Columnistas

Ciudad sin frenos


Ciudad sin frenos

De la edición impresa (Edición 322)

{mosimage}Con la posible excepción de la salida hacia Puerto Berrío, cualquier entrada o salida del Valle de Aburrá implica una buena dosis de subidas o bajadas. No es mucho lo que podemos avanzar sin vernos en empinadas pendientes. Y ni se diga dentro de la misma ciudad. Claro, al haberse terminado totalmente la tierra plana disponible, cada vez un porcentaje mayor de la población -de todos los estratos- vive en zonas de altas pendientes.

Motos en estampida


Motos en estampida

De la edición impresa (Edición 321)

No niego que esta columna se esté concentrando demasiado en el tema del tránsito en Medellín. Pero es que son tantos los puntos a mejorar, tanto lo que puede hacerse -y tan poco lo que se hace bien- que con salir solo un rato a la calle los temas fácilmente van apareciendo. ¿Qué tal, por ejemplo, el fascinante y creciente mundo de las motos?

La ascensorista

La ascensorista

De la edición impresa (Edición 320)

Nacido hace más de cien años y maestro indiscutible de la mordaz crónica de la vida cotidiana, el argentino Roberto Arlt alguna vez se maravilló ante la singularidad de ciertos oficios, entre los que se le hacía casi inverosímil el de un pobre diablo porteño que, en medio de un taller mugroso, se dedicaba a reparar muñecas. Pero no hay que ir hasta las extremidades sureñas para encontrar una ocupación igualmente pintoresca -una para la que no haya, y ni siquiera en el generoso mayo, un día conmemorativo-, fácilmente verificable, también, en nuestra tórrida Medellín. Me refiero, por ejemplo, al oficio de ascensorista.


Marido y marido


Marido y marido

De la edición impresa (Edición 319)

Ante la pregunta de si podía establecerse el matrimonio homosexual en Colombia, el Presidente respondió “No”, monosilábica y tajantemente, como reacciona cuando no tiene ninguna idea brillante a propósito de lo que se le indaga y cuando, además, no desea usar su fórmula habitual de “Mire, de eso es mejor no hablar”. Sin embargo, no solo el evasivo mandatario se apocó ante la cuestión, pues también los mostachos de la oposición balbucieron, sin mucho convencimiento, la respuesta de que “Nuestra sociedad todavía no está preparada para una situación como ésa”. Sospecho que semejantes respuestas se perpetuarán en el tiempo, pues en nuestra república conservadora aún no se entiende que el aplazamiento de las soluciones no es otra cosa que falta de vigor, que es lo que sucede con muchos de los que no quieren casarse, tener hijos o comprar casa sino “hasta que la situación esté mejor”. Pues nunca va a estar, y quien quiso trucha arrojó la carnada al lago.

Más candidatos al Oso de Lata


Más candidatos al Oso de Lata

De la edición impresa (Edición 319)

Es conocido el premio Oso de Plata del Festival de Cine de Berlín que ya ganó el año anterior nuestra talentosa Catalina con su María llena eres de gracia. Para no quedarnos atrás, en una columna anterior proponíamos establecer el concurso el Oso de Lata para premiar con el escarnio público a los diseñadores o constructores de aquella obra en El Poblado que constituyera el mayor “oso” para nuestra ingeniería por su chambonería, inutilidad y/o costo desproporcionado.

Gracias por el hardware, Fajardo… y ¿qué pasa con el software?


Gracias por el hardware, Fajardo… y ¿qué pasa con el software?

De la edición impresa (Edición 318)

Vemos interesantes obras viales en El Poblado y en otras zonas de Medellín. Poco a poco los proyectos se vuelven realidad, cada uno resolviendo algún problema local: Doble calzada por allí, “broche” por allá, semáforos en tal cruce, etcétera. Y hay más proyectos en camino, que ojalá reduzcan el vergonzoso atraso de infraestructura que padece El Poblado.

