San Cristóbal: historias entre tierra, cebolla y cemento (crónica de Luisa Fernanda Martínez)

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Un pasaje por inadvertidas historias rurales y urbanas que se tejen en las montañas de este corregimiento de Medellín que cada día se densifica y se transforma. Un llamado de sus habitantes a la protección de la vida campesina y a la necesidad de una urbanización digna

Don Sigifredo

“El jornal es maldito. Si se empieza a jornalear, así se muere”. Sentado en el patio de la casa, Sigifredo Acevedo deja que sus pensamientos se pierdan en la montaña. Desde su primer sueldo de un centavo, en los años 30, la vida era difícil y ahora, a sus 85 de edad sigue igual, aunque con servicio de luz y carreteras.En sus recuerdos están vivos los tiempos en que la gente arrimaba la bestia con la carga de mercado a una tienda, tomaba trago y tenía para comprar un pedazo de tierra. Esta proveía el alimento, las semillas, los abonos, los servicios, los trabajadores, el transporte… “pero ya no da”, asegura. “A veces, enfermo, me confundo; me anervio, me atasco, pero le pido a Dios y se desenvuelve el hilito, me saca de las malas a las buenas… Ahora pienso ¡qué voy a hacer con el mundo a esta edad, dónde lo descargo, dónde lo pongo!… La vejez es muy dura”.

A la orilla del Camino del Virrey, en la vereda Boquerón de San Cristóbal, está la finca de don Sigifredo. A ella se entra por un paraje conocido como “La Legumbrera”, donde antes tenía su tienda de verduras. Ahora, en uno de los ranchos del antiguo negocio, se guardan las canecas de leche que cada día, de madrugada y al atardecer, carga su hija Fabiola, de 46 años. Es domingo. Fabiola lava dos canecas. “Será que luego les limpio el jundillo”, dice sonriente, y se las alza al hombro para bajar a la finca. Lassie, su perrita, mueve la cola y la persigue. “Uno porque se acostumbra, pero a mí me toca muy duro”. Sin embargo, le parece peor irse de la casa. “Mi hermana se fue con el novio. Salió un domingo de Resurrección a buscar al Señor y no volvió… ¡Bruta, yo no dejaría la casa paterna por irme con un hombre!”.

Panorámica del Alto de Boquerón, en donde nace la quebrada La Iguaná. Fotografía tomada por Róbinson Henao en septiembre de 2015
Panorámica del Alto de Boquerón, en donde nace la quebrada La Iguaná. Fotografía tomada por Róbinson Henao en septiembre de 2015

Mientras camina señala sus cultivos: frijoles, papa criolla, cebolla junca, cilantro, espinaca, rábanos, coliflor, coles, maíz, perejil, cidra, uchuvas, moras, lulos, tomate de árbol, plantas aromáticas… De pronto se detiene. “Por aquí, una mula que cargaba unas remolachas soltó una patada y mató a mi hermanito de seis años”. Era 1977. Seis años después, su madre no soportó la pena y se fue tras él.

Sigifredo construyó su casa, y al frente, en el mismo terreno, una para los hijos. Como la mayoría de campesinos de San Cristóbal, vive de la agricultura y a pesar de la edad no para de trabajar. Se levanta al amanecer a picar tierra, desyerbar, abonar, hacer una era, recoger cilantro o cebollas hasta que la luz se esconde y ya no ve. “Él cree que uno no se cansa. Parece de apellido Mando”, bromea su hija Consuelo, mientras lava una trapeadora. Varios días a la semana, los dos sacan los cultivos hasta el camión que los recoge para su distribución en la Central Mayorista, en Itagüí, de donde van a las tiendas, supermercados y grandes almacenes de cadena de la ciudad.

Ensimismado en los recuerdos de los años que se le pasaron sin darse cuenta, el campesino muestra las manos y las uñas. “¡Ave María, vea cómo las tengo, pero no me las puedo arrancar!”. Tras la risa, su expresión se torna seria. “A veces, cuando estoy trabajando, pienso que con los años que tengo debería tener una protección considerable del Estado… lo que uno ha escarbado la tierrita gracias a Dios. Dios me dio la niñez, la juventud, la salud, pero ¿la vejez?, esa no le brega nadie”.

