Terminé metido en una cocina, no en la de mi casa, no para hacer un par de huevos, que me hace feliz, sino en una de restaurante, donde los pedidos se amontonan, se divide la atención en cuatro y cinco preparaciones simultáneas, que no van a las mesas al mismo tiempo, además vigilando de reojo que el inventario no se acabe, y ya en escasez, volar a producir porque no hay mañana.
Mi adrenalina recuerda el pitido de la máquina de comandas, que al principio me generaba un ruego interior que decía “pará, lunática, dejame pensar, dejame me organizo” y que luego supe dominar, cuando aprendí sobre priorizar, sincronizar y tener control: que lo frío no se caliente, que lo caliente no se queme.
Fueron 520 horas y viví los retos de abordar nuevos conocimientos y de la barrera idiomática porque aquí en Portugal todo se llama de otra manera, por supuesto. Ay, el embale, cuando el primer día el chef, en el agite propio, me pidió arrumar una panela y una frigidera y con la faca cortar frango, cenoura y alecrim y luego coentros y cogumelos. Ah, y para el aseo, usar la vassoura.
Me ofrecieron quedarme, ese abrazo me lo doy, y con la misma emoción que me vi adaptarme, con la misma convicción acepté que ese lugar del mundo exige renuncias que me superan. Salí contento y con un montón de lecciones, una de ellas: no tirarme tan duro cuando me equivoco. Y otras que les propongo practicar cuando visiten restaurantes.
Por ejemplo, no esperen que les cocinen como en su casa: hay estilos, sensibilidades, otros conocimientos, que enriquecerán su paladar.
Aprecien lo que les sirven, cada ingrediente, cada proceso, expresan saber, dedicación y respeto. Y cómanselo todo (o pidan lo que se quieren comer), porque tendrían que ver los kilos y quintales de desperdicio (y no era por mal sabor, el restaurante vive lleno). Y no lleguen a la hora del cierre, porque hará que el equipo de cocina tenga que recomenzar cuando ya estaba listo para ir a casa. Y si les gusta su plato, saquen su teléfono (que debió estar guardado para conectarse con la compañía y con la comida), tiren una foto y compartan una reseña bonita. Por último, den propina: será otra recompensa para un grupo que trabaja en las horas de ocio, que almuerza a las 11, cena a las 6 y llega a la media noche a su casa a esculcar la nevera y del que también hace parte la “copa”, el friegaplatos, y que ustedes no saben lo que esa tarea demanda, con todo y que haya máquinas.
Soy periodista y terminé metido en una cocina para aprender a hacer cosas nuevas para la vida y sacudir zonas conocidas y también para materializar una inquietud creada por la admiración que siento por muchos profesionales amigos. Rodrigo, Carmen, Anita, Valls, Barrientos, Cañas, Mazzarrino, Maria Adelaida, Nicholls, Esteban, Juan David, Lucero, Juan Gonzalo, Maria T., Kuipers, Carrera. Ahora también Hugo y Ricardo. Un abrazo para todos.





