Un recorrido sobre ruedas

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No me había percatado con detenimiento de las dificultades que atraviesan las personas que tienen movilidad reducida o algún impedimento para caminar. Me limitaba a respetar los espacios de parqueo reservados para ellas o, cuando se presentaba la ocasión, a brindar una mano de ayuda.

Recientemente, a raíz de que ahora mi mamá debe desplazarse en silla de ruedas cuando se trata de una salida que implique caminar largas distancias, he sido más consciente de las peripecias que tienen que sortear en el día a día.

Comencemos por los espacios para parqueo: si bien en la mayoría de los sitios públicos y de comercio hay habilitadas celdas especiales, más amplias y debidamente demarcadas, no siempre son suficientes. Aún hay personas que, con el pretexto de “no me demoro nada” o “solo voy a comprar una cosita”, se parquean en ellas, sin pensar que, justo en ese momento, puede llegar alguien que verdaderamente necesite ese espacio. Confieso que me he vuelto muy inquisitiva cuando veo a alguien dejando su vehículo en estos sitios especiales, y no disimulo mi inspección para establecer si la persona que conduce o sus acompañantes, en realidad, requieren utilizarlo. Si no es el caso, muy claramente señalo que es una celda de parqueo preferencial.

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Logrado el espacio, comienza el ejercicio para subir las rampas de acceso. Creo que son pocos los ingenieros o arquitectos, diseñadores y constructores de la mayoría de las rampas en centros comerciales, consultorios y otros sitios, que han conducido alguna vez a una persona en silla de ruedas. El empalme del piso plano con la rampa no es para nada suave, haciendo que la persona que va en la silla sienta que se ha topado con un obstáculo y que saldrá disparada hacia el frente, por lo que hay que inclinar la silla sobre las llantas traseras, al mejor estilo de los Monster Trucks (esos carros de llantas gigantes que tanto gustan a los niños), para comenzar el ascenso, el cual divinamente puede sentirse en ocasiones como un premio de montaña de segunda (o primera) categoría.

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Superada la rampa, viene la búsqueda de un espacio en el ascensor: aunque hay que reconocer que la mayoría de las personas son ahora muy solidarias, detienen la puerta y ceden el paso, todavía hay otras que, en su afán, pasan por encima “sin darse cuenta”.

En materia de transporte público la cosa no pinta más fácil. Aún faltan buses que permitan el acceso de una persona en silla de ruedas, bajando una plataforma para que ella pueda subirse, tal como ocurre en otros países. El Metro de Medellín está trabajando en la mejora para la accesibilidad al sistema, instalando más de 27 ascensores en por lo menos diez estaciones, así como habilitando pasillos de ingreso. Se espera que estas obras estén terminadas para el primer semestre de 2026.

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En lo que tiene que ver con la accesibilidad a eventos culturales y deportivos, la situación es variada. De mis épocas de asistencia al Atanasio, recuerdo que las personas con movilidad reducida podían ubicarse a un lado de la pista atlética y en ocasiones eran unas privilegiadas, pues podían celebrar el gol abrazando al jugador del equipo de sus amores. Esta prelación se conserva hoy en día para los aficionados del Nacional y del Medellín.

En cuanto a teatros y salas de cine, si bien la mayoría de ellas cuentan con espacios accesibles, la ubicación no es la mejor: usualmente en primera fila, en el extremo o en la última fila. Desde el punto de vista de infraestructura, es lo más fácil y práctico, pero desafortunadamente se sacrifica la calidad del show para quienes allí se ubican.

Podría continuar con el listado, listado que, de nuevo reconozco, comencé a elaborar cuando me tocó vivirlo, pues es solo en ese momento que nos cambia el chip, de tal manera que cada vez que uno acude a un sitio, lo primero que observa es el tema de accesibilidad.

Afortunadamente, no todo es negativo. Definitivamente, somos cada día una sociedad más solidaria: la prelación en las filas de supermercados y entidades públicas, el ofrecimiento de las personas para ayudar a montar la silla al carro, la sonrisa al ceder el paso son muestras de que vamos avanzando.

Mientras tanto, seguiré tratando de convencer a mi mamá para que uno de estos días me deje parar sobre los tubos traseros de la silla y bajemos por una rampa mientras ella levanta las manos, como lo hacen en las películas, aunque algo sabrán los productores, cuando recomiendan que “no debe intentarse en casa”. 

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