La lista (oculta) de mercado

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¿Qué compramos y qué comemos? Detrás de un delicioso snack se pueden esconder ingredientes asustadores.

Nunca, pero nunca, hemos escrito en nuestra lista de compras “almidón modificado”, “lecitina de soja”, “sirope de glucosa”; pero cuántas veces hemos traído estos ingredientes en nuestras canastas, y cuántas otras los hemos comido o se los hemos dado a nuestros hijos.

Así, sin querer queriendo, nuestra canasta familiar se ha llenado de colorantes, emulsionantes, acidificantes, conservantes. Un cóctel explosivo de sustancias que la industria alimentaria nos metió de contrabando en nuestro plato y en nuestro cuerpo.
Todos en nuestra infancia horneamos galletas en familia, pero ninguna receta, que yo recuerde, tenía como ingrediente el poliglicerolpolirricinoleato, que, aunque afirmen que su toxicidad es “baja”, solo el nombre me genera más que suspicacias y me produce cierto repudio al momento de leer las fórmulas (ya no recetas) de los productos que nos venden en nuestro país. Y en muchos otros también, valga la aclaración.

Lo que sí nos diferencia de otras latitudes son las advertencias hechas al consumidor acerca de la presencia y los potenciales efectos secundarios de estos productos sobre la salud. Los conocidos octógonos frontales que se usan en otros países resultan, a mi modo de ver, menos asustadores que la lectura detenida del contenido de un snack producido por reconocidas empresas de la industria de alimentos.

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Pero no. ¿Por qué informarnos adecuadamente como consumidores no hace parte de los derechos que tenemos? Me pregunto cuánto tardaremos como sociedad en exigirle a la industria de alimentos una verdadera responsabilidad social, es decir unos productos de calidad. ¿Cuándo dejaremos de ser presas de un mercadeo perverso alrededor de una alimentación de procesados y ultra procesados?

Me gusta clarificar que estoy convencido de que se necesita una industria de alimentos para alimentar una población mundial que en unos años llegará a los 10 billones de habitantes. Lo que no comparto con ella, es que no asuma el desafío de verdaderamente nutrirnos, y no simplemente llenar estómagos.

Claro está que toda la responsabilidad está en ellos, y mientras que nosotros, como consumidores, no cambiemos nuestros hábitos de consumo, la industria siempre tendrá la excusa de que es que lo consciente no se vende.

Tenemos la oportunidad de aprovechar las externalidades positivas de este momento especial que nos está tocando vivir. Vamos a hacer más preparaciones en casa, retomar los recetarios familiares y, consecuentemente, hacer unas listas de mercado únicamente de productos que conozcamos.

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