El emprendimiento femenino no tiene un problema de cifras, tiene un problema sistémico

Aunque las mujeres ocupan cada vez más cargos de liderazgo en startups, su participación como fundadoras sigue estancada. Lina Uribe nos habla sobre las barreras estructurales del emprendimiento femenino.
Por: Opinión
24 junio, 2026
Por: Lina Uribe / Ingeniera ambiental, magíster en Gerencia de la Innovación y el Conocimiento.
Por: Lina Uribe / Ingeniera ambiental, magíster en Gerencia de la Innovación y el Conocimiento.

Hace poco se compartió el Colombia Tech Report, un informe muy completo que muestra la radiografía de nuestro ecosistema de emprendimiento; y para mí es inevitable hacerme la misma pregunta: ¿avanzamos en la brecha de género del ecosistema? La edición 2024-2025 trae una respuesta incómoda: apenas 1 de cada 5 fundadores de startups en Colombia es mujer, y esta proporción se mantiene igual que el año anterior, lo que indica que no hay dinamismo de género entre los fundadores.

Lo llamativo es que ese estancamiento convive con datos que muestran el potencial real: en el 38 % de las startups, más del 50 % de los roles de liderazgo son ocupados por mujeres. Es decir, cuando las mujeres entran al ecosistema, no solo participan: lideran, así que el problema no es de talento ni de capacidad, es de entrada.

Cuando las cifras no se mueven

Año tras año leemos el mismo dato, la misma cifra que no cambia. Y cuando un número se mantiene idéntico durante años, a pesar de programas, conversatorios y buenas intenciones, ya no estamos ante un problema de visibilización: estamos ante un problema sistémico. Es decir, su causa no está en las personas individuales, sino en la estructura, las reglas y los procesos del ecosistema que las rodea. No es que cada año “fallen” las mismas personas: es que algo en cómo se evalúan los pitches, cómo se diseñan las entrevistas o cómo se orienta a las niñas desde el colegio produce, de forma consistente, el mismo resultado.

Las fundadoras que ya están en el ecosistema reportan sesgos inconscientes por ejemplo durante los levantamientos de capital: que en una reunión de pitch la atención se desvíe hacia un acompañante hombre, o que se les exija un nivel de detalle financiero distinto. Estas no son anécdotas aisladas; son patrones que, repetidos sistemáticamente, explican por qué la proporción de fundadoras no cambia, aunque el ecosistema crezca.

De la intención a la estructura

El informe documenta esfuerzos reales: comunidades femeninas, grupos de mujeres formándose en desarrollo de software e IA, fondos de inversión con enfoque de género. Pero también señala algo más profundo: hay empresas que buscan activamente talento femenino para roles técnicos y reciben pocas postulaciones, y las candidatas que sí postulan a menudo no superan las evaluaciones técnicas. Eso no es un problema de las candidatas. Es un problema de cómo se diseñan los procesos, de qué tan temprano, desde la infancia y la educación, se les abren o cierran puertas en carreras STEM, y de cuántos referentes femeninos en tecnología son visibles para que una niña pueda imaginarse ahí.

Si la causa es estructural, la solución también tiene que serlo. No se trata de un programa más, sino de revisar el diseño completo: cómo se evalúa, cómo se invierte, cómo se forma, cómo se cuenta quién está liderando.

Desde mi rol, seguiré escribiendo, conversando, conectando historias con datos, mi compromiso es no dejar que esta cifra se vuelva invisible por repetida. Cada columna, cada conversación pública sobre este tema, es una forma de mantenerlo en la agenda hasta que cambie. Pero esto no se resuelve desde un solo lugar. Les toca a los fondos de inversión, a las empresas de tecnología, a los colegios y universidades llevar la conversación sobre STEM mucho antes de pensar en fundar una startup. Y nos toca a cada mujer que ya emprendió contar cómo lo hizo, como inspiración, y como hoja de ruta replicable.

Cerrar esta brecha empieza con que cada mujer decida invertir en sí misma, y reconozca la tecnología como el espacio donde sus soluciones tienen el mayor impacto posible. Pero solo se sostiene si todo un ecosistema; fondos, empresas, universidades, medios, decide medir su progreso no en intenciones, sino en el único número que de verdad importa:

¿Cuántas más fundadoras tendremos el próximo año?

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