El jurado


El jurado

De la edición impresa (Edición 317)

Hace poco desempeñé por primera vez en mi vida el particular oficio de jurado de votación, y bajo la convicción de que ese trabajo poco se acerca a las atribuciones de un jurado tal y como lo define la Real Academia Española, pues, mientras las sagradas escrituras del lenguaje hablan de determinar culpabilidades, examinar méritos o deliberar en asuntos de diversa índole, la pomposa Registraduría solo quiere que sus árbitros desdoblen papeles y hagan rayitas en un formulario, y todo bajo la más rotunda desconfianza, pues ella misma, días después, recontará los votos en el refrigerado secreto de sus oficinas capitalinas.

Empezando por la prioridad número 42

Empezando por la prioridad número 42

De la edición impresa (Edición 316)

Listo. Ya pasó un año y ya nos acostumbramos. Aprendimos a punta de amenazas y multas y encendemos las luces siempre que salimos a carretera, a cualquier hora del día. ¡Bravo!


Convidados de piedra


Convidados de piedra

De la edición impresa (Edición 316)

La mayoría de las veces, las funciones callejeras que nuestros artistas del hambre ejecutan para sobrevivir conmueven más por ciertos rasgos marginales que por los méritos puestos a prueba en ellas, y difícilmente podrá negar esto quien, aturdido por los sonidos desgañitados con que algún niño trataba de articular un vallenato, dio la moneda en solidaridad con la camisita raída del cantante improvisado. ¡Cuántas veces una guitarra destemplada y con remiendos, un uniforme de payaso con quemaduras de plancha o un rostro bonachón mal afeitado evitaron que la estrella callejera tuviera que bajarse del bus o del andén con los bolsillos vacíos!

Un pecado nada original

Un pecado nada original

De la edición impresa (Edición 315)

El que estudia antropología acaba, casi siempre, albergando recelos frente a los misterios bíblicos o, por lo menos, frente a sus predicadores (aunque es paradójico que más tarde terminen arrodillados ante brujos amazónicos). Cuando los evangélicos iban a mi casa y yo les decía que estudiaba la ciencia del hombre, cerraban sus Biblias y, sin mediar explicaciones -ellos, los campeones de la tozudez-, se marchaban con la cabeza gacha. Sin embargo, así como descree de la existencia de las sustancias divinas, el científico social no tiene dudas sobre la importancia pública de los ritos, y por eso -aunque un tanto sudoroso- termina bautizando sus hijos para evitarles, años después, el ridículo de recibir la crisma al lado de una veintena de recién nacidos (porque ya quedó probado el fracaso de aquella práctica “hippie” de dejar a los hijos la libre elección de acoger tal o cual rito).

Contra toda evidencia, pero certificados

Contra toda evidencia, pero certificados

De la edición impresa (Edición 315)

Imagino que voy manejando muy borracho por plena Avenida El Poblado y que todos me ven cometiendo una imprudencia tras otra. Imagino que finalmente me detiene un guarda de tránsito que se acerca y me dice que está prohibido conducir embriagado. Yo, sabiendo el estado en que me encuentro, no me preocupo y le entrego un flamante certificado, vigente, legal y expedido por autoridad competente, que “certifica” que no estoy ebrio ni lo estaré hasta determinada fecha. El guarda me permite seguir mi incierto camino no sin antes pedir excusas, y partiendo en veloz y zigzagueante arranque alcanzo a escucharle “…hubiera jurado que ese señor venía borracho…”


¡Tan malo, que hasta una acera se le cae!

¡Tan malo, que hasta una acera se le cae!

De la edición impresa (Edición 314)

Hace unos 20 años tuve la fortuna de trabajar en EPM como auxiliar de interventoría en subestaciones de energía. Yo, pichón de inge-niero civil, admiraba la manera tan estricta y profesional con que construíamos –o mejor, hacíamos construir- cárcamos, por ejemplo. Los cárcamos son canales subterráneos dentro de las subestaciones para conducir cables entre una estructura y otra. Todos bien hechos, bonitos, todos ciñéndose con exactitud a las numerosas normas entonces vigentes. Cualquier imperfección menor, aún en lo meramente estético, era motivo para no recibir la obra al contratista. Y si la tenía que demoler y hacer de nuevo, ¡muy merecido! Justo castigo por no haber ejecutado bien la obra desde el principio.