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Rancho Grande. Estadero donde se encuentran los viajeros, en la antigua Vía al Mar. Fotografía Róbinson Henao
Rancho Grande. Estadero donde se encuentran los viajeros, en la antigua Vía al Mar. Fotografía Róbinson Henao

San Cristóbal, pueblo de arrieros

A sus 91 años, Jesús María Álvarez Correa, a quien llaman Conrado, vive en una gran casa detrás de la iglesia. Oriundo de San Cristóbal, agricultor, ganadero, conservador y amigo de curas, es reconocido en el corregimiento por “hacer política”. “Empecé a gestionar con los políticos para que cumplieran la parranda de cosas que prometían”, dice, sentado en un sillón de la sala, con su voz ya temblorosa. En su casa inició la campaña presidencial por Belisario Betancur, quien llegó a caballo a visitarlo, acompañado por sus partidarios. Su hija Cecilia, profesora jubilada, hace la lista de sus ejecutorias. “Papá siempre ha buscado el bien del campesino y del corregimiento. Ayudó en el antiguo colegio de las Carmelitas, en el colegio oficial, en las escuelas de las veredas, en la pavimentación de las carreteras, con una casa para los campesinos, con cunetas, con lotes para construir barrios…”. Lejos de estar dormido en los laureles de la edad, don Conrado sigue preocupado. “San Cristóbal está habitado por gente que vive en grandes condiciones de pobreza y desigualdad y los campesinos han sido abandonados por las últimas administraciones. La legumbre no les da para vivir, trabajan para el comisionista y el revendedor, tienen un impuesto predial muy alto y tienen que vender las fincas para poder pagarlo”.

Conrado Álvarez. Fotografía Róbinson Henao
Conrado Álvarez. Fotografía Róbinson Henao

Los Álvarez son descendientes de arrieros. Su padre Elías Álvarez y sus tíos eran propietarios de las muladas que trajeron la planta eléctrica Pelton para la primera fábrica de Coltejer. Un encargo tan tortuoso, que dos de las mulas se ahogaron por los lados de Caracolí. Narra también Conrado que un pariente hizo parte de la comitiva que construyó el Camino del Virrey, por orden de Juan Antonio Mon y Velarde, en 1785. Conocido como Camino Real, servía de conexión con el occidente por el sector de Boquerón, y fue transitado durante más de 300 años por indígenas, colonizadores y arrieros. Es considerado patrimonio arqueológico de San Cristóbal y en la actualidad se puede recorrer un tramo, desde el Alto de Boquerón hasta la autopista, como le dicen a la vía al Túnel de Occidente. Como homenaje, en el parque principal de San Cristóbal se exhibe el Monumento al Arriero, del escultor Darío Vélez.

Calle del Comercio. Un pasaje donde las legumbres se exhiben en las aceras y en carros viejos. Fotografía tomada por Róbinson Henao en septiembre de 2015
Calle del Comercio. Un pasaje donde las legumbres se exhiben en las aceras y en carros viejos. Fotografía tomada por Róbinson Henao en septiembre de 2015

Al igual que a la familia de Sigifredo, la tragedia visitó a los Álvarez. En 1947 una tempestad enfureció a la quebrada La Iguaná. El padre y Luis, un hermano de Conrado, llevaban las mulas con una carga desde la vereda Las Playas. Estaban en el agua, en el paso La Ladrillera, cuando el afluente se creció. “¡Pasen rápido!”, les gritaba Conrado desde la orilla, mientras don Elías trataba de ayudar a su hijo, a quien ya arrastraba la corriente. Pero no hubo tiempo y La Iguaná se los llevó hasta el cielo.

Llegar al campo para no irse nunca

En 1981 José Luis Montoya llegó de Sabaneta a vivir a Boquerón, a la casita que Sigifredo Acevedo levantó para sus hijos. Le dio por vivir en el campo después de visitar varias veces a Uriel, un cuñado que para entonces era el mayordomo de Sigifredo. Recién se había instalado la luz eléctrica en la vereda, el Camino del Virrey aún era empedrado y a su vera estaba la Casa Grande o El Reposadero, como se le conocía a esa enorme vivienda de tapia, chambranas en madera, corrales y numerosas habitaciones, que servía de posada a los arrieros que venían del occidente antioqueño. Hoy es una casa de concreto verde limón, protegida por una reja de hierro y rodeada de materas florecidas. El letrero “Se vende” es visible desde lejos.

