A veces vivimos en una burbuja de consumo de bienestar desmedida, sobresaturada, casi ridícula. Lo digo, porque yo misma soy habitual usuaria y seguidora en redes sociales de tendencias, personalidades, métodos enfocados a mejorar la calidad de vida. Pero reconozco que a veces ese exceso de positivismo que dicta formas correctas e incorrectas de levantarse cada día y vivir la propia realidad, puede convertirse en positivismo tóxico.
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Se nos olvida que la vida fluctúa, que cada día somos distintos a pesar de estar viviendo la misma experiencia humana en el mismo cuerpo desde hace 40 o 60 años. Y hay días en los que se vale cansarse de TODO, cansarse de querer estar bien y no estarlo, cansarse de las frases y los lugares comunes de autoayuda. Y tal vez, rendirse ante el sentimiento que nos desborda.
Podría decir, que soy una de esas personas que trata de encontrarle el lado “bueno, positivo” a las situaciones, hasta a lo más doloroso y casi inentendible de la vida, que es su opuesto: la muerte.
Pero hace poco llegó un momento de hastío absoluto, y me reconocí en voz al alta que no estaba bien, y que se valía estar desbordada, cansada, agotada, incluso reconocer que necesitaba ayuda para transitar lo que la mente puede entender, pero está cansada de entender. Que necesitaba ayuda incluso para ir al médico y reconocer que duele no sentirse bien, que duele sentirse defectuosa, que a veces provoca no hacer nada, no hacer más. Se vale quererse quedar en la cama todo el día, se vale no tener fuerzas, se vale, se vale.
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También puedo decir que soy una persona sumamente afortunada, y cuento con una red de apoyo que me sostiene, y eso vale oro, vale esta vida y la otra (si es que la hay). Sea ésta también la oportunidad para decir que entre tantos se vale, también se vale reconocerse sostenida, amada, protegida y cuidada. Y eso, soy consciente no es una constante en la vida de muchas personas, y hace la diferencia completamente.
Se vale tener una médica humana, muy humana y amorosa que está pendiente de mi salud y reconoce que no soy los resultados clínicos en un papel o un escáner, sino que soy este ser humano de carne y hueso que también se agota emocionalmente.
Se vale tener un esposo presente, amoroso y comprometido que da la mano mientras el medicamento pasa por las venas, que abraza con ternura y dulzura y sabe que está bien no estar bien, y que el silencio acompaña, porque la mirada lo dice todo.
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Se vale tener amigas que no son las de todos los días, que intuyen que hay momentos donde el mayor regalo es la presencia y la conexión como regalo, y no piensan en el valor, sino en la valentía.
Se vale tener hermanos que llaman a dar vuelta, como lo hacía la mamá, y que se tragan sus dolores y sus afugias para estar para uno, simplemente estar.
Se vale salir al jardín y ver retoñar la rosa blanca que vino del más allá para recordarme que estoy sostenida, así me cueste sentirlo y creerlo.
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Sí, se vale querer mandar todo a la mierda, y después volver a creer en la vida, en el amor, dejarse atravesar por todo lo humano, rendirse incluso a uno mismo.