¿Nacho lee?


¿Nacho lee?

De la edición impresa (edición 314)

Posiblemente sea febrero el único mes del año en que todas las pelambres se alegran de estar en las aulas y de hacer sus tareas, desde los niños de preescolar que no veían la hora de volver a asolearse en las piscinas de pelotas hasta los universitarios que, ahora sí, van a tomar la cosa en serio y a mostrarle al mundo entero que en sus cabezas hay ricos filones de sabiduría. Sin embargo, algo hay en medio de semejante alegría que delata la impostura -o, más bien, la fugacidad- de semejante disposición: y es el ingenuo entusiasmo con que, creyendo que ahora serán leídas y disfrutadas, se exhiben en las vitrinas de los almacenes las obras clásicas de la literatura colombiana. Posiblemente uno llegue a creer que un muchacho de quince años, flamante dentro de su nuevo uniforme, quiera empezar bien sus estudios de álgebra para no verse penando a fin de año (a propósito: ¿existen aún asignaturas con números o ya fueron reemplazadas por rosados cursos de crecimiento personal?), pero ya es demasiado imaginarse que ese mismo bergante se dedique con interés a la lectura de María.

Máximo favorito para el Gran Oso de Lata

Máximo favorito para el Gran Oso de Lata

La Dirección del (algún día) prestigioso concurso El Oso de Lata se complace en anunciar a la ciudadanía pobladense que entregará en fecha próxima -aún por definir- su más codiciado galardón, el Gran Oso de Lata - categoría “Peor Imposible”, a una destacada y perdurable obra de ingeniería ubicada en El Poblado.


Crecimiento y desarrollo


Crecimiento y desarrollo

De la edición impresa (Edición 313)

Hay cosas que, vistas tal como ocurren en la realidad, poco tienen que ver con lo que uno imaginaba de ellas al oírlas enunciar. Eso es justamente lo que se descubre cuando, con un infante, se asiste a una cita de “crecimiento y desarrollo”: pareciera, con solo escuchar esa sobria y justa descripción del tipo de control médico en cuestión, que un pediatra diestro y pragmático va a coger al infante por los pies y lo va a pesar en una báscula, para después someterlo a todo tipo de estímulos entre los que, quizá, se incluye un martillito de goma que habrá de golpear las rodillas tiernas. Pero las cosas no son exactamente así: en lo que parece la antesala de una piñata, decenas de madres con sus bebés están sentadas en redondel -a uno le parece que, en cuestión de segundos, alguna de ellas será llamada para ponerle la cola al burro-, y hasta ocurre que un par de bombas han sido colgadas de una pared para ambientar la escena. Mientras tanto, tres mujeres sonrientes y con batas blancas tratan de llamar la atención de los asistentes a pesar de que la tarea entrañe una especial dificultad, pues risas, gritos, chisporroteos de babas, voces adultas deformadas hasta parecer japonesas, aplausos y cascabeles se superponen en un solo segundo.

Enero


Enero

De la edición impresa (Edición 312)

Por más que se diga que tiene 31 días, enero es el mes más corto del año: nadie se siente habitándolo hasta que no caiga oficialmente el telón de la fiesta decembrina, y ella se extiende hasta un lunes festivo que la sacrosanta Ley Emiliani a veces arroja demasiado lejos; igualmente, tanto foco encendido y tanto santo gigante a la vera del río poco ayudan en esa preparación que el espíritu necesita para convencerse de que ha de empezar a rodar de nuevo. Además, el agüero de las cabañuelas tiene como uno de sus corolarios el de que el mes propiamente dicho solo pueda empezar desde el día 13 (cifra poco halagüeña, en verdad). Pero lo más diciente es, en sí mismo, inexplicable: la extrañeza de verse escribiendo una carta o llenando un formulario con la palabra “enero”… ¿acaso no era un mes para estarse tumbado al lado de una piscina? Sin embargo, como esas jornadas en que se tiene verdadera conciencia de que otra vez se está trabajando comienzan apenas el décimo o vigésimo día del mes, la ilusión dura poco, y pronto se está en ese mes sensato, sobrio y gigantesco de 28 días sin festivos que es febrero.

