La Semana Santa ha sido, histórica y culturalmente, un tiempo de recogimiento. En lo personal, se ha convertido también en un momento para sumergirme en la música sacra. No por tradición religiosa, sino por lo que produce: una pausa, una escucha distinta, una forma de atención que rara vez practico en la vida cotidiana. Por ello, haré una pausa en el hilo que venía desarrollando en estas columnas para proponer —y atreverme a recomendar— algo distinto en esta semana de Pascua: una invitación a escuchar… a escuchar en silencio y a dejarse habitar por la música.
Hace pocos días asistí al Réquiem de Mozart, que conmemoró los 270 años del compositor, interpretado por la Orquesta Sinfónica EAFIT e Iberacademy, junto a los coros Iuventus (Sirenaica), Estudio Polifónico de Medellín y Voces Oscuras de Medellín. Fue un concierto intenso, de esos que siguen resonando en la mente después de su ejecución. Más allá de su contexto litúrgico, esta obra nos recuerda que la música sacra tiene la capacidad de interpelarnos en un nivel profundamente humano. Por ello, aprovecho este espacio para compartir algunas obras sacras que, sin importar la creencia, vale la pena reescuchar o descubrir. A continuación, mi selección en orden cronológico:
- Ordo virtutum: Hildegarda de Bingen.
- Magnus liber organi: Leónin.
- Pasión según San Mateo, BWV 244, y Pasión según San Juan, BWV 245: Johann Sebastian Bach.
- Stabat mater: Giovanni Battista Pergolesi.
- Gran Misa en do menor, K. 427, y Ave verum corpus, K. 618: Wolfgang Amadeus Mozart —y, por supuesto, el mencionado Réquiem—.
- Missa solemnis en re mayor, Op. 123: Ludwig van Beethoven.
- Grande messe des morts (Réquiem), Op. 5: Héctor Berlioz.
- Réquiem: Giuseppe Verdi.
- Stabat mater, Op. 58: Antonín Dvořák.
- Sinfonía n.º 2 en do menor, “Resurrección”: Gustav Mahler.
- Passio Domini Nostri Jesu Christi secundum Joannem: Arvo Pärt.
- Concierto para piano y orquesta, “Resurrección”: Krzysztof Penderecki.
No se trata de entender cada obra ni de seguir un texto litúrgico. Se trata, más bien, de dejarse atravesar por una música que, en distintos momentos de la historia, ha buscado nombrar lo inexplicable. Tal vez por eso sigue vigente: porque no pertenece exclusivamente a una religión, sino a una experiencia humana más amplia. En medio del ruido, estas —y muchísimas más obras— ofrecen algo cada vez más escaso: tiempo, silencio y profundidad. Quizás ahí radica su valor: no en lo que dicen, sino en lo que nos permiten escuchar.




