Por último, la tecnología. Cámaras, drones, algoritmos y vehículos sin conductor nos seguirán como sombras. Medellín podría volverse una smart city, pero tanta inteligencia no garantiza sabiduría. Podemos terminar con sistemas sofisticados para multar al que no pagó el parquímetro, mientras seguimos sin resolver lo esencial: cómo vivir juntos sin destruirnos.
Lo más delicado, sin embargo, no está en los planos ni en las cifras. Está en el alma de la ciudad. ¿Seguirá Medellín siendo resiliente, capaz de reinventarse frente a la adversidad? ¿O caeremos en la indiferencia, anestesiados por el relativo confort de unos pocos, mientras la mayoría sobrevive en el rebusque?
En 30 años, ya no estaré escribiendo Francamente. Sin embargo, sí estarán nuestros hijos y nietos viviendo en la Medellín del futuro. ¿La estamos construyendo con convicción, o la estamos dejando al azar, por no pensar más en grande y conformarnos con invertir poco?
¿Qué mensaje les dejaremos… que sí lo soñamos, que sí lo intentamos, pero que, finalmente, ¿no supimos cómo o no tuvimos con qué?