Controlen su diarrea, admirables señores


Controlen su diarrea, admirables señores

De la edición impresa (Edición 312)

La una figura entre las 3 empresas más grandes del mundo en su sector, tiene presencia en más de 50 países, sus ventas son gigantescas y su rentabilidad magnífica. La otra es una industria local formidable, posee claro liderazgo nacional y hace poco sorprendió con la compra de importantes empresas en su ramo, tanto en el país como en el exterior. Y su sede principal está en El Poblado.

El tránsito: el más fiel reflejo de la incultura ciudadana

El tránsito: el más fiel reflejo de la (in)cultura ciudadana De la edición impresa (Edición 310)Del actual Alcalde de Medellín no esperaba milagros en...

Huevos rojos


Huevos rojos

De la edición impresa (Edición 310)

Hace mucho tiempo viví cerca de dos centroamericanos que habían venido a Medellín a adelantar estudios en ciencias de las maderas. Un día, hablando con ellos sobre el cotidiano comer en esta ciudad, me preguntaron acerca de un producto de cocina que les había llamado poderosamente la atención: lo describieron como unos “huevos rojos” que se vendían en todos los rincones de la ciudad, e incluso sobre la propia calle en pequeñas cocinas rodantes. “¿Huevos rojos? Ni idea, no sé qué será...” “Sí, y por dentro vienen bien blanquitos, ¿no?, y son como esponj...” “¡Ah! ¡Los buñuelos!” “De veras, así nos dijo la señora que se llamaban”. Eso era, los buñuelos, y por tanto interés y expectativa puestos en la pregunta de ese par de latinoamericanos entendí que con esas bolas de masa se jugaba gran parte de nuestra identidad; esa identidad que convencionalmente ligamos a una bandeja paisa que más parece producto exclusivo de restaurantes que fabricación espontánea de las cocinas de barrio.

Navidad andina


Navidad andina

De la edición impresa (Edición 309)

En medio del lluvioso noviembre, nuestros conciudadanos más fiesteros hacen todo tipo de comentarios, promesas y especulaciones a propósito del fin del invierno, pues la huida de las aguas significa, sobre todo, el arribo de los días decembrinos, plenos de luces, estallidos -algunos de ellos nefastos, por cierto-, porcinos inmolados, indigestión y bolsillos desangrados. Claro que aquellos que odian esas celebraciones también cuentan los días que dilatan su arribo, y supongo que por aquello de la guerra que, por avisada, no mató al soldado. Pero ya sea para salir radiante a las calles o para amargarse encerrado en casa -lo que no deja de ser paradójico- prevalece el deseo común de presenciar el arribo del verano: “¡Qué pereza un diciembre mojao!”, es lo que por estos días se oye aquí y allá, y cuando las lluvias se van, el 8 de diciembre -porque, el día anterior, ¿a quién no se le han mojado las velas?-, los sentimientos ya pueden expresarse en seco.

Admisión


Admisión

De la edición impresa (Edición 308)

No hace mucho -y como siempre ocurre por esta época- la clientela dominical de las parroquias se vio engrosada por un público no del todo convencional: jóvenes cercanos a los 18 años que, a pesar de su decidida apariencia de paganos, repetían las oraciones con toda unción, y que luego, después de tomar solemnemente la comunión, reflexionaban en sus puestos como si fueran cartujos filósofos dispuestos a componer el mundo con su sola devoción mental. Pero se trata de una realidad fácilmente explicable: toda aquella seráfica juventud poco o nada tenía que ver con esos ejércitos de adolescentes enloquecidos con el venerable y difunto Juan Pablo II, sino que allí estaban los asustadizos bachilleres que se disponían a marchar, al otro día, al patíbulo de un examen de admisión universitario.