José Luis Montoya. Fotografía Róbinson Henao
José Luis Montoya. Fotografía Róbinson Henao

En su primer día de trabajo, José Luis se vio en un potrero “voleando gambia” (especie de azadón pequeño), como se dice. Nunca antes había cogido ese instrumento de labranza, ni un azadón, ni una pala. Preocupado, miró a su alrededor: unos diez hombres trabajaban con ahínco. Trató de no quedarse atrás, pero a eso de las dos de la tarde, con las manos ampolladas, se rindió. Clavó la herramienta en la tierra y le dijo a su jefe que se sentía incapaz de terminar el jornal. A lo que este le objetó: “No, no, no, acabe el día como pueda pero no me lo va a dejar iniciado”. Al atardecer, cuando llegó a su casa, hizo lo que le recomendó el patrón: lavarse las manos con carne gorda de novillo.

“…los campesinos han sido abandonados por las últimas administraciones. La legumbre no les da para vivir, trabajan para el comisionista y el revendedor, tienen un impuesto predial muy alto y tienen que vender las fincas para poder pagarlo”

La empresa del campesino era vivir de varios jornales. Un día, desde la montaña, en la casita de Sigifredo, José Luis vio a unos trabajadores sembrar papa al otro lado del camino. Hasta allá se fue. Doña Fabiola era la dueña del terreno. Ese mismo día, le dio trabajo, le prestó las botas de su esposo Isaac Álvarez (hermano de Conrado Álvarez) y al terminar la jornada, hizo que le empacaran medio bulto de papas para la familia. Y así era. A donde iba en la vereda, los vecinos daban de lo que tenían: una frisolera, lleve sus siete kilos de fríjol verde; cebolla, tome su manojo; zanahoria, coja lo que pueda. Pero eso no ha cambiado mucho. En San Cristóbal la generosidad se conserva. Se presta el fogón, se ayuda con una herramienta, se recoge un mercado para el que no tenga. Y en ese aire fresco de campo que se respira, se oye decir “buenos días”, “mejor las tenga usted”, “Dios le guarde y le dé”.

Hace 17 años, un poco más abajo de la escuela comunal y cerca del reconocido Centro Turístico y Recreativo Truchera Boquerón, José Luis construyó su casa. Dejó atrás los días de agricultor y ahora, como muchos otros habitantes, tiene una microempresa de arepas, mientras su esposa Aleida prepara morcilla que luego vende en el negocio de Esperanza Delgado, en el Alto de Boquerón.

El desengaño de Esperanza

Durante 43 años, desde que nació la JAC de Boquerón en 1972, Esperanza Delgado trabajó como líder de la comunidad. “¡Ay las rabias que me hicieron sacar!, la gente es muy terca y pa todo hay que rogarles”, expresa. Pero una de sus metas antes de irse, era entregar la nueva vía. Con ayuda de los vecinos, hace 16 años, se pavimentó la parte alta de la carretera (Camino del Virrey).

Esperanza Delgado. Fotografía Róbinson Henao
Esperanza Delgado. Fotografía Róbinson Henao



Esperanza levantó a sus hijos jornaleando. Hacía lo que fuera y como estuviera: tirar pica, recoger flores, ordeñar vacas, sacar legumbre, cargar bultos, todo estando o no en embarazo. A veces salía de la huerta derechito para la clínica a tener el bebé. Pasaban veinte días, el muchachito se quedaba con las hijas mayores y seguía trabajando. “Ay Trinidad Bendita, ¡la vida mía antes!, no se la deseo a nadie: 18 embarazos, 14 hijos vivos (9 mujeres, 5 hombres) y un marido vicioso (…) Me iba a mercar porque si le daba la plata al viejo se la tomaba en trago” cuenta, sentada en el comedor de su casa, mientras señala al marido que está sentado en el corredor que da hacia la carretera. Acentúa la mirada, reflexiona y luego ríe: “Yo por eso digo, una pobre mujer hoy en día, que le toque la vida como la de uno, coge un estoraque y se tira por una orilla”.

