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¿A quién engañas, abuelo?

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Cómo desearía uno viajar al pasado y, con el conocimiento que hoy tenemos, influir en nuestros abuelos para que eso que hoy vemos tan grave e irreversible no hubiera ocurrido.

¡Pero qué irresponsables e inconscientes eran nuestros abuelos! ¿Cómo pudieron aceptar que la ciudad entera descargara sus cochinos y tóxicos efluentes al Río Medellín durante tantos años?

Si hubieran tenido un poco más de visión, si hubieran controlado esto desde el principio, no estaríamos como estamos ni tendríamos que gastar tanto dinero en recuperar nuestro río.
¿Cómo entender que toda la vida -y hasta hace unos 20 años- se aceptaban con toda naturalidad fumadores en los espacios públicos cerrados, en los buses, en los vuelos? ¿Acaso no había autoridad? ¿Cómo creían que la nicotina no era adictiva o que fumar no producía cáncer de pulmón? ¿Cuántas muertes pudimos evitar?

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Si pudieran hoy defenderse nuestros antepasados, dirían que no sabían que esas pésimas prácticas ambientales o de salud pública generaban tan graves problemas. O que no había cómo controlar a la gente o cómo pagar las obras requeridas para evitarlas, o que tenían necesidades más apremiantes, o que faltaban liderazgo y voluntad política. O, simplemente, que esa era la costumbre de la época. Todo el mundo lo hacía, no se veía mal. Todo era legal y permitido.

No más preguntas, por favor.
Cómo desearía uno viajar al pasado y, con el conocimiento que hoy tenemos, influir en nuestros abuelos para que eso que hoy vemos tan grave e irreversible no hubiera ocurrido.

Emprendamos ahora un viaje imaginario, pero esta vez 30 años hacia el futuro. Estaríamos de paseo con nuestros nietos, ya adultos, y miraríamos desde el aire (desde nuestro helicóptero familiar hidrógeno-eólico-plegable, cero-huella-carbono) y sobrevolaríamos el (¿otrora?) bello, verde y pujante Suroeste antioqueño.

Nos llamaría la atención, porque se vería desde muy, pero muy lejos, un gigantesco desierto que se tragó el paisaje. Se trata de la presa de relaves secos de la mina Quebradona, que entregó sus últimas toneladas de mineral de cobre hace pocos años, hacia 2046.

El tamaño descomunal de este depósito de sedimentos medianamente tóxicos, 174 hectáreas, equivale al rectángulo delimitado por la calle 10, la avenida El Poblado, Aguacatala y el Río Medellín.

Miro en mis nietos una cara entre rabiosa y triste.
Ascenderíamos un poco más, admirando el bello barranco y nos acercaríamos a Jericó. Para luego encontrar el gigantesco hueco que dejó la mina luego de colapsar. Casi tan grande como el pueblo mismo.

Abuelo: vemos que insistirás en que todo fue legal, con licencia y con toda la tecnología. Y que ese cobre había que sacarlo.Y que tú no participaste.

Pero, seriamente abuelo, ¿cómo pudieron aceptarlo? ¿A quién engañas?

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