Casa tomada


Casa tomada

De la edición impresa (Edición 307)

Entrevistado ante las cámaras de algún noticiero, dijo un muchacho cuya casa había sido arrastrada por un alud de piedras: “Al principio oímos un ruidito y pensamos que era la rata”. Nótese que el damnificado no habló de “una” rata cualquiera y anónima, sino que, usando con nitidez y confianza el artículo “la”, le dio al roedor el estatus de cosa -casi persona- familiar y conocida. Pero realmente eso es lo que pasa en todas nuestras casas: a un lado de si se trata o no del más pulcro hogar, esas reinas de la alcantarilla terminan colándose a nuestros aposentos de vez en cuando, y poco después de su primera aparición -a la inesperada velocidad del rayo, por el patio o la cocina- la invasora de turno ya merece de la espantada y asqueada familia el tratamiento más natural: “¿Qiubo de la rata? ¿La han vuelto a ver?”

Gente de 4 en conducta


Gente de 4 en conducta

De la edición impresa (Edición 306)

En algún año desastroso de mi vida (aquel en que el DIM perdió el título por sólo un milímetro) me vi con una mano enyesada y traspasada por un alfiler gigantesco, y con una espinilla hecha una miseria, abierta en una herida cuyo recuerdo me será perenne, e hinchada hasta el extremo de obligarme a ir con pantaloneta a la universidad. Pues bien, buscando cumplir con los deberes que allí se me asignaron, fui con mi cruz a la Biblioteca Piloto y, allí, un funcionario criado bajo sabe Dios qué extraños preceptos morales estuvo a punto de echarme a patadas, pues a juicio suyo yo había cometido el horrible delito de estar en un templo de libros con las piernas al desnudo. Al final, quizá porque una mancha café pugnaba por salir desde dentro de la gasa, aquel Cancerbero, ceñudo, dio media vuelta sin insistir más, dejándome a mí la tarea de entender que podía quedarme y a él la refrescante convicción de saberse un hombre magnánimo.

Un pobre profesor


Un pobre profesor

De la edición impresa (Edición 303)

El otro día, al llegar a mi oficina, encontré sobre mi escritorio el corajudo anónimo de un lector de esta columna; uno que, según se ve, vivió todo un vía crucis de indignación con aquellos comentarios a propósito de la peregrina actividad cultural que actualmente se lleva a cabo en el Cementerio San Pedro (títeres, noches de poesía celta y otros espectáculos que tienen más de esnobismo que de necesidad). Los lectores recordarán y sobre todo mi diligente corresponsal lo que en aquella ocasión alegué sobre todo eso, que bien podríamos resumir ahora en uno de los títulos del humorista criollo Daniel Samper Pizano: “¡Llévate esos payasos!”.

Crónica Única Tributaria


Crónica Única Tributaria

De la edición impresa (Edición 302)

A partir de una experiencia personal, el columnista Juan Carlos Orrego explora el mundo que se crea alrededor de los trámites que tenemos que hacer los ciudadanos colombianos. Hay un foro en Los Foros Interactivos en el que usted puede contar sus historias y también sugerir la eliminación de algunos de ellos.

Una herejía de leche tibia


Una herejía de leche tibia

De la edición impresa (Edición 301)

“En el pozo de sondeo número dos, entre una áspera muestra de suelo rocoso, se encontró un objeto fabricado en plástico duro, de forma cilíndrica, con una boca ancha a la que iba adosado lo que parece un adminículo para succionar, hecho en goma y con la forma del pezón humano cuando éste se dilata durante la lactancia del neonato, aunque quizá más alargado de lo habitual”. Más o menos así rezaría la noticia arqueológica a través de la cual las generaciones venideras tendrían conocimiento del tetero, ese contenedor de leche tibia que tan entrañable parece hoy pero que, según se colige de la opinión de muchos, podría tener sus días contados.