Cerca de su casa en el Alto de Boquerón, hace 37 años, Esperanza instaló un negocio de pandequesos, almojábanas, arepas y fritos. ¡Ay la preocupación cuando supo de la construcción de una nueva vía! Ninguna de sus hijas estudió, entonces, ¿qué iban a hacer? Una vez quedó listo el túnel, ella se sintió engañada. La indemnización prometida, al igual que para otros comerciantes de la zona, nunca llegó. “Ese resentimiento sí me lo llevo, con ese viejo Juan Gómez Martínez…”, dice, pensativa y moviendo la cabeza.

Ventas de pandequesos, almojábas y chorizos en el Alto de Boquerón, por la antigua vía al mar. Fotografía tomada por Róbinson Henao en septiembre de 2015
Ventas de pandequesos, almojábas y chorizos en el Alto de Boquerón, por la antigua vía al mar. Fotografía tomada por Róbinson Henao en septiembre de 2015

Esa ruta, que ahora llaman la antigua Vía al Mar y en la que una réplica gigante de una cajetilla de Marlboro, en el Alto de Boquerón, anunciaba el fin o el inicio del viaje, quedó en el olvido. Sin embargo, a su orilla, sobreviven unos pocos negocios como el de Esperanza, en donde sus hijas Gladis, Estela y Aleida, la esposa de José Luis Montoya, atienden con amabilidad a los viejos y nuevos visitantes que pasan por la vereda.

De fincas de verano, pasaje de viajeros y mafia

A La Legumbrera llegaban médicos, abogados, ricos, mafiosos, a temperar a San Jerónimo, Santa Fe de Antioquia y Sopetrán. José Luis Montoya, quien también trabajó allí, recuerda a un tipo joven, de unos 29 años, que entraba acompañado de otros pelados. Uno con un maletín y otros con revólver en mano que lo custodiaban “como si fuera el presidente de la República”. “El tipo compraba la legumbre y para pagar, llamaba al del maletín con una voz chillaíta: ‘hágame el favor’, y abría ese maletín, con un cerro de billetes para sacar 10 mil pesos”, cuenta José Luis, entre risas. Eso fue a finales de los años 80.

Casa de María Emilia Toro “Milita”, en la vereda La Ilusión, en la antigua Vía al Mar. Fotografía tomada por Róbinson Henao en septiembre de 2015
Casa de María Emilia Toro “Milita”, en la vereda La Ilusión, en la antigua Vía al Mar. Fotografía tomada por Róbinson Henao en septiembre de 2015



San Cristóbal fue corredor de la mafia. Por la antigua Vía al Mar y la de San Pedro, se pavoneaban Pablo Escobar, los Ochoa, los Chica, los Builes… La hacienda Lusitania, ubicada en lo que hoy es Ciudadela Nuevo Occidente, era el lugar de encuentro; aún existe la plaza donde los capos practicaban el rejoneo. También varias familias pudientes de la ciudad tuvieron en estas montañas sus fincas. Los Barrientos, en Pedregal; los Maya y los Arteaga, en La Palma; los Moreno, en El Llano.

En la vereda La Ilusión una casona de paredes blancas y de zócalos azules, con amplios corredores y una capilla, parece abandonada en medio del silencio de la carretera. Pero no es así. Su más antigua habitante, de 87 años, pervive dentro. Los conductores, que con frecuencia pasan por el frente, la reconocen: “¡Ah! ¿La casa de “Milita”?”. María Emilia Toro o “Milita”, como le dicen a la abuela de la modelo Natalia París, pasa sus días solitarios en compañía de dos fieles empleados, Martín y María. La réplica de tres loras la alegran, y en vez de vacas o caballos tiene seis exóticas llamas en un amplio prado. Para la década de los años 80, la casa de “Milita” era la única con teléfono en la vereda, por lo que hasta allí llegaron muchos a pedir una llamada.

Acueducto San Cristóbal. Fotografía Gabriel Carvajal Pérez. Cortesía Archivo Fotográfico Biblioteca Pública Piloto
Acueducto San Cristóbal. Fotografía Gabriel Carvajal Pérez. Cortesía Archivo Fotográfico Biblioteca Pública Piloto

El jardín que podría morir

Cultivar flores también ha sido tradición en San Cristóbal. A propósito, el ingeniero y escritor Horacio Augusto Moreno narra en su libro San Cristóbal de La Culata y San Sebastián de Palmitas, caminos y poblamiento al occidente de Medellín (2012): “fue en Mayo de 1956, cuando realmente nació en San Cristóbal la Feria de las Flores, un año antes de la celebrada en Medellín”. Uno de los organizadores fue Enrique Arteaga, quien también impulsó la creación del Desfile de Silleteros.

