Trabajadores de la salud, en la UCI

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“Prometo solemnemente consagrar mi vida al servicio de la humanidad y llevar como único propósito el bien y la salud a los enfermos”. Esta fue la base del juramento que Hipócrates hizo prometer a sus discípulos; y en pleno Siglo XXI, sigue vigente.

Tal vez era necesario que ocurrieran cosas tan trágicas y tan extrañas, como lo que hoy está viviendo el mundo con la pandemia del COVID-19, para entender que como humanidad son muchas las cosas que no estamos haciendo bien. 

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De un lado, esta pandemia nos visibilizó claramente las desigualdades existentes y las brechas de inequidad que nos afectan a todos. Por otra parte, nos ha cuestionado el papel que cumple cada persona en la sociedad y el respeto que cada uno, desde su lugar de actuación, se merece. Ante todo, nos ha demostrado que la salud de cada ser humano es un compromiso individual, colectivo y un derecho fundamental e inalienable. 

Hemos entendido que médicos, enfermeras, auxiliares, asistentes, instrumentistas, investigadores, entre muchas otras personas, que hacen parte del sistema de salud, son quienes están en la primera línea de riesgo, exponiendo sus vidas y las de sus seres queridos. 

Al igual, son ellos y ellas, quienes están presenciando la tragedia de miles de familias y el drama de cada individuo, que da su batalla contra este enemigo invisible.

Las largas jornadas no solo producen el cansancio físico sino emocional, al ver que pese a todo lo hecho son muchas las vidas que se han perdido, e incluso que muchos de sus colegas y compañeros no pudieron evitar su propia muerte.

El drama de cada día 

De acuerdo con informes recientes, de mediados de enero de 2021, en Colombia se han registrado 34.673 casos de COVID-19 en el personal de salud, de los cuales 33.569 se han recuperado y 85 personas han fallecido. 

A esto se suman los problemas de salud mental y emocional que padecen. Datos de la Asociación Colombiana de Psiquiatría en Colombia señalan que el 70 por ciento de esta población tiene síntomas de depresión, ansiedad, estrés y trastornos del sueño. Un tema que en estos momentos no se ha investigado, pero que el registro debe ser mayor, por causa de la complejidad de esta atípica situación.  

No siendo poco, las condiciones laborales en las que trabajan, son en muchos casos indignas y nada coherentes con la labor de salvar vidas. Ademas, han sido víctimas, en varias oportunidades, de agresiones, maltrato y discriminación. Casos que se han registrado recientemente tanto en Medellín, como en otras ciudades del país.

Se suma la falta de personal y los contratos tercerizados que constituyen el 71.37 % de los puestos de trabajo en el sector, y los servidores que están vinculados a las plantas de personal de las entidades del sector de la salud pública sólo constituyen el 28.63 %, según informes del Procurador General, Fernando Carrillo, a inicios de este año.

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Por esta y otras razones, urge cumplir con la normativa constitucional que garantiza el derecho al trabajo del personal de la salud en condiciones dignas y decentes. No es posible que a las manos de quienes nos salvan la vida, no lleguen los salarios justos por su encomiable e imprescindible labor en favor de la humanidad. 

El sistema de salud del país no puede considerar esta labor como una mera mercancía, que le garantiza ganancias a unos pocos. 

Tanto los pacientes tienen derecho a una atención de la más alta calidad, como quienes atienden la enfermedad tienen el derecho a recibir la mejor retribución económica, en las mejores condiciones y con los mejores instrumentos.

Así como fue posible dotar las clínicas y los hospitales de Unidades de Cuidados Intensivos (UCI), respiradores y demás equipos, en tiempo récord, para atender la pandemia, es necesario revisar cuál será la mejor forma de retribuir de manera coherente la labor de médicos, enfermeras y en general de todo el personal de la salud. 

Ese tiene que ser el reto y la meta del Sistema de Salud en Colombia. 

Por: Luis Bernardo Vélez Montoya
Concejal de Medellín

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