La mesa está servida (y III)


La mesa está servida (y III)

De la edición impresa (Edición 300)

El buffet es un vocablo francés con dos significados: para denominar un aparador o mueble acompañante del comedor y que en nuestras casas se ha utilizado siempre para guardar las vajillas y la mantelería. Pero además era el nombre que se les daba a los bares en las estaciones del tren en donde los viajeros podían elegir entre varios platos, lo cual quiere decir que su origen era informal y práctico. En verdad que lo es. Y eso no nos quita su calidad y agradable presentación.

Lluvia de sobres


Orrego opina sobre la lluvia de sobres

De la edición impresa (Edición 300)

En una columna salpicada con apuntes de humor, Juan Carlos Orrego, columnista de Vivir en El Poblado, habla de esta modalidad de obsequio que muchos novios, quinceañeras y hasta quienes celebran su primera comunión están sugiriendo cada vez más en las tarjetas de invitación. No sólo hay anotaciones graciosas, sino que también hay una postura personal del autor sobre el significado de los regalos y de las celebraciones familiares.

La mesa está servida (II)

La mesa está servida (II)

De la edición impresa (edición 299)

“…Mientras los seres humanos requieren trascender los límites de su cuerpo para comunicarse, las mesas continuarán siendo una forma mágica y poderosa de darse a conocer”. Así lo define la escritora y decoradora porteña Gloria César, en su libro Mesas de Buenos Aires, al hablar de la necesidad de una buena ambientación.


La mesa está servida (1)


Recuerde que ‘‘consideración’’ más ‘‘cortesía’’ es igual a ‘‘etiqueta’’.

La mesa está servida (1)

De la edición impresa (Edición 298)

Bien se dice que “la comida entra por los ojos”. La mesa cotidiana, bien dispuesta y sin necesidad de grandes lujos, engalana hasta el más sencillo de los menús.

Es en la mesa en donde probablemente se revela nuestro cociente social y donde mejor se puede producir en los demás ese impacto positivo que hace la diferencia.

Para momentos más formales lo ideal es ofrecer una entrada y un buen plato fuerte, acompañados simplemente de una copa de agua y otra de vino.

Para sentirse bien en una reunión se necesita de un mínimo de comodidad que permita un espacio para poner platos y copas, sin tener que ser precisamente a la mesa: hay superficies planas o mesas individuales o platos base que sirven para esas ocasiones. Esto es en el caso de un buffet, una comida informal donde se lleve el plato servido o una raclette y también la fondue.

Desde las mesas muy informales hasta las más formales, siempre se recurre a un sencillo concepto: los cubiertos y las copas se utilizan de afuera hacia adentro.

Cada anfitriona tiene su propio concepto y su sistema con respecto a la ubicación de los invitados, la mayoría lo hace alternando hombres y mujeres. Jacqueline Onassis se preocupaba más por la compatibilidad de carácter. Gloria Vanderbilt, la experta en etiqueta, prestaba especial atención a las edades y cargos de importancia. La actriz francesa Jeanne Moreau prefería combinar personas con intereses diferentes, así todo el mundo aprende algo nuevo.

Vajillas, cristalería, cubertería y manteles cortesía de Beatriz Restrepo, teléfono 314 1647.


Manual de civismo y obstetricia


Manual de civismo y obstetricia

De la edición impresa (Edición 298)

A causa de cierto paternalismo hacia la mujer que hace tiempo está de moda, se vienen repitiendo en los estadios las pésimas actuaciones arbitrales de Adriana Lucía Correa sin que nadie parezca tomar nota de sus yerros. No hace falta ser muy malicioso para sospechar que esa negligencia tiene que ver con el género: se la trata con especialidad por tratarse de una dama, sin importar que, con ello, se patrocine la mediocridad. Muchos no ven en Adriana un árbitro común y corriente -lo que sería de elemental justicia- sino algo así como una simpática mascota cuya única gracia es correr de aquí para allá con pantalones cortos. Pregunto yo: ¿A eso se llama una justa valoración de lo que puede hacer una mujer?