Y así era. A donde iba en la vereda, los vecinos daban de lo que tenían: una frisolera, lleve sus siete kilos de fríjol verde; cebolla, tome su manojo; zanahoria, coja lo que pueda. Pero eso no ha cambiado mucho. En San Cristóbal la generosidad se conserva

Elías Correa cultivaba flores que llevaba al hombro a la Plaza de Cisneros, en una vara de donde colgaban macetas al lado y lado, o en una bestia. Luego de morir a los 92 años, en 1987, su hija Ofelia Correa conserva la costumbre. En su casa en la vereda La Cuchilla, cultiva un jardín con más de trescientas especies de flores al que en 2011 la Alcaldía de Medellín nombró Museo Vivo de Las Flores. “Y eso que ya no es como antes. Me ha tocado vender las matas más hermosas porque no tengo con qué sostener el proyecto”, asevera, metida entre novios y curazaos. Dos muertes le nublaron el rumbo: la de William Román (líder del corregimiento asesinado el 10 de julio de 2011) impulsor del museo hasta el último momento, y la de su querido hijo León Darío, el 15 de julio de 2014, y quien hacía de todo en el jardín. “A veces, estoy sembrando y me provoca ponerme a llorar. Le he dicho a los hijos que me quedan que voy acabar con esto”, expresa acongojada.

Ofelia Correa. Fotografía Róbinson Henao
Ofelia Correa. Fotografía Róbinson Henao



Aunque Ofelia ganó varios premios de la Administración Municipal con los que mejoró el espacio, hoy se siente abandonada. Una mañana, a principios de 2015, funcionarios de la Alcaldía le hicieron una propuesta: “me dijeron ‘queremos que el museo quede bellísimo y organizado para que la gente quiera venir pero usted tiene que renunciar a la propiedad’”. Les manifestó indignada: “Si esa es la ayuda, gracias, pero esta casa es para los hijos cuando me muera”.

El jardín tiene 35 años, pero su amor por las flores nació con ella: les habla con su voz ronca y dulce. Por ejemplo a los novios les dice caprichosos, porque no crecen en materas pequeñas y a las suculentas guapas porque no se dañan al mover la tierra. Las plantas de la casa crecen en olletas, muñecos, zapatos, marranitos de barro, botellas, tarros y frasquitos. Últimamente han disminuido las visitas al museo. Ofelia ha visto que los conductores de vehículos particulares se devuelven cuando ven en el aviso de la entrada que se debe dar un aporte. A pesar de la nostalgia y el desamparo, ella espera que no muera su vivo jardín.

Museo Vivo de las Flores en la casa de Ofelia Correa, en la vereda La Cuchilla. Fotografía tomada por Róbinson Henao en septiembre de 2015
Museo Vivo de las Flores en la casa de Ofelia Correa, en la vereda La Cuchilla. Fotografía tomada por Róbinson Henao en septiembre de 2015

La llegada de Ciudadela Nuevo Occidente y la esperanza de otras flores

Cuando se ve a San Cristóbal desde la vía al túnel Fernando Gómez Martínez, aparece una imagen de casitas amontonadas, rodeadas de montañas con sembrados simétricos de cebolla y cilantro, el edificio negro y horizontal del Parque Biblioteca Fernando Botero y torres altas, con estrechos apartamentos en donde familias enteras construyen sus sueños. Esas torres se levantan en la Ciudadela Nuevo Occidente, erigida como parte del Plan Parcial Pajarito (2002) para detener el crecimiento desordenado en la ciudad y ofrecer una solución de vivienda a la población desplazada, víctima de la violencia o que vivía en zonas de alto riesgo. Allí se asentaron diversas comunidades provenientes de Moravia, Vallejuelos, La Iguaná, La Sierra, El Popular…

Ciudadela Nuevo Occidente, un proyecto urbano que surgió con el Plan Parcial Pajarito en 2002. Fotografía tomada por Róbinson Henao en septiembre de 2015
Ciudadela Nuevo Occidente, un proyecto urbano que surgió con el Plan Parcial Pajarito en 2002. Fotografía tomada por Róbinson Henao en septiembre de 2015



En los últimos años, San Cristóbal ha sufrido varias transformaciones físicas, entre ellas el túnel Fernando Gómez Martínez (2006) y el Centro Carcelario y Penitenciario El Pedregal (2010). Actualmente las obras más importantes son la nueva unidad hospitalaria (entrega este 24 de septiembre) y los 4.1 km de la conexión vial Aburrá- Río Cauca, que unirá al corregimiento con la avenida 80 (se entrega en octubre). Sin embargo los nuevos proyectos de vivienda que conforman la Ciudadela Nuevo Occidente, son los que más han impactado al corregimiento.