Esa primera impresión


Esa primera impresión

De la edición impresa (Edición 297)

La primera demostración de relación humana pudo haber sido el mirarse a los ojos y estrechar las manos. Lo que hoy es costumbre y educación fue seguramente el origen de la cortesía para los saludos y las despedidas en simple son de paz y amistad. Ese es el fin que se debe perseguir cuando uno mismo se presenta o tiene la oportunidad de presentar a otros. De la manera fácil y clara que se utilice puede surgir una conversación agradable, descubrir intereses y afinidades. De allí la actitud que siga revela su roce social, su estilo y la etiqueta de hoy. Y aunque cualquier tipo de presentación o despedida es, en realidad, una rutina en extremo sencilla que cuando se complica puede convertirse en situación embarazosa. Será por eso, tal vez, que a mucha gente le da pereza saludar. En todo momento la naturalidad y la espontaneidad son los elementos que deben imperar. Solo en situaciones de estricto protocolo, se siguen las normas más formales. Los árabes al señalarse el corazón, los labios y la frente, indican con sus gestos que sus sentimientos, sus palabras y pensamientos van hacia la persona que saludan. Los indios levantan una mano. Los occidentales nos las estrechamos, tanto hombres como mujeres y, los orientales, las unen con una ligera reverencia.

Manuscrito hallado en un cajón


Manuscrito hallado en un cajón

De la edición impresa (Edición 297)

En este oficio de emitir opiniones es forzoso hacer de abogado de todos los diablos o dioses, pues, si se abandona uno a sus convicciones férreas, poco habrá para decir: no sé si Dios existe, los hombres son estúpidos y la única ciencia verdadera es pasar el rato. Cuando se trata de pensar sobre el papel, lo que uno escribe sobre las cosas depende de poco más que la humedad del ambiente, y después de varias decenas de columnas es imposible recordar qué se ha dicho de tanto asunto suelto, de modo que ser inexpugnablemente coherente resulta ser empresa solo para elegidos. Vaya un ejemplo de la opinión “variable y ondeante”.

Con dignidad y ufanía (Banderas)


Con dignidad y ufanía (Banderas)

De la edición impresa (Edición 296)

La historia de la bandera va íntimamente unida con las insignias o signos convencionales, usados por los hombres para distinguirse en sus eternas luchas. Su origen nace con él, diríase que desde siempre. Iban acompañadas de símbolos como la ballena para los asirios, la paloma de los babilonios, la letra Tau que usaron los hebreos, el gallo que era nada menos el emblema de los galos y con el águila se distinguió la República Romana. La historia cuenta que Constantino llevó un estandarte de tela preciosa, en la cual estaba bordado el monograma de Cristo. Y mucho antes los egipcios usaron figuras de animales, como el buey Apis y que atenienses y troyanos se distinguían con las propias en el sitio de Troya. Esto me hace pensar que hasta el mismo Noé ondeó un trozo de tela en su Arca. Entonces, no cabe duda de que desde siempre, naciones y personajes han utilizado las banderas y los símbolos para representar su propia identidad. Hoy en día todos los países tienen los suyos y son reflejo de su historia, son “…lazos que nadie nunca desatar podría”, como decía el gran Caro.

Humano, demasiado humano


Humano, demasiado humano

De la edición impresa (Edición 296)

En mi conciencia está claro que he hecho lo posible por no hacer de esta columna un espacio de comentarios futbolísticos o algo por el estilo, pero no es culpa mía que en los últimos meses se hayan producido tantas y tan singulares noticias relacionadas con la pelota pecosa: un atentado contra el entrenador campeón de América, un título continental ganado por los jóvenes de nuestro terruño, la canonización popular de tres futbolistas metidos a náufragos (usted, estimado lector, sabrá que sobre todo esto nos hemos pronunciado) y, ahora, el asesinato de un desesperanzado hincha del Santa Fe a manos de sus propios compañeros de tribuna. Además, si desdeñara estos temas me vería obligado a echar mano, supongo, de asuntos tan grises como las contiendas del Congreso, las operetas del proceso de paz y quién sabe qué otras zarandajas de esas que tanto interesan a los ejecutivos pero que a mí, debo decirlo, me aburren tanto como el ballet.