Desplazado del municipio de Turbo por la violencia, Darío García llegó a Moravia en 1993 y se instaló en uno de los lotes que los grupos armados ilegales repartían y a quienes tenía que pagarles. Acceder a una casa y a mejores condiciones para vivir con su esposa y sus dos hijas, se convirtieron en su mayor deseo. Así que puso todas sus ilusiones en la vivienda que el Municipio de Medellín le ofreció en Las Flores, la primera urbanización del proyecto. Era el lugar añorado, con una vista privilegiada desde la montaña y donde podrían tener acceso a colegios, locales comerciales, parques, zonas verdes y centro de salud. En 2004 fue notificado: “ha sido beneficiado para una vivienda”. Esta le sería entregada tres años después. Sin embargo, algo lamentable agilizó el proceso: el incendio que consumió a Moravia el 1 de marzo de 2007 y en el que perdió todo lo que tenía. El 23 de junio de 2007 llegó a la segunda etapa de Las Flores.

“Chiveritos” que se mueven en el sector urbano y en las diecisiete veredas del corregimiento. Fotografía tomada por Róbinson Henao en septiembre de 2015
“Chiveritos” que se mueven en el sector urbano y en las diecisiete veredas del corregimiento. Fotografía tomada por Róbinson Henao en septiembre de 2015

Ahora, en 2015, todo lo que Darío pensó que tendría, no lo ha logrado. Los equipamientos urbanos y espacio público son una necesidad urgente. Los colegios no dan abasto. El nuevo colegio Paz de Colombia, sede Lusitania (próximo a entregarse), tiene una capacidad para 900 estudiantes, cuando una sola urbanización alberga hasta mil viviendas. A falta de locales comerciales, los negocios funcionan en las residencias. En los ventanales se oferta de todo: tienda, peluquería, billar, carnicería, panadería, ferretería, miscelánea…El desempleo es evidente. Cada fin de semana los comerciantes que sacan sus ventas a la calle terminan luchando con los funcionarios de espacio público. Un apartamento en concreto supuso una mejor calidad de vida, pero se redujeron los ingresos y los gastos aumentaron.

Puente colgante que simula al Puente de Occidente, de Santa Fe de Antioquia, sobre La Iguaná. Fotografía Róbinson Henao
Puente colgante que simula al Puente de Occidente, de Santa Fe de Antioquia, sobre La Iguaná. Fotografía Róbinson Henao



Las primeras familias llegaron a Ciudadela Nuevo Occidente en 2005. “Las trajeron en unas volquetas y las dejaron ahí”, es la imagen que quedó en quienes vieron el éxodo. Según proyecciones del Dane para el 2015, el perfil sociodemográfico de San Cristóbal indica que tiene una población total de 79 mil 458 personas. Entre las autoridades municipales se maneja una cifra de 80 mil habitantes solo en Ciudadela Nuevo Occidente, sin embargo admiten que no es una cifra oficial. Actualmente Ciudadela tiene 13 urbanizaciones, una suspendida, cuatro proyectos en ejecución y cinco centralidades: La Aurora, Monteclaro o La Huerta, Lusitania, Pajarito y Nazareth.

Desde su llegada, los nuevos habitantes se vieron obligados a utilizar los servicios (sobre todo de salud y educación) de San Cristóbal y este colapsó. Esa fue la opción que les dio el Estado, aunque a los habitantes del corregimiento tampoco los involucraron en este proyecto de urbanización. “Para ellos, éramos unos aparecidos que llegamos a invadir su territorio”, cuenta Darío, sin resentimiento. Cuando empezaron a demandar recursos del Presupuesto Participativo el rechazo de algunos líderes fue sentido. Desde 2011 la comunidad de Ciudadela, con el apoyo de la JAL de San Cristóbal, está proponiendo la creación de la comuna 17, para acceder a recursos propios; tema que sigue en discusión.

Pero el choque de identidades no fue solo con San Cristóbal. Los conflictos que había en los barrios de la ciudad se trasladaron a las torres de veinte pisos. Según narra Darío, entre 2010 y 2012 la Ciudadela y en gran medida Las Flores, “sufrió el mayor número de muertes y desplazamientos, debido a la disputa entre combos por este territorio. Hoy se respira tranquilidad y no tenemos las barreras invisibles de ese tiempo”, dice. Aunque también se oye en las calles que sí hay fronteras invisibles, pero como son los mismos, no tienen problemas.

Vista panorámica de San Cristóbal. Se observa la nueva Unidad Hospitalaria y el Parque Biblioteca Fernando Botero. Fotografía tomada por Róbinson Henao en septiembre de 2015
Vista panorámica de San Cristóbal. Se observa la nueva Unidad Hospitalaria y el Parque Biblioteca Fernando Botero. Fotografía tomada por Róbinson Henao en septiembre de 2015

A pesar de las ausencias, Darío encuentra en Ciudadela un lugar apacible y hermoso que le rememora el campo de donde vino. Se mueve de aquí para allá como vicepresidente de Asocomunal, con todo tipo de actividades para ayudar a la comunidad. Y expresa motivado:

“Muchos de nosotros ya tenemos raíces aquí y tenemos la esperanza de que este sea un lugar mejor”.


Necesidad de una política pública para proteger al campesino y la zona rural

En las veredas de San Cristóbal los campesinos agradecen la tranquilidad y la lejanía de todos los males de la ciudad: el bullicio, la contaminación, la inseguridad… El amor y el apego por sus tierras se conservan, aunque cada día es más difícil mantenerlo. Las transformaciones urbanas, la llegada de nuevos habitantes y la desvalorización de los productos agrícolas han cambiado las condiciones de vida. Los agricultores se ven acorralados por los precios del mercado, la manera como se comercializan sus productos y las “mafias” de las plazas de distribución. Por eso, entre otros, el propósito de los líderes comunitarios (existen 38 JAC) es defender la economía y la permanencia de la vida campesina, definido en el Plan de Desarrollo Local del corregimiento. Juan Diego Uribe, presidente de la Asocomunal, explica que la mayor afectación a la comercialización de los productos se debe a los comisionistas: “el campesino vende sus productos a comisionistas que los ofertan en las grandes plazas de distribución y, lo que el comisionista le liquida al campesino no corresponde a lo que realmente vale el producto”. El líder llega a la conclusión de que el campesino es un esclavo de lo que produce para una ciudad que quiere pagar bajos precios, sin tener en cuenta su esfuerzo. No encontrar una mejor calidad de vida ha llevado a muchos de ellos a vender sus tierras a personas que cumplen con el deseo de acceder a una finca de recreo y, en algunos casos, quienes se van para la ciudad pasan a vivir en unas condiciones más lamentables.

Es por eso que desde hace dos años en las Jornadas de Vida de la Alcaldía de Medellín se priorizaron 2 mil 500 millones de pesos, en un proyecto que promueve la comercialización directa mediante la creación de un centro de acopio y puntos de venta, la capacitación en emprendimiento y la transformación de los productos. Hace más de un mes se empezó a ejecutar, pero, según asegura Uribe, la Alcaldía modificó parte del proyecto: “Se están haciendo capacitaciones a campesinos y se están dando unos apoyos en insumo y maquinaria, pero lo de los acopios, por ahora no. El municipio le cambió la destinación”.

Ante este panorama, una política pública que promueva y proteja el sector rural es un anhelo:

“…esta ciudad tiene una dificultad y es que desconoce el campo, cuando se habla de Medellín se habla de una ciudad tecnológica, turística, innovadora, pero no se ve el potencial de las montañas que nos rodean y de las fuentes de agua que aquí nacen; se olvida que este territorio es agrícola y lo quieren convertir en un territorio de urbanización, que es lo que ha venido creciendo en los últimos años. Se desarrollan proyectos pero no para el desarrollo interno de las personas que habitan el corregimiento”.



La cronista

Luisa Fernanda Martínez Gómez

Comunicadora social – periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana. Trabaja como periodista en el periódico Vivir en El Poblado desde hace tres años.

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